lunes, 29 de agosto de 2011

Lion king

“Julia, de verdad que me duele muchísimo la pierna. Casi preferiría no tenerla.”
“León, por favor, cállate ya. ¿Cuántas veces lo hemos hablado ya? Sabes de sobra que el dolor es completamente mental. Concéntrate en el dolor. Aíslalo. Enciérralo. Entiende por qué te duele y, entonces, ya no duele más. Sólo son endorfinas; felicidad, chocolate.”
“Pero, Julia, no es así de fácil. Cómo se nota que no te duele a ti. Es como si alguien me estuviera clavando un cuchillo cada segundo, así no puedo concentrarme. Sólo me duele, me duele mucho y quiero que se vaya ahora mismo. Si no, gritaré: gritaré mucho.”
“Por favor, cálmate. Sabes que eres el único que puede parar ese dolor. Sí, hay morfina, hay calmantes; incluso puedo aporrearte la cabeza hasta que la inconciencia te lo quite. Pero ¿de verdad quieres que sea así? No, sabes que no. Quieres lograrlo tú mismo, quieres dominar el dolor y quieres que cese cuando tú quieras.”
“Sí, Julia, eso es lo que quiero, tienes toda la razón, pero, ¡duele!”
“Está bien. Despierta.”

Y León despierta. Se revuelve en la cama, inquieto, hasta que decide incorporarse. Está totalmente desorientado y no recuerda ni su nombre, hasta que lo hace. “Me llamo León” se dice. “Y… ¿No me duele la pierna? ¡La pierna!”. Lanza su mano derecha hacia su cuádriceps, agarrándolo con fuerza, casi haciéndose daño él mismo. “No me duele” reflexiona. “Espera, ¿cuándo me ha dolido?”. Extrañado, desliza los pies hasta el suelo, se levanta y da unos pasos cautelosos. No tiene ningún problema para andar, y, sin embargo, siente la vaga impresión de que debería costarle.
Rindiéndose ante la evidencia, por fin tiene tiempo para dedicar un vistazo al reloj. Casi las dos de la tarde, ha dormido muchísimo tiempo. Se viste corriendo y baja las escaleras a una velocidad todavía mayor. Llega a la cocina y vuelve atrás para hacer una parada en el baño. Sólo se cepilla los dientes, y se maldice por haberlo hecho antes de desayunar. “Estás atontado, tío” piensa mientras se dirige a la cocina por quién sabe qué vez. “Deberías prestar más atención a lo que haces y no perderías tanto tiempo repitiendo las cosas”.
La nevera, la abre, leche, quizá un poco de cacao, remover y a través de la garganta. “Ah, sí, joder, qué tarde es” deduce tras mirar su reloj de pulsera. Se dirige a la puerta que da al jardín y se para en seco justo al abrirla. “Mierda, mierda, no puedo irme sin despedirme”.
Así que vuelve a subir las escaleras, sigue el pasillo hasta el final del todo, vuelve a entrar en su habitación, su cama para dos y la figura que está tumbada en el lado donde no dormía él. Es una figura femenina, esbelta, de la que se puede ver cómo el pelo rojizo le cubre la espalda desnuda. León le da unos golpecitos con suavidad en los hombros y con su mano izquierda hace un ademán para instarla a girarse hacia él. No le gusta despedirse de una espalda, por bonita que sea. Prefiere hacerlo de una cara igual de bonita.
“Julia, Julia. Perdona que te despierte. Me voy ya. Nos vemos esta noche. Te quiero.”
“León.” Dice ella o sólo lo balbucea, medio dormida.
“¿Sí?”
“Despierta.”

León abre los ojos. Unas sábanas mojadas por su propio sudor. Amodorramiento. Calor. Da unas vueltecitas sobre sí mismo, tratando de reconciliar el sueño, y descubre una porción de la cama que todavía conserva algo de frescor. Se mantiene así, medio despierto, disfrutando del momento, hasta que un portazo lo pone en alerta:
“¡León! – grita una voz femenina-. ¡Despiértate ya, vago! ¿No tienes nada que hacer?
“¿Julia?”
“Venga, hora de levantarse. Anda, déjame ayudarte.”
“¿Ayudarme a qué, Julia?”
“¿A qué va a ser? A levantarte, tonto.”
“Pero si yo no…”.
León, horrorizado, descubre que no puede mover las piernas. El terror le concede lucidez y con la poca luz que dejan entrar las persianas se fija en los detalles que lo rodean. Julia, roja y esbelta, la puerta, entornada, como la ha dejado ella, y por la rendija, una silla de ruedas increíblemente lustrosa.
“¿Te has dado cuenta?”- Dice ella, regañándole-.
“¡¿Julia?! ¡¿Julia?! ¡¿Julia?! ¡Tengo muchísimo miedo! ¡No sé qué me ocurre!
“León, despierta.”

León se despierta. Lo primero que nota: el dolor lacerante en la pierna. Lo segundo: Julia.

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