Es algo enorme, algo que te envuelve completamente y te reduce a nada; y lo de peor de todo es que ni siquiera se lo propone. Es como el concepto de infinito: algo que está ahí, en principio es físico, y sin embargo, totalmente incomprensible.
Es, sin duda, un adiós. Un corte en la raíz de todo lo vivido, un nuevo comienzo desde cero, con todo lo bueno pero también lo malo que ello comporta: nueva vida, nueva soledad. Desayunos quién sabe si otra vez a las nueve y media, amores quién sabe si tan despóticos como antes, errores quién sabe si tan predecibles como siempre.
Más cifras, números que certifican una madurez que nunca debí firmar. Responsabilidades de la mano de posibilidades y canciones que ya nunca podré volver a escuchar sin que me recuerden a un momento en concreto.
Lágrimas y excusas: oye, que yo escribí cuarenta páginas… sí, pero no eres nada, ni nadie, así que escucha y, por lo que más quieras, haz algo.
Millares de estrellas que seguirán exactamente en el mismo sitio sin darse cuenta de que yo me estoy moviendo. Transiciones que me gustarían más si hubieran sido democráticas. Y, antes que nada, miedo: el miedo de alguien que lleva demasiado tiempo luchando contra los suyos sin descanso.
Así que al final está la primera persona del singular, “yo”, y prácticamente nadie más. Cuántas veces habré dicho que las batallas más duras son contra uno mismo. Y pese a todo, sin riesgo no hay provecho. Sólo es posible tirarse al mar, y mientras la corriente arrastra, tratar de agarrarse a algo medianamente sólido y tragar la menor agua salada posible.
Ayer era el miedo a dar los buenos días, hoy a conocer lugares nuevos, mañana a abandonar a quien me gusta.
No te voy a olvidar. Y si no puedo ganarte, voy a tener que unirme a ti, Barcelona.
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