Aunque, por supuesto, de eso me acabo de dar cuenta ahora.
Con todos vosotros, mi leona, mi audaz leona:
La leona, mi audaz leona, no se cansaba de contemplar cómo el león dormía profunda o quizá no tan profundamente. Era su deber cazar por él durante cada uno de los días que lo sirviera, así como aguantar las cuarenta y ocho horas de cópula seguidas que el macho le reclamaba cada año. A cambio, recibía suaves ronquidos y protección delante de cualquier otro león que pudiera presentarse a sus pies: más joven que el suyo, más fiero; el pretendiente, por supuesto uno distinto cada vez, acudía, todo rugidos, delante de su león para arrebatárselo todo: tierras, prole y hembras.
Sinceramente, a la audaz leona poco le importaba su león, aunque a la vez ella fuera la leona de él; lo que de verdad ocupaba sus felinas preocupaciones eran los retoños.
La vida es dura hasta para el rey de la Sabana, y no todos sus hijos llegaban a la edad adulta; aunque para mi leona siempre seguirían siendo sus pequeños gatitos. Enfermedades, peleas fraternales e incluso despistes aligeraban la sangre real que circulaban por sus territorios, y, pese a todo, no había cabida para ningún macho crecido en la familia del Rey. Las princesas entraban al servicio de la audaz leona, jefa de cacerías, mientras que los herederos, cuando alcanzaban cierta edad, eran expulsados del grupo. Su destino era vagar por otras tierras en busca de otro rey al que destronar. Los que no lo lograban, morían, solos, lejos de la audaz leona, que los lloraba.
Ronquido tras ronquido envejecía el Rey al lado de mi leona. El Señor tendría ya unos cuantos años y sus garras no estaban tan afiladas como en otros tiempos; un humano hubiera podido calificar su melena de rala y las patas no lo soportaban tan bien como otrora. Incluso su polla se había debilitado y tras apenas veinticuatro horas de constante éxtasis sentía que no le quedaban fuerzas para una última corrida más. Mi leona, por su parte, que había sobrevivido a dos señores mucho más fuertes que el actual, lloraba la pérdida de su último hijo: no conocía nada de la muerte, simplemente se basaba en la evidencia que todos aquellos que habían partido jamás habían vuelto.
Sin embargo, algo atrajo la atención de la monótona vida de la audaz leona. Con ella apenas habían sido veinticuatro horas; pero, con otra leona, otra "su leona" de su león, estaba acabando la segunda luna y todavía parecía vigoroso. Mi leona aguardó, y pasada una más, se decidió a sentir celos.
¿Acaso se había vuelto demasiado vieja? ¿Quizá había fallado en su labor como cazadora líder? Tanto la panza redonda del Rey como las ingente cantidad de hijos que mi leona había parido rubricaban la negativa a unas preguntas demasiado retóricas.
Así que, la leona, mi audaz leona, por primera vez en la historia, por primera vez en el la Sabana y en todos los otros reinos, abandonó a su señor por celos. "Ya no me quiere", acertó a musitar mientras abandonaba, sombría, el lugar donde había vivido toda su vida.
Viajó a lo largo y ancho del mundo leonil y descubrió, emocionada, los hogares de sus múltiples hijos, y aún más, los hijos y los hijos de estos. Por todo allí donde pasaba la reconocían y, pese a no venerarla, a no dedicarle ni una palabra de agradecimiento por los servicios prestados, la respetaban.
Hasta que, un buen, un mal, simplemente un, un día, acudió a mí. Severa, audaz, sincera, me dijo: si vuelvo a verte otra vez con otra, te corto la melena y la polla, y te las sirvo ambas para cenar.
Y yo, blando, como siempre, sólo pude decirle: Leona, mi Leona, mi audaz Leona, cómo os he echado de menos.
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