sábado, 31 de diciembre de 2011

12-12-12

Àlex, m'has picat per escriu-re; possiblement sense voler, però ho he hagut de fer. És tard però encara tenc una ortografia impecable.


Apenas te has afeitado dos veces en tu vida y ya te consideras mayor. Entonces, creces.
No te haces más alto, no aumenta tu capacidad intelectual; tampoco te salen ramas y flores y los frutos que te permiten cerciorarte de una única verdad: has madurado.
Nada de eso ocurre. Al revés, dices, hoy bebo, y bebes. Uno, dos, el tercero está de más porque el amigo que te los llena se lo está pasando muy bien contigo. Cuando llegas al cuarto te cuesta concentrarte en un tema en concreto, al llegar al quinto te acuerdas de esa mujer que está tan lejos, tan “drunk” como tú, y piensas drunk así, en inglés, porque es el mejor idioma para buscar porno. El porno te evoca irremediablemente el sexo y aunque cuesta concentrarse lo relacionas con el pensamiento anterior, la antípoda mujer, y el resultado es obvio. En la cocina no lo hemos hecho nunca, cariño, y esta noche tampoco porque seguro que hay algún mar entre los dos. No un mar de agua, ni de los tan manidos hielos etílicos ni tampoco de whisky on the rocks, sino más bien un mar acústico, un universo de ruido sedimentario, una realidad bailable, un sonido tan claro que parece tangible, alcanzable al tacto más inexperimentado y te paras en seco. Menuda sucesión de pensamientos divergentes, menudo embotamiento mental. Al sexto te das cuenta de que realmente te has hecho mayor y mientras te llenas el octavo te acuerdas de dos cosas: una, sexto y sexo se parecen mucho, pero nunca te has follado un número par. Dos: no te acuerdas de cuándo te tomaste el séptimo. Tales divagaciones te llevan al noveno y la vista se nubla pero no hay niebla. Al revés, Pedro y Juan y Martín cada vez aparecen más diferenciados entre ellos, como más persona, más genuinos vistos desde arriba. Parece que los rodeen auras, que cada uno tenga una personalidad tan distintiva que casi duele a la vista, sentimiento que aumenta cuando Martín te llena el décimo y te obliga a brindar con él: ¡Por nosotros!
Y por quién iba a brindar sino. El undécimo te hace dudar sobre su nombre, si es así o decimoprimero, y nadie hay capaz de despejar ni la duda ni la sala. Al que hace 13, ahora ya escrito en números, decides dejarlo. Los excesos no son buenos y, aunque no deberías conducir, aunque no tienes carnet, aunque dudas de la existencia de tus propios zapatos, te sientes mal por adoptar una posición tan poco estoica. ¿Por qué bebo tanto? ¿Lo necesito? ¿No puedo divertirme siendo yo?
Y la respuesta a tus preguntas no se encuentra en Mallorca sino en Barcelona, tu Barcelona no-natal, tu Barcelona de acogida y tu fuente de energía y salud. Mallorca te mata, te hunde, te degrada como humano y como animal y aún así, cuando estás allí, tentando la suerte del número 14, demostrándote que todavía tienes algo de voluntad, bajas la vista hacia tu propio cuerpo, hacia esa tripilla que antes no estaba, y en el camino te encuentras con una corbata de seda, roja y estampada de rosas.
Va a juego con el Four Roses que acabas de tomar; tomando ese tiempo verbal como algo que contiene una verdad muy poco estricta. La levantas colocando el índice y el anular por debajo, con cariño, como si acariciaras la mejilla de una mujer que quieres: que verdaderamente quieres, para embellecerlo con un epíteto, y te gusta. Tanto la mujer como la corbata.
Así que es por esto por lo que me he hecho mayor: ni afeitarse, ni beber, ni no hacerlo en la cocina. Es porque me he puesto esta corbata tantas veces que no puedo evitar sentir cariño por ella.
Y por supuesto no te conformas. No basta esa serie de pensamientos, quieres más: quieres llegar al final, porque tiene que haberlo. Quieres agotar la línea, agotar las posibilidades. Llegar a un estado de lucidez tal que la verdad suprema, eterna y universal se abra delante tuya y entonces puedas dejarte caer sin esperar que nadie te agarre, consciente de haber llevado a cabo el trabajo más arduo posible; libre por fin y para toda la eternidad de toda preocupación, tensión y nerviosismo. Calma que no llega, por supuesto que no llega y verdaderamente tampoco la esperabas. Porque emborracharse es humano, dudar es humano y la humanidad, para qué negarlo, desde el punto de vista de un humano, la humanidad es mucho, mucho mejor que la divinidad.
Y es inevitable terminar con un último pensamiento entusiasta antes de que caiga la cabeza hacia atrás para pseudodormirse durante unas horas: qué suerte voy a tener mañana al despertarme con resaca y no de despertarme siendo Dios.
Apenas formulártelo te invade el miedo de que precisamente eso ocurre, y esa duda, precisamente esa duda, tan banal, tan trivial, tan absurda, te evidencia lo maravillosamente humano que eres pese a estar drunk. Parece que podemos decir, por ejemplo, que la bebida no deifica. Y por suerte la edad tampoco.
Un ligero suspiro, un último pensamiento dirigido a esa mujer de mejillas de tacto corbatoso; un último vistazo al rojo indistinguible de la corbata mujeril; una última sonrisa de suficiencia. Y ya sólo queda un coro de ronquidos.

lunes, 17 de octubre de 2011

Rodaje

Es como no dormir durante una noche entera y tratar de llevar con energía el día que la sigue. Quizá el orgullo te impulsa a aguantar las primeras cinco, quizá diez horas; más tarde ya no queda nada a lo que aferrarse. Sientes como tu cuerpo poco a poco se rinde ante las evidencias y el cansancio ataca directamente a cada uno de tus músculos. Descubres qué son realmente las ganas de soñar y mientras cedes lentamente ante las exigencias biológicas, disfrutando de ese instante en el que estás lo suficientemente despierto como para saber que estás dormido, alguien te llama por tu nombre y te extrae del pozo donde voluntariamente te habías dejado hundir.
Sales ligeramente de tu sopor y tanteas con tus propias manos las de tu interlocutor. Las encuentras y las entrelazas con ternura, desnudando cada dedo, uno por, hasta que el reconocimiento sensorial te indica que, efectivamente, son sus manos. Ahora, ya más tranquilo, abres los ojos para contemplar un rostro que contempla un rostro, y entonces os encontráis los dos mirándoos fijamente sin apenas ver. Es calma lo que te envuelve y también algo muy cercano a la infinidad. Tus movimientos se vuelven excesivamente lentos hasta que directamente desembocan en la inmovilidad. Ahora es quietud, ahora es sosiego con mucho cansancio y la total imposibilidad de desviar la mirada de esos ojos que te miran.
Pero un dedo rompe la magia para dirigirse hacia tu párpado y obligarlo a descender mecánica, involuntariamente. Luego, el otro, y finalmente se desliza por la nariz hasta los labios para sellarlos con un solo ademán. Absolutamente ningún fonema sale de los externos a ti y, por un momento, te preguntas si alguna vez, en algún momento, existieron las personas que se comunicaban mediante sonidos y no mediante gestos. Desechas la hipótesis al instante y sientes el antojo, extrañísimamente, de cambiar de posición. Sin dejar de sujetar sus dedos rodeas sus hombros con tus brazos y, casi sin quererlo, se produce un abrazo muy sólido, muy real, con mucho contacto.
Entonces es como si no hubieras dormido durante una noche entera y te dispusieras a pasarte la próxima en vela también. Te dices que no hay otra opción, que para que uno pueda dormir el otro tiene que estar despierto, y te mentalizas para llegar a las cuarenta y ocho horas consecutivas sin sueño alguno. Para qué soñar dormido, si puedo hacerlo despierto, estás a punto de pronunciar en voz baja; sin embargo, lo desechas por considerarlo cursi y te contentas con una expiración notablemente más profunda que la normal.
En algún momento el reloj se acuerda de avanzar, sus manos se acuerdan de sudar y su espalda se acuerda de que mucho tiempo en la misma posición acarrea dolor físico. De golpe se remueve en tus brazos y ya no la abrazas: se produce una disyunción manual y ya nada vuelve a ser como antes.
Te dice al oído que tiene sueño y que se va ya a la cama y dos minutos después te encuentras cansado, con cuarenta y ocho horas de sueño atrasadas y, sabes muy bien por qué, increíblemente solo.
No hace falta dramatizar. Mañana me querrá más y hoy ha sido un gran, largo y productivo día, rezas mientras te envuelves con las sábanas de tu cama y te das la vuelta, disponiéndote a dormir.
Y, un momento antes de lograrlo, lamentas un poquito que nunca vaya a ser ella la que esté dos días con sus noches sin dormir: porque no hace falta, porque es perjudicial, porque es excesivo, porque está de más. Y, aún así; aún así te gustaría que ella alguna vez dijera “Acuéstate, esta noche te abrazo yo.”
Y es exactamente ahí cuando te das cuenta de que estás triste porque no has dormido y mañana, con ocho horas de sueño sobre tus espaldas, estarás encantado de que alguien, alguna vez, en algún momento, te ofreciera algún motivo para dejar de dormir.

domingo, 9 de octubre de 2011

Querida Scherezade:

El verdadero problema no reside en la soledad. El problema real es la falta de compañía.
La falta de compañía es uno de los estados anímicos más difícil de sostener durante un intervalo de tiempo medianamente prolongado. Cuando tienes falta de compañía te encuentras en un período de ansiedad oculta. No te das cuenta y todos tus actos van encaminados al objetivo en cuestión: la compañía. Retraerte a tu mundo, a tu habitación, a tu lugar de descanso privado en general deja de producirte placer. Te decantas por zonas comunes, buscas la sociabilidad y lo más complejo de todo: encuentras potenciales remedios en prácticamente cada persona que conoces. Éstas se perfilan como soluciones a tu problema: salvaciones humanizadas que merecen que les dediques todo tu tiempo. Y, entonces, voluntariamente, te esclavizas. Alejas de ti el eje de tu vida y entonces lo más probable es que se descontrolen los giros. Los indicadores seratonínicos empiezan a silbar, a echar humo y a subir y bajar como pistones ebrios y tu estado anímico se convierte en un puzzle de mil piezas encajado a golpes de martillo: no sabes dónde tienes la cabeza, dónde los pies y mucho menos sabes con certeza si la próxima inspiración la harás mediante los pulmones o el riñón que jurarías que ayer no estaba allí. Duermes a base de ilusiones, de autoinducido engaño -como si se tratara de un coma demasiado lúcido- y tu propia imaginación sirve de perfecta morfina. Las alteraciones son tan bárbaras que seguro serás tachado de bipolar o de esquizofrénico o quizá, si convives con alguien sin miedo a los excesos, de filósofo. La falta de compañía es necesitar que alguien te dé un abrazo durante tanto tiempo que tú tengas tiempo de aburrir los abrazos y pedirle que pare ya, que deje de rayar. La falta de compañía es tener la falsa ilusión, la falsa esperanza y la falsa certeza de que en algún momento tendrás pretensión de soledad. En definitiva, la falta de compañía es llorar mucho, hacer poco y sentir como un auténtico cabrón.
Por el otro lado, la soledad es sencilla, casi agradable: no tienes que preocuparte por nadie más que no seas tú mismo; puedes dedicarte todo el tiempo del que dispones y, además, siguiendo la sarcástica forma de pensar de la naturaleza, destino, azar -como se quiera llamar-, posiblemente esa falta de interés en todo aquél que te rodea termine causando una inexorable atracción. La soledad es productiva, tanto tiempo libre tiene que ser ocupado en lo que sea y entonces empiezan a llover ideas: decides salir a correr, leer más, seguir una dieta adecuada, incluso algunos se atreven con el típico trabajar más. La soledad es fiel y te aporta estabilidad de todos los tipos. Alguien solo sabe que va a poder estarlo durante toda la vida y eso le permite una tranquilidad abrumadora. La certeza siempre viene acompañada de la calma, y eso se puede ver en cualquiera de los actos cotidianos del solitario: nunca anda con prisas, no conoce el estrés. Se acuesta cuando su cuerpo se lo pide y por las mañanas puede tenderse en pie. No sufre cambios de humor repentinos, no tiende a la melancolía, y muchas veces ni siquiera se angustia cuando, sin querer, capta alguna película romanticoide de esas que echan por la tele. Un solitario -para qué negarlo más- es alguien que está solo porque él quiere, y como toda decisión libre, provoca cierto orgullo personal. El solitario, en lugar de avergonzarse, se vanagloria de su soledad y la recomienda: puede que la intensidad de los sentimientos sea casi nula, que la esperanza y la ilusión estén casi en el cero y que las opciones de mejora estén congeladas, pero no se sufre. No se sufre nada, la abulia puede con todo y para los débiles -aquéllos que al no poder cambiar el mundo decidimos adaptarnos a él-, para los tristes -aquéllos que vemos casi en tercera persona como una nube de no sé muy bien qué se apodera de nuestros ojos, nublándolos, y de nuestros movimientos, extinguiéndolos-, y para los cobardes -aquéllos que justificamos desde la lógica y la ética, desde el pensamiento en general, nuestra incapacidad para desenvolvernos con soltura en el mundo práctico-, para todos ellos, resulta una alternativa mucho más soportable que aceptar la verdad: que no fueron -fuimos- ni lo suficientemente valientes, ni alegres, ni fuertes para soportar la falta de compañía.

viernes, 7 de octubre de 2011

Escrito sin música

No mentiré si digo que me gustaba que se tumbara encima de mí y no pudiera estarse quieta ni cinco minutos seguidos: giraba sus ojos hacia los míos y me los hubiera contemplado fijamente en caso de no tenerlos cerrados. Yo casi la rodeaba con el brazo que me quedaba libre -no aplastado por su cabeza- y si no me atrevía a hacerlo no era por miedo, sino por simple incomodidad.
Luego, giro, ya no te miro a los ojos y se quejaba: no me hagas cosquillas, no me revuelvas el pelo. ¡Hazme cosquillas! -con exclamaciones desiderativas-. ¡Revuélveme el pelo! -con ansiada suavidad-.
Sin embargo, lo que más me gustaba era cuando se apretaba contra mi pecho y así permitía que yo sintiera su respiración. Era la constante constatación de que seguía con vida y además vivía al ladísimo de mí. También avivaba mi instinto paternal y sentía unos impulsos casi irrefrenables de abrazarla casi hasta inutilizar sus pulmones; pero un casi no es absoluto y un simple "¡Qué calor que tengo!" me aconsejaba sabiamente no hacerlo.
No mentiré si digo que incluso un día lluvioso de octubre se fue sola -sin mí- y al volver se acordó de lo mucho que me gustaba el café.

martes, 4 de octubre de 2011

Momentos musicales IIIII (V)

Hablamos de algo cotidiano como tomar un vaso de agua a las tres de la madrugada de un miércoles cualquiera. Mañana hay clase a eso de las ocho y qué más da una hora de más, una de menos, si al fin y al cabo el sueño y el cansancio se disputarán el dominio de mi cuerpo. Hablemos de que gana el sueño mientras que los codos están apoyados en una mesa de madera y entonces, entre cabezada y cabezada, llega a la mente aquel verano lejano, lejanísimo: verde por todos lados, agua donde quieras dirigir la mirada; bichitos y tiempo libre y desayunos a la hora de comer y un calor insoportable. Hablaríamos de un calor igual que aquél sufrido cuando sus manos se posaban en las mías y digo posaban por no decir que encajaban. Parecían echas a medida y me hacían sudar copiosamente pero no las hubiera soltado por nada del mundo. Tan cálidas, tan frías, qué sé yo cómo las recuerdo; tan suyas como tan poco mías y las mejillas sonrosadísimas y calor, calor, calor insoportablemente agradable porque provenía de su piel y de su cuerpo y de su...
Hablamos de algo cotidiano como terminarse el vaso de agua dejando la frase a medio construir en el inconsciente. Llevaba por lo menos tres días sin pensar en ella.
No sabía que tres meses pudieran durar tan poco.

lunes, 3 de octubre de 2011

Momentos musicales IIII (IV)

Hablamos de un desierto tan imenso como la distancia que me separa a mí de cualquier lector. No hablo de una distancia física sino emocional. Por lo tanto, la escritura será un penoso intento de tejer un hilo entre las dos entidades, sin embargo, por el momento, un simple y enorme desierto.
Arena por todas partes, hasta donde alcanzan los cinco sentidos. Arena amarillenta, arena con mucho sol, arena completamente seca. Arena y más arena y entre alguna duna, yo. En principio irreconocible, casi incorpóreo, cuesta distinguir de la muy real arena cualquier parte de mi anatomía.
Ante la duda, pasos. Sin ilusión, sin esperanza, simplemente por convicción: lo correcto es seguir hacia adelante, sin rendirse. ¿Por qué? No hay respuesta; parece ser que en algo hay que tener fe.
Siguen los pasos y sin embargo no se suceden los oasis. Hasta que sí se vislumbra uno. Tú en el centro, aguada, incorpórea de un modo muy distinto al mío. Hablo de tú como si te conociera, cómo si no nos separara otro desierto emocional. Y aunque éste es el caso, parece ser que en algo hay que tener fe.
Te pido agua: sabes que realmente la necesito, que estoy a punto de desfallecer, y aún así me la niegas. Tienes sed, como yo, y prefieres guardarla para ti. Muy correcto, muy racional, ¿quién desperdiciaría oportunidades de sobrevivir en alguien separado por dos o más desiertos?
Yo.
Y sin embargo, tú me dejas morir.
Pero cómo puedo culparte. No puedo actuar por la esperanza de que mis actos me sean devueltos. Simplemente, parece que en algo hay que tener fe.
Qué lástima que su compuesto no sea H2O.

Momentos musicales III

Es como un redoble de tambores y una fanfarria de las que preceden una gran celebración. A cada golpe la cremallera de tu sonrisa se desabrocha un diente más hasta que parece haberte llegado hasta las orejas. Pequeñas, rojas, calientes y por supuesto vuelves a la fiesta con un giro o sin él.
Fiesta en tu nombre, fiesta sin nombre, fiesta por la fiesta y música y baile y alegoría de la felicidad y entonces ¡Sí! ¡Vivir vale la pena! por ti, por la música, y prácticamente por nada más, pero incluso con uno de esos dos motivos me conformaría.
Y entonces la cúspide, el punto álgido en el que todo va tan bien que sólo puede ir a peor y por supuesto empeora.
Una nota fallida, un colmillo amarillento, un pendiente no del todo adecuado. Un estiramiento a mal lugar, una mirada sin el suficiente brillo, un desdén a medio aprovechar.
Pocos motivos quedaban y ahora, y ahora ninguno. Ahora tú no me quieres y si tú no me quieres tampoco te quiero yo a ti. La música ya no es inefable sino que aún se ha vuelto ofensiva. La sonrisa se gira, las orejas se enfrían, los deseos se desvían y vuelan lejos, lejos, lejos del alcance de mis manos que antes eran tan largas y ahora apenas las veo.
Cuánto contraste y vuelve la pregunta. ¿Vale la pena vivir? Y la respuesta es que no. No estás tú y sin ti la música no me vale. Entonces, ¿para qué seguir? Si cada momento de mi vida va a poder incrustarse en alguno de los dos extremos, si la inestabilidad es inalcanzable, ¿para qué seguir?
Y entonces me di cuenta de que tú te estabas haciendo la misma pregunta. Qué mala educación si no te hubiera ayudado a buscar respuesta.

domingo, 2 de octubre de 2011

Momentos musicales II

Arribo amb un dia de retard, me sap greu, però ja saps que hi ha coses que no se poden forçar.

Por ejemplo tres sofás sin formar un triángulo y un televisor donde cualquier centro hubiera deseado estar. Entonces, ella, y luego, yo. Pongamos también varias almohadas y cojines y mantas y muchas comodidades. También una noche muy larga, o un día muy corto, o una soledad demasiado poco espaciada. Digamos que no hay distancia ni tampoco queda tiempo. Digamos que nos encontramos ayer y hoy todavía estamos juntos, sin más separación que la que hay de aquí a la luna; o entre dos puntas de un peine, o quizá del inicio del dedo al final del ademán.
Supongamos que compartimos sofá habiendo dos libres: se da el caso y entonces cabellos, manos, perfumes y también tiene que haber pies (fríos), susurros de ropa deslizándose y ruido de fondo: tal vez el televisor, tal vez nuestras voces, tal vez los bostezos que nos impedían conversar.
Y no apoya la cabeza ni estira las piernas ni se deja mecerse el pelo ni me mira. ¡Mira! Que me quedo sin aire (si no me mira) y me pregunto si tiene sentido. ¿Lo tiene? No, claro que no. ¿Por qué no te tumbas? No me hagas cosquillas. Y nos separamos.
Cómo explicarle a alguien que no quieres sexo. No quieres mirarle lascivamente las tetas, ubres, mamas, pechos, etc. No quieres deslizar con cuidado la mano en sus glúteos y apretar con decisión dispuesto a descubrir qué significa la palabra "terso". Cómo explicarle a alguien sin palabras que a veces unas manitas (en diminutivo) agarradas, un abracito (o abrazote esta vez) y quizá un besito (nada de besotes ahora) pueden ser todo lo que se necesita. Cómo explicarle esto sin ser tachado de gay, marica, afeminado, paleto, cazurro, imbécil, tonto, idiota, inmensamente gilipollas etc. Cómo explicarle a ella sin soltar prenda que la ternura puede ser lo que más necesitamos las piedras.
Entonces, ella, y luego yo me fui a dormir.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Pruebas musicales I (lo que implica que puede haber una II)

Siete minutos y tres segundos son suficientes para desangrar el alma. Se apagan las luces, sin duda, y entonces empieza el piano. No sé qué notas serán, aunque estaría bien saberlas, y el ritmo inicial es frenético porque en primera instancia es una contrarreloj.
No hay tic-tac sino un dos por cuatro que avanza implacable. Pierdo la noción del tiempo y aporreo el teclado como si fuera un piano. Es imposible no tratar de seguir el ritmo. No lo logro.
Me pregunto qué puedo decir. Qué se puede hacer en siete minutos y tres segundos. Posiblemente apenas me queden unos cuatro o cinco porque la música ya se está volviendo solemne. Me gustaría poder desvelar los secretos de la vida en este intervalo, pero ni siquiera sé qué dudas hay.
La vida es demasiado corta o demasiado larga, el amor se pasa de intensidad o se pierde en el vacío, las amistades dejan abierto el grifo del tiempo o no llenan ni un vasito de solidaridad, las ciudades son muy bonitas y aburridas o divertidísimas pero nadie usa las papeleras públicas.
Todo son contrastes, no hay puntos medios. No parece que pueda existir nada sin que su contrario lo equilibre. Así que, si hay un secreto en esta vida, debe de ser algo así como tratar de no encontrarlo jamás.
Y treinta segundos de música sin más tecleteo.

Tercer movimiento, podríamos decir.

Va, que os voy debiendo una ya.


Sin duda son dos y un acento extraño, una especie de susurro a la hora de pronunciar un "sí" de forma que suena una ese susurrada y cualquiera afirmaría que lo que se está pronunciando es un "quizás".
Sin duda son los años que pasan, los metros que vuelan, los segundos que corren, el espacio que avanza y toda una infinidad de tópicos gastados.
Sin duda son dos, otra vez dos, siempre dos. Dos sin ser simétricos, dos sin ser pareja, dos sin ser ni perpendiculares ni paralelos. Dos de distintos colores, si los aprecias, dos de diferentes olores, si los distingues, dos como los ojos, que no eran verdes, que no eran rojos, que no eran ojos.
Sin duda es la hora, el lugar, el momento. La ciudad, vacía, las mentes abiertas y los sofás ocupados por quien no debería estar ocupándolos.
Sin duda hablan de Madrid, o de Barcelona, o de Jordania o de Kabul. Sin duda hablan de una ciudad, que es nueva, y de unos recuerdos, que son viejos.
Sin duda aprenden de los demás, platican o no llegan a tanto, simplemente hablan, de ética, y de cine, y de sexo, y de drogas, y como no les gusta el rock ni la música clásica quizá no escuchan nada más que su voz y su voz.
Sin duda tienen algo. Se consideraban solos, separados y, como ahora, como nunca, como siempre, se equivocaban. Tienen. Se tienen. Y ahora, como nunca, como siempre, tienen miedo a perderse.
Sin duda sonríen. Porque se tienen. Porque se pierden. Porque lo saben.
Sin duda son dos y ese acento extraño.
Sin duda hay pocas cosas más maravillosas que recuperar el miedo a perder aquello que tienes. Que pierdes. Que dudas.

lunes, 5 de septiembre de 2011

jack's creek

Es algo enorme, algo que te envuelve completamente y te reduce a nada; y lo de peor de todo es que ni siquiera se lo propone. Es como el concepto de infinito: algo que está ahí, en principio es físico, y sin embargo, totalmente incomprensible.
Es, sin duda, un adiós. Un corte en la raíz de todo lo vivido, un nuevo comienzo desde cero, con todo lo bueno pero también lo malo que ello comporta: nueva vida, nueva soledad. Desayunos quién sabe si otra vez a las nueve y media, amores quién sabe si tan despóticos como antes, errores quién sabe si tan predecibles como siempre.
Más cifras, números que certifican una madurez que nunca debí firmar. Responsabilidades de la mano de posibilidades y canciones que ya nunca podré volver a escuchar sin que me recuerden a un momento en concreto.
Lágrimas y excusas: oye, que yo escribí cuarenta páginas… sí, pero no eres nada, ni nadie, así que escucha y, por lo que más quieras, haz algo.
Millares de estrellas que seguirán exactamente en el mismo sitio sin darse cuenta de que yo me estoy moviendo. Transiciones que me gustarían más si hubieran sido democráticas. Y, antes que nada, miedo: el miedo de alguien que lleva demasiado tiempo luchando contra los suyos sin descanso.
Así que al final está la primera persona del singular, “yo”, y prácticamente nadie más. Cuántas veces habré dicho que las batallas más duras son contra uno mismo. Y pese a todo, sin riesgo no hay provecho. Sólo es posible tirarse al mar, y mientras la corriente arrastra, tratar de agarrarse a algo medianamente sólido y tragar la menor agua salada posible.
Ayer era el miedo a dar los buenos días, hoy a conocer lugares nuevos, mañana a abandonar a quien me gusta.
No te voy a olvidar. Y si no puedo ganarte, voy a tener que unirme a ti, Barcelona.

lunes, 29 de agosto de 2011

Lion king

“Julia, de verdad que me duele muchísimo la pierna. Casi preferiría no tenerla.”
“León, por favor, cállate ya. ¿Cuántas veces lo hemos hablado ya? Sabes de sobra que el dolor es completamente mental. Concéntrate en el dolor. Aíslalo. Enciérralo. Entiende por qué te duele y, entonces, ya no duele más. Sólo son endorfinas; felicidad, chocolate.”
“Pero, Julia, no es así de fácil. Cómo se nota que no te duele a ti. Es como si alguien me estuviera clavando un cuchillo cada segundo, así no puedo concentrarme. Sólo me duele, me duele mucho y quiero que se vaya ahora mismo. Si no, gritaré: gritaré mucho.”
“Por favor, cálmate. Sabes que eres el único que puede parar ese dolor. Sí, hay morfina, hay calmantes; incluso puedo aporrearte la cabeza hasta que la inconciencia te lo quite. Pero ¿de verdad quieres que sea así? No, sabes que no. Quieres lograrlo tú mismo, quieres dominar el dolor y quieres que cese cuando tú quieras.”
“Sí, Julia, eso es lo que quiero, tienes toda la razón, pero, ¡duele!”
“Está bien. Despierta.”

Y León despierta. Se revuelve en la cama, inquieto, hasta que decide incorporarse. Está totalmente desorientado y no recuerda ni su nombre, hasta que lo hace. “Me llamo León” se dice. “Y… ¿No me duele la pierna? ¡La pierna!”. Lanza su mano derecha hacia su cuádriceps, agarrándolo con fuerza, casi haciéndose daño él mismo. “No me duele” reflexiona. “Espera, ¿cuándo me ha dolido?”. Extrañado, desliza los pies hasta el suelo, se levanta y da unos pasos cautelosos. No tiene ningún problema para andar, y, sin embargo, siente la vaga impresión de que debería costarle.
Rindiéndose ante la evidencia, por fin tiene tiempo para dedicar un vistazo al reloj. Casi las dos de la tarde, ha dormido muchísimo tiempo. Se viste corriendo y baja las escaleras a una velocidad todavía mayor. Llega a la cocina y vuelve atrás para hacer una parada en el baño. Sólo se cepilla los dientes, y se maldice por haberlo hecho antes de desayunar. “Estás atontado, tío” piensa mientras se dirige a la cocina por quién sabe qué vez. “Deberías prestar más atención a lo que haces y no perderías tanto tiempo repitiendo las cosas”.
La nevera, la abre, leche, quizá un poco de cacao, remover y a través de la garganta. “Ah, sí, joder, qué tarde es” deduce tras mirar su reloj de pulsera. Se dirige a la puerta que da al jardín y se para en seco justo al abrirla. “Mierda, mierda, no puedo irme sin despedirme”.
Así que vuelve a subir las escaleras, sigue el pasillo hasta el final del todo, vuelve a entrar en su habitación, su cama para dos y la figura que está tumbada en el lado donde no dormía él. Es una figura femenina, esbelta, de la que se puede ver cómo el pelo rojizo le cubre la espalda desnuda. León le da unos golpecitos con suavidad en los hombros y con su mano izquierda hace un ademán para instarla a girarse hacia él. No le gusta despedirse de una espalda, por bonita que sea. Prefiere hacerlo de una cara igual de bonita.
“Julia, Julia. Perdona que te despierte. Me voy ya. Nos vemos esta noche. Te quiero.”
“León.” Dice ella o sólo lo balbucea, medio dormida.
“¿Sí?”
“Despierta.”

León abre los ojos. Unas sábanas mojadas por su propio sudor. Amodorramiento. Calor. Da unas vueltecitas sobre sí mismo, tratando de reconciliar el sueño, y descubre una porción de la cama que todavía conserva algo de frescor. Se mantiene así, medio despierto, disfrutando del momento, hasta que un portazo lo pone en alerta:
“¡León! – grita una voz femenina-. ¡Despiértate ya, vago! ¿No tienes nada que hacer?
“¿Julia?”
“Venga, hora de levantarse. Anda, déjame ayudarte.”
“¿Ayudarme a qué, Julia?”
“¿A qué va a ser? A levantarte, tonto.”
“Pero si yo no…”.
León, horrorizado, descubre que no puede mover las piernas. El terror le concede lucidez y con la poca luz que dejan entrar las persianas se fija en los detalles que lo rodean. Julia, roja y esbelta, la puerta, entornada, como la ha dejado ella, y por la rendija, una silla de ruedas increíblemente lustrosa.
“¿Te has dado cuenta?”- Dice ella, regañándole-.
“¡¿Julia?! ¡¿Julia?! ¡¿Julia?! ¡Tengo muchísimo miedo! ¡No sé qué me ocurre!
“León, despierta.”

León se despierta. Lo primero que nota: el dolor lacerante en la pierna. Lo segundo: Julia.

martes, 23 de agosto de 2011

9/5/09

Feia un dia preciós: el sol lluïa sobre per sobre d'uns edificis de centre de ciutat i una suau brisa travessava semàfors en vermell sense tenir cura dels cotxes, tot marejant, juganera, els cabells marrons que poblaven el meu cap.
Estava completament immers en els meus pensaments quan, de sobte, una veu coneguda va cridar el meu nom, fent-se escoltar per sobre del brogit del trànsit, obligant-me a despertar de cop del meu somni particular i a aixecar el cap per comprovar que, efectivament, qui em parlava era la persona que havia estat habitant la meva ment durant els últims minuts.
Allà la vaig veure, no gaire alta, amb els cabells rossos ballant al ritme que imposava un vent dictador que semblava mostrar-se molt més magnànim amb ella que amb mi. Portava una brusa blanca i una faldilla curta d'aquelles que fan perdre l'alè, aixecant les celles sorpresa de que hagués arribat puntual per primer cop en la meva vida. Quan es va adonar que li prestava tota la atenció possible, em va fer acostar amb un gest de la seva mà dreta, es col·locà les ulleres de sol sobre els ulls color maragda i va començar a caminar amb la certesa que la seguiria a qualsevol banda del món.
Mentre m'afanyava a posar-me a la seva altura i el cor se m'accelerava, el meu cap no podia parar de pensar era impossible que aquella senyoreta tengués alguna cosa a veure a mi, tot semblava massa irreal, tret potser d'una d'aquelles películ·les de cine on els protagonistes sempre acaben aconseguint el seu final feliç. A diferència de mi, ella actuava amb total naturalitat, semblava que havia nascut per passejar els dissaptes a les cinc de l'horabaixa i, just quan ens vam trobar davant el nostre destí, es va engalanar amb el seu millor somriure i va pronunciar les paraules que ja esperava:
- Papa, oi que em compres el vestit de l'aparador?


21/4/09
Diria que el sostre de la meva habitació sembla el cel,
que el llum de nit encara encès és un estel,
I sense haver pres res diria que veig el teu somriure fent una constel·lació en la foscor.
Mira, aquí es veuen els teus ulls, just davora la osa major.
M'adromo, m'adormo, m'adormo i somio,
I tu que deus fer? em recordes? em mires? em penses?
Que no hi ha manera d'estar sense,
Que la vida és una malaltia de la que no em vull curar mai,
Que per molta distància que ens separi em sembla que no bastaria l'espai,
de tot l'univers; que el cap em dona voltes i les cortines ballen vals
Que no hi ha res com un dia hipòcrita que al final no resulta ser fals.

domingo, 21 de agosto de 2011

Me tiñes la mente de naranja.

Me vistes la mente de naranja, chasqueas los dedos para que suene The Passenger y tú, yo, pero también tus amigas, a quien llamas amigas, nos encontramos de golpe en una moto enorme sin sidecar. No cabemos, claro que no, ni tampoco de tus dedos sale música ni mi cerebro puede teñirse de color sol cálido. Iggy no se percata de que la situación es poco verosímil y sigue cantando. Dudas aparte, arranco motores, y partimos.
Juraría que antes de que sonara la canción –una canción de cinco minutos lleva más de media hora sonando sin repetirse- yo estaba en una cama ajena, aunque sin compañía. Estaba en pleno agosto, pongamos las tres de la madrugada, tratando de dormir, y sin cerrar los ojos, sin soñar –porque no estoy soñando- sigo estando sobre las sábanas que no me pertenecen, sólo que, de repente, parecen una autopista, una autopista en forma de sábanas ¿naranjas? ¿por qué son naranjas? Pero lo son. Una autopista, la moto, y ella, y yo, y sus amigas, y vamos a una velocidad endiablada, digna de multa, prisión y casi cadena perpetua. Una velocidad inalcanzable por nadie ni nada que ni siquiera me provoca un subidón de adrenalina. Porque esta no es mi cama y en mi no cama se conduce a la velocidad que yo quiero.
Hace calor, y tendría sentido que hiciera calor en agosto, pero es un calor diferente. Es un calor agradable, igual de agradable que el frío en verano. Así que tenemos que estar en invierno, aunque en mis almohadas era agosto. No importa, es invierno, todos vamos vestidos de cuero negro, al más puro estilo motero de los sesenta, y hace un calor increíblemente reconfortante. Ya no me interesa que estén sus amigas; al principio sí, pero ahora ya no, así que sólo vamos tú y yo en la motaza, yo conduciendo, con gafas de sol aviador que no son las Ray Ban que tanto se venden en el mercado sino los mismísimos lentes que llevaba MacArthur, -¿Y qué sabes tú de ese hombre?- Nada, completamente nada, sólo que tuvo el honor de llevar las mismas gafas que ahora luzco yo. Ella detrás, con espacio de sobra, claro, porque antes éramos muchos más, pero, pese a las facilidades, muy agarrada a mi cintura, como si tuviera miedo a caerse. No puede desconfiar de mí, es imposible, no cuadraría con la situación: ella confía en mí al cien por cien, saltaría de un tercer piso si yo le prometiera que la recogería, así que no, lo único que queda es que se agarra a mi cintura, con fuerza, con pasión, porque le gusta.
Y a mí también me gusta que me agarre fuerte, casi haciéndome daño, casi impidiéndome respirar, casi haciendo que en algún momento ceda ligeramente el control del vehículo al azar y no a mis manos, pero, ningún problema, por suerte estamos solos en la calzada. Sólo tú, sólo yo, sólo la moto y la mente soleada y por supuesto la música que no te abandonará jamás.
El pelo negro -¿Es tuyo, es mío? Despeinándose, danzando, ondeando como una bandera y mira que yo detesto las banderas. A mí no me representa ningún estandarte, pero bien pensado no es un estandarte, es tu pelo revoloteado moviéndose al son del pasajero, es el símbolo de lo que siempre quise y no me atreví ni siquiera desear.
A medio trayecto –o quizá al final, o al principio, o en el kilómetro dieciséis- me doy cuenta que ni siquiera la situación es mía. No es original, es la idea de libertad que me ha vendido América, y por si fuera poco incluso uso el colectivo América para referirme a una sola porción del norte: hamburguesas de McDonalds, Harley-Davidson, autopistas larguísimas que cruzan Estados Unidos de este a oeste y viceversa, música rockera, lujuriosa, de los cercanos sesenta. Una idea prefabricada, una emoción ancestral –deja al amor en paz por una vez., limítate a la velocidad, la hombría, la libertad-. Pero no puedo, porque por algo echado a tus amigas. Porque tú, yo, nosotros y todos los demás complementos, entre los que destacamos para ser el centro, nuestro centro, y volveré a repetirlo: tú, yo, nosotros y nunca dijo nadie nada de una mente teñida de naranja, que sepas que eres mi primer amor y dejarás de serlo cuando aparezca otra antisoledad, que no será la segunda, sino que te borrará, te superará, y volverá a ser la primera. Aunque tú siempre serás la pasajera que me tiñó de sol cálido.

sábado, 20 de agosto de 2011

Hoy dormiré sin miedo

Siete minutos antes de acercarte a la figura ya puedes distinguir el pelo rojo que ostenta. Apenas cinco antes de llegar a sus pies compruebas que los encontrarás calzados con unas botas negras que le llegan casi a la rodilla y un abrigo negro, sintético, no de piel. A tres de distancia sus rasgos toman perfil y sus defectos se hacen patentes, pero es tontería describirlos. A un minuto de ella lo que sudan son tus manos, lo que señala el paso del tiempo es el latido de tu corazón y lo que está plagado de defectos es el plan que has ideado para entablar conversación. Treinta segundos antes de la llegada empiezas a mirarla de soslayo a esos ojos que seguro que tendrían un color precioso si no fueras daltónico y apenas dos o tres segundos antes del final tu mente se queda en blanco y olvidas todo lo decidido. No sabes que decir, cómo actuar, qué hacer. Te quedas parado, de piedra, hierático, esculpido en mármol y se te hace eterno el instante que tarda ella en levantarse y depositar un beso entre ansioso y tímido en tus labios agrietados.
Ella lleva abrigo y botas, tus labios están agrietados. Obviamente es invierno, diciembre, por qué no. Le dices hola a la vez que formulas unos pensamientos de agradecimiento a cualquier deidad en la que creas. Te ha salvado de quedar en ridículo, o eso crees un momento antes de atisbar con el rabillo de la mente que no te ha salvado ningún dios sino ella misma. “Gracias, Julia” susurras, sin tener consciencia de que ella oye tu voz pero no lee tus pensamientos, y ella te pregunta “¿Gracias por qué?” con curiosidad. Por supuesto que vuelves a casi quedarte en blanco pero esta vez quizá si es dios el que impulsa tus labios y respondes con voz queda “Por nada, por todo, por existir” y ella recompensa el ingenio de tu creador con otro beso, más largo, más húmedo, en unos labios tuyos que no le harían asco a un poquito de cacao.
Julia no da besos, no los regala, tampoco los roba. Julia los deposita, los coloca en tu boca como si fueras una entidad bancaria, temerosa de no recuperarlos nunca. Y nunca los recupera. Pero tampoco le importa demasiado.
Empiezas a andar con ella y por cortesía le preguntas si llevaba mucho tiempo esperando, y ella por supuesto que te contesta que sí, que a ver si tardas menos la próxima vez, y tú balbuceas al tratar de excusarte y lo dejas correr. “Lo siento” dices mientra te mira, divertida, y te empuja ligeramente golpeándote contra la oportuna marquesina del autobús. No acabas de encajar en la situación, tú eres tú y Julia es Julia, y mientras percibes la complicadísima tautología te preguntas quién eres tú para merecer estar con Julia. Y ahora sí, descarado, se lo preguntas.
“Pues verás, yo también me pregunto qué ves en mí, pero intento no hacerlo demasiado, no sea que si hablamos de ello te das cuenta de lo poca cosa que soy y decides irte”.
A esto le siguen varias discusiones falsas tópicas, donde tú le dices lo guapa, lo inteligente y lo interesante y lo maravillosa y lo deseable que es y ella cumple por su parte haciendo lo mismo. Así que ambos seguís, agarraditos por la mano, contemplando como el tiempo, las marquesinas y los autobuses atestados van dando paso a la gente, los semáforos y las fachadas pintarrajeadas; con la autoestima subida, la vida llena y el frío diciembre como único contraste con la calidez de vuestros estómagos.

Abres los ojos y contemplas el reloj para comprobar que han transcurrido siete minutos. Siete minutos desde que cerraste los ojos para rememorar el pasado. Un año entero desde la última vez que llegaste hasta Julia en este mismo banco de madera. El tiempo corre deprisa, y te das cuenta de que no veías a Julia siete minutos antes de encontrarla. Quizá la vislumbrabas uno o dos minutos antes pero los nervios alargaban tu percepción. Ahora eres mayor, más viejo, para qué eufemismos, y el mismo u otro diciembre, qué más da, agrieta los mismos o diferentes labios, qué más da, que no has tomado la precaución de cubrir con cacao. De algunos errores no se aprende y los siete minutos de recuerdos sin parar casi te hacen llorar. Te dices que no, que no es eso, pero sabes que llorar delante de la gente te da vergüenza, y al tratar de engañarte a ti mismo te das dos veces rabia, una por verte tan a la merced de la influencia cultural que te ha visto crecer, y la otra por si siquiera poder mentirte a ti mismo.
Un año con sus doce meses, cada mes con sus más de veintiocho días cada uno y así hasta llegar a la casi infinidad de microsegundos que has pasado. “Un año” te dices sin engañarte, así parece menos tiempo. Un año entero para descubrir qué podía ver Julia en ti y ahora que lo sabes, ese pequeño fragmento de información es una de las pocas cosas que te atan todavía a la alegría. Los había más ricos, más guapos, más inteligentes, más buenos en la cama, para qué esconderlo, más divertidos, más ingeniosos, más todo. Sin embargo, Julia te quería a ti, ¿por qué? Porque no había absolutamente nadie que pudiera ser mejor que tú siendo tú mismo. Sonríes, ¿cínica, alegremente? Qué más da, sonríes y ves sonreír a Julia y levantas la vista al cielo no para ver a dios sino para contemplar cómo no cae ni la lluvia ni la nieve.
Y tú, ¿Quién eres tú? Muchísimos microsegundos (ahora interesa que el tiempo suene a largo, a experimentado, a arduo) dedicados a la cuestión y por fin tienes la repuesta. No eres tú cerebro, no eres tu cuerpo, no eres tu alma. Eres lo que Julia quiso. Y, ahora que ella no está, no eres. No hay nadie, estás vacío. Solo. Hay un cuerpo, una carcasa, también un cerebro que se ocupa de todo lo que no tiene que ver con el culo sobre la fría madera. Y sin embargo sabes que ese banco está vacío, porque no eres nada sin un Julia que te quiera.
“Suena triste”, piensas mientras te levantas con esfuerzo y desandas el camino hasta casa, si es que los errantes pueden tener hogar. “No lo es”, tratas de convencerte. Quizá estás muerto, pero sólo necesitas otra Julia que te devuelva a la vida. Otros no tienen tanta suerte.
“Y que esta nueva Julia no vuelva a ayudar a identificarse a alguno de mis mejores amigos” ruegas con vergüenza, en alguna bastante pero no suficientemente escondida parte de tus pensamientos, a la deidad en la que no crees.

martes, 16 de agosto de 2011

Hoy tampoco

Ella siente la boca pastosa y nota cómo el labio de arriba se le queda pegado al de abajo tras un intento de sonrisa. Se acaba de despertar de un sueño y se siente mal respecto a él: se ha limitado a usarlo, no a vivirlo; ha soñado mientras estaba dormida –no recuerda qué- y ahora, ya despierta, no pretende dedicarle ni un segundo más de su tiempo. El sueño no ha concluido todavía cuando entreabre los ojos, sigue ahí, quieto, silencioso, pero a su vez esperando cortésmente que los párpados vuelvan a cerrarse y le permitan concluir; sin embargo ella, con una punzada de remordimiento, mira hacia otro lado. Se estira la piel con ambas manos a la vez para tratar de desembarazarse de parte de la somnolencia, pero no lo logra. El sueño a medias, dolido, le recuerda abiertamente que es de muy mala educación interrumpir a los demás y ella hace oídos sordos, aunque seguro que lo ha oído.
Ha dormido en un coche en marcha, con el suave traqueteo del que no faltan científicos opinando: tranquiliza tanto porque se asemeja a los latidos del corazón cuando el feto está en el vientre materno. También está el cuello, dolorido y aquí los médicos suenan mucho más convincentes: es por la postura adoptada en el vehículo. Ella se frota el trapecio dolorido y se promete que nunca volverá a dormirse en un coche, y mucho menos durante tanto tiempo. ¿Ha pasado ya toda la noche? La luz obliga a sus pupilas a encogerse, pero podría tratarse tanto del sol como de un poblado dotado con farolas de la potencia adecuada. Cuando acaba de masajearse gira la cabeza hacia la derecha, mueca de dolor incluida, y contempla la causa de su sonrisa y su boca pastosa. A su lado está él, dormido todavía, y le viene a la cabeza un dato curioso: para contagiarse el sida vía saliva, una persona debería beberse más o menos unos cinco litros de la de otra. Suelta una risita pícara, avergonzada de sus propios pensamientos, y se lamenta de que los dos asientos delanteros estén ocupados también. Fue lo que les impidió tratar de contagiarse venéreas de otra forma mucho más efectiva.
Delante, a la izquierda, está él, aunque es un él diferente. Más viejo, con más arrugas y con menos cuero cabelludo, pero con más ingenio y pericia al volante. Lleva muchas horas seguidas despierto y no tiene ningunas ganas de sonreír. A su lado, a la derecha, está ella, que por supuesto también es otra ella distinta. Ésta aparenta una edad más o menos intermedia entre los dos él, y trata de consolar al segundo él diciéndole que ya llegamos, cariño, apenas faltan unos kilómetros. Él viejo murmura por lo bajo y deja que se pierdan sus ojos viejos en la carretera, con la vana esperanza de ver a Cassady acompañado por Kerouac, que seguramente deben estar a miles de kilómetros de ahí, en Denver, pero más vale esperar eso que protestar y ganarse la ira de ella intermedia.
Y así desfila el cuarteto, entre sol y luna, unos susurrando “Jack, Jack, ¿dónde estás” cuando creen que nadie los oye y otros sonriéndose y lanzándose miradas furtivas y lascivas y encantadoras, espectáculo que cesa en el momento en que se cruzan un auto viejo, quizá de la década de los sesenta, aunque bien cuidado y sin duda veloz todavía. En él, dos personajes se miran, sorprendidos. Uno le dice al otro.
-Oye, Neal. Son cosas mías, ¿o el coche que acabamos de pasar tenía un sueño ofendido en el maletero?
-Venga ya, Jack, deja de decir tonterías. Creo que has bebido demasiado. ¿Cómo vas a saber si estaba ofendido si sólo lo has visto un instante?

domingo, 7 de agosto de 2011

El gran cañón del colorado.

“Quiero tumbarme en mi cama. Quiero volver a casa” pienso mientras voy embutido en el metro y ni siquiera sé si la próxima parada es Cataluña o Urquinaona. Demasiados brazos levantados, incluido el mío, no favorecen un desplazamiento placentero. Los viajeros bajan la cabeza y tratan de inmiscuirse lo menos posible en la vida de aquél que les propina un codazo cada vez que se remueve. Sin embargo, no todos mantienen la vista fija en sus pies. Algunos observan.
Yo observo. Desvío los ojos hacia los pequeños ventanucos por los que no entra luz alguna y me fijo en el panel que explica la ruta del vehículo sin enterarme de lo que mis ojos ven. Llevo más de 36 horas sin dormir y lo único que quiero en este mismo momento es oír mis propias llaves entrando en la cerradura de mi puerta. Dar un pequeño empujoncito, que se abra quizá a la segunda o a la tercera y salga a recibirme mi gato, ansioso de comida y nada más porque le da igual mi presencia si tiene el plato lleno. Y mientras estoy perdido en algún lugar lejos del metro mis ojos se cruzan con los de una muchacha a través de miríadas de gente maloliente y experimento un súbito subidón de feniletilamina. Sus ojos parecen decirme “¡qué cansada estoy!” y al instante entiendo que ella también lleva demasiado sin dormir. Está erguida, con el brazo también agarrado a los soportes, tratando de evitar los traqueteos inevitables, y durante el ínfimo lapso que nuestras miradas se encuentran alcanzo a entenderla: realmente su cabeza reposa en alguna almohada remota en quién sabe qué lugar y no hay ropa sucia y desconocidos sino sábanas limpias y posiblemente perfume de suavizante.
Sólo ha sido un instante en el que ambos hemos compartido el dolor y la apatía y hemos sufrido el mundo juntos pero separados creando un lazo entre nosotros. No sé quién aparta los ojos primero, casi seguro que yo, siempre soy yo, pero me queda el recuerdo del verde grabado detrás de las retinas y ahora miro los ventanucos, ahora el panel informativo, ahora mis pies, ahora vuelvo a echar un vistazo a ese fulgor cuando descubro que está clavado en mí. Esta vez ella aparta la mirada y me fijo en su mano alzada, con los dedos largos y unas uñas cuidadas y sin morder, tan diferentes de las mías. Una camiseta manga larga blanca, deportiva, nada adecuada para el agosto que hierve la vida y unos pantalones estrechos, también deportivos, que conducen a unos pies encajados dentro de unas sandalias romanas con varias tiritas recubriendo las ampollas que debe de haberse hecho de tanto caminar. “Normal que esté cansada” acierto a pensar, ajeno a mi agotamiento, mientras vuelvo a buscar sus ojos y esta vez no los encuentro sino que la encuentro con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, contemplando con dificultad como un joven rubio la rodea por la cintura y deposita con cuidado un beso en sus labios exhibiendo antes una sonrisa de anuncio.
Me giro, casi dolido, hacia la puerta de la salida. No me vuelvo en todo el trayecto. Me bajo en mi parada, camino con los pies doloridos hasta mi casa y abro la puerta a la primera. Nada más entrar me cambio los zapatos y me pongo las zapatillas, tirándole una al gato para que calle. Da resultado, así que me dirijo a mi habitación y me dejo caer en la cama sin molestarme en sacarme el calzado restante.

jueves, 21 de julio de 2011

El espectáculo debe continuar

No sé si continuará, si lo dejaré al momento, si qué. No tengo ni idea. ¿Cómo va la vida? Como los amantes, que vienen y se van deprisa. Pues igual. Ahora me apetece esto, ya se verá mañana.





Los mundos propios son como una mujer preciosa. Muchas veces sus preocupaciones coinciden: ambos temen ser deseados en lugar de amados. Y no es nada difícil caer en el deseo.
¿Quién no desea nada? Querría más dinero, una casa más grande, que me tocara la lotería, que mi madre me comprendiera mejor; querría ser más bonita, querría sacar mejores notas, querría, querría, querría. Desearía todo eso. Desearía tu mundo. Te desearía a ti. Pues no. Mal. A mí mundo tienes que quererlo, sí, querer, como hace unas líneas, pero cogiendo la acepción de amar. Y amarme a mí también.
¿Y por qué ibas a querer un mundo que ni siquiera es tuyo? No hay razones para ello. Sin embargo, sí para desearlo. Deseo compartir tu mundo porque me aportará nuevas sensaciones, expandirá mis horizontes, ampliará mi experiencia vital y un montón de gilipolleces que simplemente repercuten en el “yo”. Porque el deseo concierne a uno mismo y, por el contrario, el amor recae directamente sobre el “tú”. ¿Y quién, excluyendo lunáticos, sería capaz de colocar el tú antes que el yo? Eso no tendría ningún sentido. Qué fácil desear y qué difícil amar.

- ¿Cómo debo llamarte yo a ti?
- Puedes llamarme Jack. Ya sabes, como… bueno, en realidad como nada. No todos podemos tener nombres impresionantes, ¿verdad?

Y los dos nos echamos a reír. Tiene un nombre bonito. Aunque realmente Julia me parecía increíble, y Amalia. E Inés. Y ahora no me gustan tanto. Excepto Julia, claro, que siempre me ha gustado. Pero los otros dos ya no tanto. Supongo que en algún momento dejará de gustarme Mar, pero todavía me quedará el auténtico. Aunque, en realidad, ¿quién me dice que esa gran cantidad de agua junta no haya tomado el nombre de ella, y no al revés?

Las ciudades, o quizá las mujeres bonitas, qué más da, lo tienen más difícil. Es más sencillo querer a alguien feo. No tiene otra cosa, nadie lo desea. Cuando alguien cree percibir algo en él (un lunático, claro, las personas cuerdas no aman) nunca lo confunde con deseo. No puede serlo. Es feo. Y sin embargo me atrae. Entonces, tiene que ser amor.
Y sin embargo, Mar debe haber sufrido mucho deseo a lo largo de su vida. Realmente es deseable y debe sentirse como Barcelona, como la ciudad por donde nos pasea el Sr. H. Mientras en su interior ocupamos unos asientos donde se dan las primeras palabras que cruzamos Mar y yo, el autobús recorre la ciudad preciosa. Hace muy poco que la conozco, pero es mía. O lo sería si creyera en el amor posesivo. Realmente ella es libre de irse cuando quiera, ni se me ocurriría retenerla, pero sigue ahí. Una ciudad no te pertenece por nacimiento sino por conquista. Es decir, azar, porque no se puede conquistar a nadie. Sólo puede limitarse a acontecer. Cada mañana, al levantarme, me espera con las calles ya puestas. Sus aceras están recubiertas por marcas de chicle centenarias, a modo de lunares deliciosamente colocados entre el cuello y el hombro. Sus luces amarillentas me guían a casa por la noche y sus edificios, algunos con más valor arquitectónico que otros, me cobijan de la meteorología; como por ejemplo la lluvia, que imagino que debe ser el nombre de la hermana pequeña de Mar.
Pensándolo mejor, quizá Barcelona no es una ciudad preciosa. Quizá es una ciudad fea. Quizá está sucia, quizá hay goteras en mi piso, quizá siempre están estropeadas las farolas. Y casi mejor que sea así, porque entonces significa que no la deseo sino que simple, simple y llanamente la quiero.
O quizá no la quiero porque no se pueden querer a las ciudades. Quizá sólo se puede querer a las personas. Quizá esta sea la principal diferencia entre Barcelona y Mar. Aparte de que Mar es mucho más bonita, claro.
Pero sigo queriendo compartir su mundo con ella. Con Mar. Con Barcelona ya lo hago. Quiero compartir el mío y que ella comparta el suyo. Quiero, ¿qué quiero? Quiero ser un lunático y entonces no lo voy a llamar más “mundo”. A partir de ahora quiero compartir mi Luna.

- Por supuesto que sí. Tú habrás pensado en el Mediterráneo o el Rojo, pero también podría ser el Mar Muerto. ¿Entonces ya no sería tan impresionante, verdad?
- ¿No sería impresionante? Un mar donde dicen que se puede andar sobre sus aguas. ¡Sería todavía mejor!

Y se volvió a reír. Hay gente que tiene el don de saber cuándo alguien espera que te rías del comentario que acabas de hacer, y Mar era una de aquellas personas. No me torturó con un silencio incómodo sino que me ayudó a seguir adelante con su complicidad. En realidad, mi respuesta no pasaba de mediocre. No se merecía esa risa ligera.

- Entonces, dime, Jack – continúa ella, pronunciando burlonamente el vocativo, exagerando un acento falsamente anglosajón-. Te encuentro aquí muchas mañanas temprano. ¿Dónde vas?
- Si tengo que decirte la verdad –respondo yo-, no tengo ni la más remota idea. Llevo poco en la ciudad y todavía no sé muy bien cómo va esto.

Esta vez ella se ríe con ganas, casi a carcajada limpia. No pretende ser una risa cortés sino que le ha hecho gracia de verdad. Y, como casi siempre ocurre, yo no trataba de hacerme el divertido sino que me limitaba a ofrecer la más ingenua sinceridad.

- Creo que voy a tener que enseñarte el metro –añade, a punto de restañarse las lágrimas de los ojos-. Es mucho más rápido.

Arriba, en un cielo no muy claro por dos razones: la primera consistente en la contaminación lumínica creada por la (maravilla para algunos, amor para otros, no sé qué para mí) ciudad, colectivo que tiene que ver con calles, farolas, aceras, edificios y varios millones de personas conviviendo en un espacio reducido. Y la segunda, porque mi vista no es capaz de contemplar el firmamento a través del descolorido techo propio del Sr. H, se puede observar un cambio. Ha aparecido otra Luna, mucho más pequeñita, más redonda, con menos cráteres. Quizá, forzando la retina, alguna podría ver tonos azules en su superficie, azules de esos que recuerdan al mar.
Sin embargo, nadie la vio. Porque era pronto incluso para ser mañana. Porque todo el mundo sabe que la Luna sólo aparece de noche. Porque sólo un lunático creería que puede haber dos.

sábado, 16 de julio de 2011

Los parones son necesarios.

Un escritor (alguien que escribe) deja de escribir a veces. Bueno, al menos yo lo hago. Cojo fuerzas (no hago nada) y luego, de golpe, me da por escribir dos páginas y pico. Las cuelgo, sé que las leeréis. Muchas gracias.


Quizá es el 14 o el 16, algún número par, no recuerdo exactamente cuál, y sin duda no es el autobús que me lleva al aeropuerto. Sin embargo es un autobús, con su chasis supuestamente azul y sus señales luminosas alegremente estropeadas: próxima parada, nombre inteligible. Me subo a él porque un vehículo proporciona seguridad, arropa, y el traqueteo que sufre en las calles bastante mal asfaltadas sirve como somnífero natural.
No es que me cueste excesivamente dormir, pero siempre me cuesta más si lo pretendo específicamente. Si pienso: necesitas descansar, me lo tomo como una obligación, y la parte de mí dispuesta a llevar la contraria sale a relucir. “Pues ahora no duermes”.
El problema añadido del sueño es que me da mucho miedo. Debería ser algo totalmente inofensivo, te echas en algún lugar, cierras los ojos y en algún momento al cabo de varias horas los vuelves a abrir. Es un intercambio justo, unas horas de tu vida por poder aprovechar decentemente unas cuantas más. Sin embargo, en el intervalo entre parpadeos, a mí me atacan los sueños.
Si hay algo que me gusta hacer es llevar la contraria. Me encanta. Entonces, durante la vigilia, me dedico a ello. Y a quién puede ser más divertido llevarle la contraria que a mi propio subconsciente. Voy por la calle y me dice: “lánzate contra esa muchacha, fíjate qué buena está” y yo lo obvio totalmente. Quizá alguna mirada se me escapa, pero nada más allá. Luego me encuentro un patriota, de los de ceguera y bandera, cuando me susurra: “pégale, destrózalo, ¿no ves que sólo dice gilipolleces? ¡Cállalo!” yo ni siquiera cierro el puño. Mi subconsciente no para, siempre me sorprende con ideas propias. Nos encontramos con una hipoteca que pagar, unos exámenes que aprobar, unos requisitos que cumplir y él no duda: “preocúpate, agóbiate, estrésate” y yo me esfuerzo en estar tranquilo y optimista. Termina el día con muchas ganas de venganza.
Y llega la noche. Me duermo. Y ahora manda él. Mediante los sueños me hace pagar por toda la libertad que he ostentado durante el día. Me obliga a soñar que realizo exámenes de química imposibles, me embargan la casa, me vuelvo fanático de una selección de fútbol, me preocupo por la adecuada colocación de las pinturitas en su estuche o el orden implacablemente perfecto de los contactos de móvil no según el alfabeto sino la fecha de nacimiento. Y, claro, también me hace soñar con muchachas, pero esto no es tan desagradable.
La cuestión es que con su venganza me ha hecho cogerle miedo al dormir. Y no puedo evitar hacer algo biológicamente necesario. Es el precio a pagar por llevar la contraria, por ser algo más libre de lo habitual. Más o menos, lo pago gustosamente.
Pues quizá es el 3 o el 7 o algún otro número primo, ahora que lo pienso bien. Tengo muy mala memoria para las cifras que no sean aniversarios. Julia nació el 17 de febrero, Amalia el 28 de marzo, Inés el 8 de diciembre. He intentado recordar el día de su nacimiento y lo he logrado sin problemas. Da igual el número que el autobús lleve en el espolón, a modo de sirena, podría haber sido el 17 de Julia o el 28 de Amalia y nada habría sido diferente. Porque me encuentro en el autobús por un motivo en concreto, no porque quiera dormirme, no para llevar la contraria a mi subconsciente. Estoy en él por la sensación de seguridad que proporciona, la que he nombrado al principio. Y porque no hay ningún lugar mejor que un autobús para abrir las puertas que conducen a tu mundo propio.
Puedo describir mi mundo propio o decir que tengo un mundo propio. No haré lo primero porque resultaría inefable. Es mío, mi mundo, separado de cualquiera que quiera saber cómo es por la barrera del lenguaje. Sin embargo, tengo uno y me gustaría compartirlo. Y qué mejor lugar para hacerlo que el autobús.
Deslizo la mirada por la ventanilla y no veo nada porque estoy concentrado. Alguna vez he oído que el cerebro es la herramienta que usamos para comprender la realidad exterior, el mundo tal y como lo conocemos. Recibimos señales procedentes de fuera, el cerebro las procesa y entonces formamos la realidad externa dentro de nuestra cabeza. Posiblemente sea totalmente imposible, pero como yo no tengo nada de científico, me limito a la charlatanería, creo (y me expongo ahora a que se me llame fundamentalista al hacer uso de la fe) que puedo alterar esa percepción. Puedo manejarla, no completamente, pero sí modificarla según quiera para adaptarla a mis preferencias. Así por ejemplo puedo recibir estímulos negativos cuando me siento solo, disgregado de una sociedad que me decepciona, y convertirlos en orgullo hacia mí mismo por resistirme a la corriente.
Sin quererlo he tratado de describir mi mundo. Por supuesto, no lo he logrado, pero ya hay una idea sobrevolando los demás pasajeros, descuidados, que habitan el autobús.
Un autobús que merece un nombre, porque un nombre propio dota a los objetos comunes de personalidad, los convierte en algo especial: si yo fuera “trozo de carbono número 123.684” me sentiría sin fuerzas para ir por ahí creando mundos propios. Así pues, el autobús va a ser Sr. H, por su incapacidad de hablar, por ser mudo, por ser, como la letra H, tan inútil hoy en día como apreciada por los románticos. No tiene nada que ver con el hidrógeno, yo suspendí ese examen de química onírico.
El Sr. H se mueve a velocidad moderada, unos 70 kilómetros por hora en vía interurbana y lo llamo Sr. Y no Sra. porque una cosa es darle un nombre a un autobús y otra ponerse a discutir sobre su género. Sólo quiero compartir mi mundo.
Y a través de la ventanilla se verían muchas cosas si prestara atención, pero no lo hago. Estoy compartiendo, negando mi egoísmo, siendo libre, llevando la contraria. Sólo de pensarlo me siento cansado. ¡Cuánto trabajo! Y empezamos por lo primero: ¿Con quién?
Por supuesto mi subconsciente dice o más bien grita “¡Julia!” y de verdad que casi desfallezco y me dejo guiar por él. No, Julia no. Julia murió, igual que yo. El yo que no podía vivir sin ella, como es lógico, murió al perderla. Y el nuevo yo, el que vive el ahora que es siempre, ha evolucionado hasta el nivel de poder sobrevivir sin Julia, así que no, subconsciente, voy a llevarte la contraria.
Dejo de mirar por la ventanilla no porque gire la vista sino porque cierro los párpados y trato de visualizar un contorno. Es por supuesto el de Julia el primero que aparece pero esta vez no me coge desprevenido y lo evito. El subconsciente refunfuña pero cede. Él, quiera o no, también es yo, y en algún momento aceptará que lo de Julia ya terminó. Simplemente va algo más atrasado. Sigo con la concentración: está el Sr. H. Está la concentración. Sólo falta el quién.
Por fin, abriéndolos, desvío los ojos de la ventana al asiento contiguo al mío. Allí hay una muchacha que posiblemente cause muchos sueños a una gran cantidad de personas. Sin embargo, la timidez, el miedo y el horror me pueden. Quiero compartir mi mundo con ella, atreverme a conocerla, y no lo hago. “¿Eres tonto o qué?” me grita el subconsciente. “¡Que yo también quiero conocerla! O le dices algo o esta noche preferirás no haberte dormido”. Malditas las amenazas, porque justo en ese momento la muchacha, inquieta al comprobar que su acompañante lleva más de medio minuto aguantando la respiración, pregunta:
-Disculpa, ¿te encuentras bien?
Y yo le digo que estoy mareado y aprovechando el oportuno stop del Sr. H, mi cómplice, me bajo sin mirar atrás ni el cartel que me indica dónde me encuentro.
Otro día sin compartir mundo. Otro día que por suerte fue ayer a pesar del narrado en presente. Ahora mismo, un ahora de verdad, nada de falsos pasado, me encuentro subiendo al Sr. H, que quizá no es el mismo de ayer pero para mí seguirá siendo el Sr. H mientras yo tenga la intención de compartir mundos en él.
Otra mañana, otra vigilia, otro buscar con avidez la muchacha quitalientos, encontrarla increíblemente sola (a las mujeres como ella no suelen faltarle mascotas como los buitres o las babosas), y sentarme a su lado mientras que suelto con voz ensayada previamente, concebida como una voz grave con un deje de despreocupación por mi mente alterada; un ruidito tembloroso y prácticamente inaudible para cualquier otro ser humano que me pueda oír:
-¡Hola! Gracias por preocuparte por mí ayer… ¿Cómo debo llamarte?
Me mira con unos ojos mucho más acostumbrados a mirar a sus iguales que los míos, y contesta divertida:
-Mar. Ya sabes, como el mar. ¿Y cómo debo llamarte yo a ti?
Compartir los nombres es el primer paso para transportarse al mundo del otro. Porque, por supuesto, Mar tiene el suyo propio. Y todavía sin saberlo, dándome tres letras que me sirven como vocativo, ayudándome a apartar el “trozo de carbono 123.420” o sea la que sea la cifra que le corresponda a ella, ya empieza a hacerme creer que tengo medio pie en mundo ajeno.

lunes, 6 de junio de 2011

Bu.

Ayer escribí tras mucho tiempo y por eso he encontrado los ánimos para blogguear. Le pongo bu al texto como quien le pone retazos de pasado o rimas salvajes. Al fin y al cabo, no es lo uno ni lo otro.

Poco menos de treinta caracteres, distintos tipos de puntos, comas, guiones, interrogantes, signos de exclamación, acentos. Millones de palabras con múltiples acepciones cada una, innumerables construcciones gramaticales y nomenclaturas específicas. Todas las herramientas necesarias para describir exacta, minuciosamente cualquier cosa, para dar a entender absolutamente todo, y tras siglos de estudios sobre cualquier tipo de comunicación conocida, todavía no sé expresarme.
Recoges unas navidades cualesquiera, pongamos la pasada, que hoy en día es la del 2010 pero dentro de cinco años, por ejemplo, será la del 2015; y luego nos centramos en algún momento en concreto, pongamos día 24 o 26 de diciembre: evitamos el 25 por ser justo Navidad. 26 de diciembre de 2010. Una fecha concreta suele ser verosímil, creíble. Quizá ocurren cosas ciertas en los días de verdad. Podrían golpear diecinueve campanadas en un reloj viejo modernizado y oírse “Le Valse d’Amélié” sonando en un teléfono móvil nuevo pero más anticuado ya que el reloj. Es el tono de llamada y una mano de hombre lo descuelga (es de ésos con tapas deslizantes) para escuchar una voz de mujer que dice “Hola, ¿qué tal?” y se las arregla para dejar en el aire la impresión de una sonrisa (no tiene por qué ser perfecta, quizá con los dientes algo amarillentos o los colmillos demasiado afilados). “Sé que te dije que no podía ser hoy, pero estoy en la ciudad. ¿Vienes a verme?” y contra tráfico y semáforos se lanza el valiente tras una ducha y quizá un segundo de margen para deslizar el móvil simbolizando un adiós. “Sí, ¿a las siete y media en la plaza te parece bien?”. Y por supuesto que le pareció bien.
Entonces calles con nombre o anónimas y personas, todas anónimas aunque con nombre. Cruces de coches y de miradas y de silbidos o tarareos cuando dos transeúntes caminan absortos en cualquier sonido que reproduzcan sus auriculares. Pero el hombre no se fija porque a él lo absorbe la plaza y sus propios pensamientos y no presta atención alguna a la geografía que cruza mecánicamente, dejándose guiar por unos pies que de momento nunca le han fallado.
Y luego plaza con nombre pero sin importancia y bancos y palomos y quizá viejos alimentándolos, qué cliché. Resultado, siete y media y no está ella, que llega diez minutos tarde, o quizá no tarde sino simplemente más tarde porque una mujer llega siempre cuando se lo propone. Y ya tenemos la pareja completa.”¿Dónde vamos?” pregunta ella y cómo él dubita decide que está cansada y que ese portal de ahí, que no es gótico, ni barroco, ni modernista pero tiene un fonoporta bien cuidado y un lustroso cartel donde aparece el aviso de que la comunidad no admite publicidad, parece muy apetecible. Se sientan, casi se tumban y hace frío, es invierno, pero dos abrigos sirven como manta y las siete (casi ya las ocho) no es mala hora para irse a dormir. “¿Cómo estás?” y otras trivialidades y qué no es trivial hoy en día, o en esta vida si pensamos que hay otra. “Todo bien, todo bien, ¿y tú?” y se llega al punto de inflexión porque esta pareja tampoco sabe expresarse. Él dice que bien cuando en realidad se le está adormeciendo el brazo bajo el peso de la cabeza de la mujer y le pica un ojo pero no se atreve a dejar de acariciarle el pelo para rascarse. “No podría estar mejor” y cierra los ojos para grabar el momento a fuego o a hielo o como sea que se graben los momentos en la mente. Ella dice que está un poco incómoda y se revuelve para mirarlo directamente al ojo que le pica, aunque ella no lo sabe. “Me gustan los ojos marrones”, le dice: “Me gustan tus ojos marrones”. Y de ella no me atrevo a decir si sabe expresarse o no porque las mujeres siempre me han traído loco. Por lo menos, y eso es seguro, no necesita ni la mitad de herramientas que desperdicio yo.
Él sí sonríe amarillenta y afiladamente y nada es perfecto pero nadie va a morir si lo parece. Abrazos con fuerza opresora, abrazos policiales y luego quizá dos manos que se entrelazan y encajan. No son moldes, ningún demiurgo las ha hecho coincidir. Habrá sido el azar o no habrá sido nadie ni nada, simplemente ocurrió o muy posiblemente alguien (él, ella) forzó su acontecimiento. Los veintitantos de diciembre existen (o eso nos han vendido) y en alguno de ellos seguro que alguna vez ha ocurrido algo así.
Sin embargo, casi setecientas y media palabras después, quizá cinco o diez más tarde, las necesarias, sigo sin aprender. A saber quién leerá tristeza, quién melancolía, quién felicidad y quién cursilería sin que yo haya escrito ninguna de ellas. Quizá ella sí sabía expresarse imprimiendo sonrisas en el aire. Quizá él decía la verdad mintiendo sobre su comodidad. Quizá sólo faltaba un punto y final.

Inicios (bis)

Si hablo de inicio en un blog antes (o mucho antes) de tener ni siquiera un solo seguidor, es bien porque estoy seguro de que algún día lo tendré o bien realmente me gusta hablar para mí. Creo que es la primera, no escribo para mi persona.
Entonces inicio un blog en solitario tras varios proyectos compartidos. Ninguno ha fracasado, tampoco han sido éxitos. Han cumplido su cometido, filosofía de almacén, que diría Martín H. Han guardado todas las letras que no quería perder y han permitido que cualquiera (siempre que supiera la dirección adecuada) pudiera leerlas.
Ahora en solitario, solo, sin compañía. Quizá adecuado a mi estado de ánimo, una soledad llena que me ahoga, que decía Manuel Chinato. ¿Y a quién le importa mi alma, más triste que el silencio y más sola que la Luna, y a quién le importa si soy poeta o soy basura? Esto es don Robe Iniesta. En definitiva, soledad, y que no viene dada porque mis allegados hayan dejado de preocuparse por mí sino porque yo mismo paso olímpicamente (y no cada cuatro años) de mí y de cuanto me rodea. Una posición muy autodestructiva, sólo me queda empotrar el coche contra la casa de X (House 7x23) para quedarme satisfecho.
Sin embargo, si van cruzando algunas líneas por aquí podrá tomarse como un rayito de esperanza, dado que última(siempremente)mente la apatía es la dueña de mis días.

PS: El título del blog, "Stuck in the middle with you", es parte de la letra de una canción (http://www.youtube.com/watch?v=OMAIsqvTh7g) que simboliza un pasado que no puedo ni pretendo olvidar y que sin embargo sería lo más conveniente. Ahora sigo stuck, posiblemente en el middle, pero, como siempre, la diferencia es que ya no estás tú.