“Quiero tumbarme en mi cama. Quiero volver a casa” pienso mientras voy embutido en el metro y ni siquiera sé si la próxima parada es Cataluña o Urquinaona. Demasiados brazos levantados, incluido el mío, no favorecen un desplazamiento placentero. Los viajeros bajan la cabeza y tratan de inmiscuirse lo menos posible en la vida de aquél que les propina un codazo cada vez que se remueve. Sin embargo, no todos mantienen la vista fija en sus pies. Algunos observan.
Yo observo. Desvío los ojos hacia los pequeños ventanucos por los que no entra luz alguna y me fijo en el panel que explica la ruta del vehículo sin enterarme de lo que mis ojos ven. Llevo más de 36 horas sin dormir y lo único que quiero en este mismo momento es oír mis propias llaves entrando en la cerradura de mi puerta. Dar un pequeño empujoncito, que se abra quizá a la segunda o a la tercera y salga a recibirme mi gato, ansioso de comida y nada más porque le da igual mi presencia si tiene el plato lleno. Y mientras estoy perdido en algún lugar lejos del metro mis ojos se cruzan con los de una muchacha a través de miríadas de gente maloliente y experimento un súbito subidón de feniletilamina. Sus ojos parecen decirme “¡qué cansada estoy!” y al instante entiendo que ella también lleva demasiado sin dormir. Está erguida, con el brazo también agarrado a los soportes, tratando de evitar los traqueteos inevitables, y durante el ínfimo lapso que nuestras miradas se encuentran alcanzo a entenderla: realmente su cabeza reposa en alguna almohada remota en quién sabe qué lugar y no hay ropa sucia y desconocidos sino sábanas limpias y posiblemente perfume de suavizante.
Sólo ha sido un instante en el que ambos hemos compartido el dolor y la apatía y hemos sufrido el mundo juntos pero separados creando un lazo entre nosotros. No sé quién aparta los ojos primero, casi seguro que yo, siempre soy yo, pero me queda el recuerdo del verde grabado detrás de las retinas y ahora miro los ventanucos, ahora el panel informativo, ahora mis pies, ahora vuelvo a echar un vistazo a ese fulgor cuando descubro que está clavado en mí. Esta vez ella aparta la mirada y me fijo en su mano alzada, con los dedos largos y unas uñas cuidadas y sin morder, tan diferentes de las mías. Una camiseta manga larga blanca, deportiva, nada adecuada para el agosto que hierve la vida y unos pantalones estrechos, también deportivos, que conducen a unos pies encajados dentro de unas sandalias romanas con varias tiritas recubriendo las ampollas que debe de haberse hecho de tanto caminar. “Normal que esté cansada” acierto a pensar, ajeno a mi agotamiento, mientras vuelvo a buscar sus ojos y esta vez no los encuentro sino que la encuentro con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, contemplando con dificultad como un joven rubio la rodea por la cintura y deposita con cuidado un beso en sus labios exhibiendo antes una sonrisa de anuncio.
Me giro, casi dolido, hacia la puerta de la salida. No me vuelvo en todo el trayecto. Me bajo en mi parada, camino con los pies doloridos hasta mi casa y abro la puerta a la primera. Nada más entrar me cambio los zapatos y me pongo las zapatillas, tirándole una al gato para que calle. Da resultado, así que me dirijo a mi habitación y me dejo caer en la cama sin molestarme en sacarme el calzado restante.
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