Me vistes la mente de naranja, chasqueas los dedos para que suene The Passenger y tú, yo, pero también tus amigas, a quien llamas amigas, nos encontramos de golpe en una moto enorme sin sidecar. No cabemos, claro que no, ni tampoco de tus dedos sale música ni mi cerebro puede teñirse de color sol cálido. Iggy no se percata de que la situación es poco verosímil y sigue cantando. Dudas aparte, arranco motores, y partimos.
Juraría que antes de que sonara la canción –una canción de cinco minutos lleva más de media hora sonando sin repetirse- yo estaba en una cama ajena, aunque sin compañía. Estaba en pleno agosto, pongamos las tres de la madrugada, tratando de dormir, y sin cerrar los ojos, sin soñar –porque no estoy soñando- sigo estando sobre las sábanas que no me pertenecen, sólo que, de repente, parecen una autopista, una autopista en forma de sábanas ¿naranjas? ¿por qué son naranjas? Pero lo son. Una autopista, la moto, y ella, y yo, y sus amigas, y vamos a una velocidad endiablada, digna de multa, prisión y casi cadena perpetua. Una velocidad inalcanzable por nadie ni nada que ni siquiera me provoca un subidón de adrenalina. Porque esta no es mi cama y en mi no cama se conduce a la velocidad que yo quiero.
Hace calor, y tendría sentido que hiciera calor en agosto, pero es un calor diferente. Es un calor agradable, igual de agradable que el frío en verano. Así que tenemos que estar en invierno, aunque en mis almohadas era agosto. No importa, es invierno, todos vamos vestidos de cuero negro, al más puro estilo motero de los sesenta, y hace un calor increíblemente reconfortante. Ya no me interesa que estén sus amigas; al principio sí, pero ahora ya no, así que sólo vamos tú y yo en la motaza, yo conduciendo, con gafas de sol aviador que no son las Ray Ban que tanto se venden en el mercado sino los mismísimos lentes que llevaba MacArthur, -¿Y qué sabes tú de ese hombre?- Nada, completamente nada, sólo que tuvo el honor de llevar las mismas gafas que ahora luzco yo. Ella detrás, con espacio de sobra, claro, porque antes éramos muchos más, pero, pese a las facilidades, muy agarrada a mi cintura, como si tuviera miedo a caerse. No puede desconfiar de mí, es imposible, no cuadraría con la situación: ella confía en mí al cien por cien, saltaría de un tercer piso si yo le prometiera que la recogería, así que no, lo único que queda es que se agarra a mi cintura, con fuerza, con pasión, porque le gusta.
Y a mí también me gusta que me agarre fuerte, casi haciéndome daño, casi impidiéndome respirar, casi haciendo que en algún momento ceda ligeramente el control del vehículo al azar y no a mis manos, pero, ningún problema, por suerte estamos solos en la calzada. Sólo tú, sólo yo, sólo la moto y la mente soleada y por supuesto la música que no te abandonará jamás.
El pelo negro -¿Es tuyo, es mío? Despeinándose, danzando, ondeando como una bandera y mira que yo detesto las banderas. A mí no me representa ningún estandarte, pero bien pensado no es un estandarte, es tu pelo revoloteado moviéndose al son del pasajero, es el símbolo de lo que siempre quise y no me atreví ni siquiera desear.
A medio trayecto –o quizá al final, o al principio, o en el kilómetro dieciséis- me doy cuenta que ni siquiera la situación es mía. No es original, es la idea de libertad que me ha vendido América, y por si fuera poco incluso uso el colectivo América para referirme a una sola porción del norte: hamburguesas de McDonalds, Harley-Davidson, autopistas larguísimas que cruzan Estados Unidos de este a oeste y viceversa, música rockera, lujuriosa, de los cercanos sesenta. Una idea prefabricada, una emoción ancestral –deja al amor en paz por una vez., limítate a la velocidad, la hombría, la libertad-. Pero no puedo, porque por algo echado a tus amigas. Porque tú, yo, nosotros y todos los demás complementos, entre los que destacamos para ser el centro, nuestro centro, y volveré a repetirlo: tú, yo, nosotros y nunca dijo nadie nada de una mente teñida de naranja, que sepas que eres mi primer amor y dejarás de serlo cuando aparezca otra antisoledad, que no será la segunda, sino que te borrará, te superará, y volverá a ser la primera. Aunque tú siempre serás la pasajera que me tiñó de sol cálido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario