lunes, 6 de junio de 2011

Bu.

Ayer escribí tras mucho tiempo y por eso he encontrado los ánimos para blogguear. Le pongo bu al texto como quien le pone retazos de pasado o rimas salvajes. Al fin y al cabo, no es lo uno ni lo otro.

Poco menos de treinta caracteres, distintos tipos de puntos, comas, guiones, interrogantes, signos de exclamación, acentos. Millones de palabras con múltiples acepciones cada una, innumerables construcciones gramaticales y nomenclaturas específicas. Todas las herramientas necesarias para describir exacta, minuciosamente cualquier cosa, para dar a entender absolutamente todo, y tras siglos de estudios sobre cualquier tipo de comunicación conocida, todavía no sé expresarme.
Recoges unas navidades cualesquiera, pongamos la pasada, que hoy en día es la del 2010 pero dentro de cinco años, por ejemplo, será la del 2015; y luego nos centramos en algún momento en concreto, pongamos día 24 o 26 de diciembre: evitamos el 25 por ser justo Navidad. 26 de diciembre de 2010. Una fecha concreta suele ser verosímil, creíble. Quizá ocurren cosas ciertas en los días de verdad. Podrían golpear diecinueve campanadas en un reloj viejo modernizado y oírse “Le Valse d’Amélié” sonando en un teléfono móvil nuevo pero más anticuado ya que el reloj. Es el tono de llamada y una mano de hombre lo descuelga (es de ésos con tapas deslizantes) para escuchar una voz de mujer que dice “Hola, ¿qué tal?” y se las arregla para dejar en el aire la impresión de una sonrisa (no tiene por qué ser perfecta, quizá con los dientes algo amarillentos o los colmillos demasiado afilados). “Sé que te dije que no podía ser hoy, pero estoy en la ciudad. ¿Vienes a verme?” y contra tráfico y semáforos se lanza el valiente tras una ducha y quizá un segundo de margen para deslizar el móvil simbolizando un adiós. “Sí, ¿a las siete y media en la plaza te parece bien?”. Y por supuesto que le pareció bien.
Entonces calles con nombre o anónimas y personas, todas anónimas aunque con nombre. Cruces de coches y de miradas y de silbidos o tarareos cuando dos transeúntes caminan absortos en cualquier sonido que reproduzcan sus auriculares. Pero el hombre no se fija porque a él lo absorbe la plaza y sus propios pensamientos y no presta atención alguna a la geografía que cruza mecánicamente, dejándose guiar por unos pies que de momento nunca le han fallado.
Y luego plaza con nombre pero sin importancia y bancos y palomos y quizá viejos alimentándolos, qué cliché. Resultado, siete y media y no está ella, que llega diez minutos tarde, o quizá no tarde sino simplemente más tarde porque una mujer llega siempre cuando se lo propone. Y ya tenemos la pareja completa.”¿Dónde vamos?” pregunta ella y cómo él dubita decide que está cansada y que ese portal de ahí, que no es gótico, ni barroco, ni modernista pero tiene un fonoporta bien cuidado y un lustroso cartel donde aparece el aviso de que la comunidad no admite publicidad, parece muy apetecible. Se sientan, casi se tumban y hace frío, es invierno, pero dos abrigos sirven como manta y las siete (casi ya las ocho) no es mala hora para irse a dormir. “¿Cómo estás?” y otras trivialidades y qué no es trivial hoy en día, o en esta vida si pensamos que hay otra. “Todo bien, todo bien, ¿y tú?” y se llega al punto de inflexión porque esta pareja tampoco sabe expresarse. Él dice que bien cuando en realidad se le está adormeciendo el brazo bajo el peso de la cabeza de la mujer y le pica un ojo pero no se atreve a dejar de acariciarle el pelo para rascarse. “No podría estar mejor” y cierra los ojos para grabar el momento a fuego o a hielo o como sea que se graben los momentos en la mente. Ella dice que está un poco incómoda y se revuelve para mirarlo directamente al ojo que le pica, aunque ella no lo sabe. “Me gustan los ojos marrones”, le dice: “Me gustan tus ojos marrones”. Y de ella no me atrevo a decir si sabe expresarse o no porque las mujeres siempre me han traído loco. Por lo menos, y eso es seguro, no necesita ni la mitad de herramientas que desperdicio yo.
Él sí sonríe amarillenta y afiladamente y nada es perfecto pero nadie va a morir si lo parece. Abrazos con fuerza opresora, abrazos policiales y luego quizá dos manos que se entrelazan y encajan. No son moldes, ningún demiurgo las ha hecho coincidir. Habrá sido el azar o no habrá sido nadie ni nada, simplemente ocurrió o muy posiblemente alguien (él, ella) forzó su acontecimiento. Los veintitantos de diciembre existen (o eso nos han vendido) y en alguno de ellos seguro que alguna vez ha ocurrido algo así.
Sin embargo, casi setecientas y media palabras después, quizá cinco o diez más tarde, las necesarias, sigo sin aprender. A saber quién leerá tristeza, quién melancolía, quién felicidad y quién cursilería sin que yo haya escrito ninguna de ellas. Quizá ella sí sabía expresarse imprimiendo sonrisas en el aire. Quizá él decía la verdad mintiendo sobre su comodidad. Quizá sólo faltaba un punto y final.

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