Àlex, m'has picat per escriu-re; possiblement sense voler, però ho he hagut de fer. És tard però encara tenc una ortografia impecable.
Apenas te has afeitado dos veces en tu vida y ya te consideras mayor. Entonces, creces.
No te haces más alto, no aumenta tu capacidad intelectual; tampoco te salen ramas y flores y los frutos que te permiten cerciorarte de una única verdad: has madurado.
Nada de eso ocurre. Al revés, dices, hoy bebo, y bebes. Uno, dos, el tercero está de más porque el amigo que te los llena se lo está pasando muy bien contigo. Cuando llegas al cuarto te cuesta concentrarte en un tema en concreto, al llegar al quinto te acuerdas de esa mujer que está tan lejos, tan “drunk” como tú, y piensas drunk así, en inglés, porque es el mejor idioma para buscar porno. El porno te evoca irremediablemente el sexo y aunque cuesta concentrarse lo relacionas con el pensamiento anterior, la antípoda mujer, y el resultado es obvio. En la cocina no lo hemos hecho nunca, cariño, y esta noche tampoco porque seguro que hay algún mar entre los dos. No un mar de agua, ni de los tan manidos hielos etílicos ni tampoco de whisky on the rocks, sino más bien un mar acústico, un universo de ruido sedimentario, una realidad bailable, un sonido tan claro que parece tangible, alcanzable al tacto más inexperimentado y te paras en seco. Menuda sucesión de pensamientos divergentes, menudo embotamiento mental. Al sexto te das cuenta de que realmente te has hecho mayor y mientras te llenas el octavo te acuerdas de dos cosas: una, sexto y sexo se parecen mucho, pero nunca te has follado un número par. Dos: no te acuerdas de cuándo te tomaste el séptimo. Tales divagaciones te llevan al noveno y la vista se nubla pero no hay niebla. Al revés, Pedro y Juan y Martín cada vez aparecen más diferenciados entre ellos, como más persona, más genuinos vistos desde arriba. Parece que los rodeen auras, que cada uno tenga una personalidad tan distintiva que casi duele a la vista, sentimiento que aumenta cuando Martín te llena el décimo y te obliga a brindar con él: ¡Por nosotros!
Y por quién iba a brindar sino. El undécimo te hace dudar sobre su nombre, si es así o decimoprimero, y nadie hay capaz de despejar ni la duda ni la sala. Al que hace 13, ahora ya escrito en números, decides dejarlo. Los excesos no son buenos y, aunque no deberías conducir, aunque no tienes carnet, aunque dudas de la existencia de tus propios zapatos, te sientes mal por adoptar una posición tan poco estoica. ¿Por qué bebo tanto? ¿Lo necesito? ¿No puedo divertirme siendo yo?
Y la respuesta a tus preguntas no se encuentra en Mallorca sino en Barcelona, tu Barcelona no-natal, tu Barcelona de acogida y tu fuente de energía y salud. Mallorca te mata, te hunde, te degrada como humano y como animal y aún así, cuando estás allí, tentando la suerte del número 14, demostrándote que todavía tienes algo de voluntad, bajas la vista hacia tu propio cuerpo, hacia esa tripilla que antes no estaba, y en el camino te encuentras con una corbata de seda, roja y estampada de rosas.
Va a juego con el Four Roses que acabas de tomar; tomando ese tiempo verbal como algo que contiene una verdad muy poco estricta. La levantas colocando el índice y el anular por debajo, con cariño, como si acariciaras la mejilla de una mujer que quieres: que verdaderamente quieres, para embellecerlo con un epíteto, y te gusta. Tanto la mujer como la corbata.
Así que es por esto por lo que me he hecho mayor: ni afeitarse, ni beber, ni no hacerlo en la cocina. Es porque me he puesto esta corbata tantas veces que no puedo evitar sentir cariño por ella.
Y por supuesto no te conformas. No basta esa serie de pensamientos, quieres más: quieres llegar al final, porque tiene que haberlo. Quieres agotar la línea, agotar las posibilidades. Llegar a un estado de lucidez tal que la verdad suprema, eterna y universal se abra delante tuya y entonces puedas dejarte caer sin esperar que nadie te agarre, consciente de haber llevado a cabo el trabajo más arduo posible; libre por fin y para toda la eternidad de toda preocupación, tensión y nerviosismo. Calma que no llega, por supuesto que no llega y verdaderamente tampoco la esperabas. Porque emborracharse es humano, dudar es humano y la humanidad, para qué negarlo, desde el punto de vista de un humano, la humanidad es mucho, mucho mejor que la divinidad.
Y es inevitable terminar con un último pensamiento entusiasta antes de que caiga la cabeza hacia atrás para pseudodormirse durante unas horas: qué suerte voy a tener mañana al despertarme con resaca y no de despertarme siendo Dios.
Apenas formulártelo te invade el miedo de que precisamente eso ocurre, y esa duda, precisamente esa duda, tan banal, tan trivial, tan absurda, te evidencia lo maravillosamente humano que eres pese a estar drunk. Parece que podemos decir, por ejemplo, que la bebida no deifica. Y por suerte la edad tampoco.
Un ligero suspiro, un último pensamiento dirigido a esa mujer de mejillas de tacto corbatoso; un último vistazo al rojo indistinguible de la corbata mujeril; una última sonrisa de suficiencia. Y ya sólo queda un coro de ronquidos.
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