Un escritor (alguien que escribe) deja de escribir a veces. Bueno, al menos yo lo hago. Cojo fuerzas (no hago nada) y luego, de golpe, me da por escribir dos páginas y pico. Las cuelgo, sé que las leeréis. Muchas gracias.
Quizá es el 14 o el 16, algún número par, no recuerdo exactamente cuál, y sin duda no es el autobús que me lleva al aeropuerto. Sin embargo es un autobús, con su chasis supuestamente azul y sus señales luminosas alegremente estropeadas: próxima parada, nombre inteligible. Me subo a él porque un vehículo proporciona seguridad, arropa, y el traqueteo que sufre en las calles bastante mal asfaltadas sirve como somnífero natural.
No es que me cueste excesivamente dormir, pero siempre me cuesta más si lo pretendo específicamente. Si pienso: necesitas descansar, me lo tomo como una obligación, y la parte de mí dispuesta a llevar la contraria sale a relucir. “Pues ahora no duermes”.
El problema añadido del sueño es que me da mucho miedo. Debería ser algo totalmente inofensivo, te echas en algún lugar, cierras los ojos y en algún momento al cabo de varias horas los vuelves a abrir. Es un intercambio justo, unas horas de tu vida por poder aprovechar decentemente unas cuantas más. Sin embargo, en el intervalo entre parpadeos, a mí me atacan los sueños.
Si hay algo que me gusta hacer es llevar la contraria. Me encanta. Entonces, durante la vigilia, me dedico a ello. Y a quién puede ser más divertido llevarle la contraria que a mi propio subconsciente. Voy por la calle y me dice: “lánzate contra esa muchacha, fíjate qué buena está” y yo lo obvio totalmente. Quizá alguna mirada se me escapa, pero nada más allá. Luego me encuentro un patriota, de los de ceguera y bandera, cuando me susurra: “pégale, destrózalo, ¿no ves que sólo dice gilipolleces? ¡Cállalo!” yo ni siquiera cierro el puño. Mi subconsciente no para, siempre me sorprende con ideas propias. Nos encontramos con una hipoteca que pagar, unos exámenes que aprobar, unos requisitos que cumplir y él no duda: “preocúpate, agóbiate, estrésate” y yo me esfuerzo en estar tranquilo y optimista. Termina el día con muchas ganas de venganza.
Y llega la noche. Me duermo. Y ahora manda él. Mediante los sueños me hace pagar por toda la libertad que he ostentado durante el día. Me obliga a soñar que realizo exámenes de química imposibles, me embargan la casa, me vuelvo fanático de una selección de fútbol, me preocupo por la adecuada colocación de las pinturitas en su estuche o el orden implacablemente perfecto de los contactos de móvil no según el alfabeto sino la fecha de nacimiento. Y, claro, también me hace soñar con muchachas, pero esto no es tan desagradable.
La cuestión es que con su venganza me ha hecho cogerle miedo al dormir. Y no puedo evitar hacer algo biológicamente necesario. Es el precio a pagar por llevar la contraria, por ser algo más libre de lo habitual. Más o menos, lo pago gustosamente.
Pues quizá es el 3 o el 7 o algún otro número primo, ahora que lo pienso bien. Tengo muy mala memoria para las cifras que no sean aniversarios. Julia nació el 17 de febrero, Amalia el 28 de marzo, Inés el 8 de diciembre. He intentado recordar el día de su nacimiento y lo he logrado sin problemas. Da igual el número que el autobús lleve en el espolón, a modo de sirena, podría haber sido el 17 de Julia o el 28 de Amalia y nada habría sido diferente. Porque me encuentro en el autobús por un motivo en concreto, no porque quiera dormirme, no para llevar la contraria a mi subconsciente. Estoy en él por la sensación de seguridad que proporciona, la que he nombrado al principio. Y porque no hay ningún lugar mejor que un autobús para abrir las puertas que conducen a tu mundo propio.
Puedo describir mi mundo propio o decir que tengo un mundo propio. No haré lo primero porque resultaría inefable. Es mío, mi mundo, separado de cualquiera que quiera saber cómo es por la barrera del lenguaje. Sin embargo, tengo uno y me gustaría compartirlo. Y qué mejor lugar para hacerlo que el autobús.
Deslizo la mirada por la ventanilla y no veo nada porque estoy concentrado. Alguna vez he oído que el cerebro es la herramienta que usamos para comprender la realidad exterior, el mundo tal y como lo conocemos. Recibimos señales procedentes de fuera, el cerebro las procesa y entonces formamos la realidad externa dentro de nuestra cabeza. Posiblemente sea totalmente imposible, pero como yo no tengo nada de científico, me limito a la charlatanería, creo (y me expongo ahora a que se me llame fundamentalista al hacer uso de la fe) que puedo alterar esa percepción. Puedo manejarla, no completamente, pero sí modificarla según quiera para adaptarla a mis preferencias. Así por ejemplo puedo recibir estímulos negativos cuando me siento solo, disgregado de una sociedad que me decepciona, y convertirlos en orgullo hacia mí mismo por resistirme a la corriente.
Sin quererlo he tratado de describir mi mundo. Por supuesto, no lo he logrado, pero ya hay una idea sobrevolando los demás pasajeros, descuidados, que habitan el autobús.
Un autobús que merece un nombre, porque un nombre propio dota a los objetos comunes de personalidad, los convierte en algo especial: si yo fuera “trozo de carbono número 123.684” me sentiría sin fuerzas para ir por ahí creando mundos propios. Así pues, el autobús va a ser Sr. H, por su incapacidad de hablar, por ser mudo, por ser, como la letra H, tan inútil hoy en día como apreciada por los románticos. No tiene nada que ver con el hidrógeno, yo suspendí ese examen de química onírico.
El Sr. H se mueve a velocidad moderada, unos 70 kilómetros por hora en vía interurbana y lo llamo Sr. Y no Sra. porque una cosa es darle un nombre a un autobús y otra ponerse a discutir sobre su género. Sólo quiero compartir mi mundo.
Y a través de la ventanilla se verían muchas cosas si prestara atención, pero no lo hago. Estoy compartiendo, negando mi egoísmo, siendo libre, llevando la contraria. Sólo de pensarlo me siento cansado. ¡Cuánto trabajo! Y empezamos por lo primero: ¿Con quién?
Por supuesto mi subconsciente dice o más bien grita “¡Julia!” y de verdad que casi desfallezco y me dejo guiar por él. No, Julia no. Julia murió, igual que yo. El yo que no podía vivir sin ella, como es lógico, murió al perderla. Y el nuevo yo, el que vive el ahora que es siempre, ha evolucionado hasta el nivel de poder sobrevivir sin Julia, así que no, subconsciente, voy a llevarte la contraria.
Dejo de mirar por la ventanilla no porque gire la vista sino porque cierro los párpados y trato de visualizar un contorno. Es por supuesto el de Julia el primero que aparece pero esta vez no me coge desprevenido y lo evito. El subconsciente refunfuña pero cede. Él, quiera o no, también es yo, y en algún momento aceptará que lo de Julia ya terminó. Simplemente va algo más atrasado. Sigo con la concentración: está el Sr. H. Está la concentración. Sólo falta el quién.
Por fin, abriéndolos, desvío los ojos de la ventana al asiento contiguo al mío. Allí hay una muchacha que posiblemente cause muchos sueños a una gran cantidad de personas. Sin embargo, la timidez, el miedo y el horror me pueden. Quiero compartir mi mundo con ella, atreverme a conocerla, y no lo hago. “¿Eres tonto o qué?” me grita el subconsciente. “¡Que yo también quiero conocerla! O le dices algo o esta noche preferirás no haberte dormido”. Malditas las amenazas, porque justo en ese momento la muchacha, inquieta al comprobar que su acompañante lleva más de medio minuto aguantando la respiración, pregunta:
-Disculpa, ¿te encuentras bien?
Y yo le digo que estoy mareado y aprovechando el oportuno stop del Sr. H, mi cómplice, me bajo sin mirar atrás ni el cartel que me indica dónde me encuentro.
Otro día sin compartir mundo. Otro día que por suerte fue ayer a pesar del narrado en presente. Ahora mismo, un ahora de verdad, nada de falsos pasado, me encuentro subiendo al Sr. H, que quizá no es el mismo de ayer pero para mí seguirá siendo el Sr. H mientras yo tenga la intención de compartir mundos en él.
Otra mañana, otra vigilia, otro buscar con avidez la muchacha quitalientos, encontrarla increíblemente sola (a las mujeres como ella no suelen faltarle mascotas como los buitres o las babosas), y sentarme a su lado mientras que suelto con voz ensayada previamente, concebida como una voz grave con un deje de despreocupación por mi mente alterada; un ruidito tembloroso y prácticamente inaudible para cualquier otro ser humano que me pueda oír:
-¡Hola! Gracias por preocuparte por mí ayer… ¿Cómo debo llamarte?
Me mira con unos ojos mucho más acostumbrados a mirar a sus iguales que los míos, y contesta divertida:
-Mar. Ya sabes, como el mar. ¿Y cómo debo llamarte yo a ti?
Compartir los nombres es el primer paso para transportarse al mundo del otro. Porque, por supuesto, Mar tiene el suyo propio. Y todavía sin saberlo, dándome tres letras que me sirven como vocativo, ayudándome a apartar el “trozo de carbono 123.420” o sea la que sea la cifra que le corresponda a ella, ya empieza a hacerme creer que tengo medio pie en mundo ajeno.
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