Ella siente la boca pastosa y nota cómo el labio de arriba se le queda pegado al de abajo tras un intento de sonrisa. Se acaba de despertar de un sueño y se siente mal respecto a él: se ha limitado a usarlo, no a vivirlo; ha soñado mientras estaba dormida –no recuerda qué- y ahora, ya despierta, no pretende dedicarle ni un segundo más de su tiempo. El sueño no ha concluido todavía cuando entreabre los ojos, sigue ahí, quieto, silencioso, pero a su vez esperando cortésmente que los párpados vuelvan a cerrarse y le permitan concluir; sin embargo ella, con una punzada de remordimiento, mira hacia otro lado. Se estira la piel con ambas manos a la vez para tratar de desembarazarse de parte de la somnolencia, pero no lo logra. El sueño a medias, dolido, le recuerda abiertamente que es de muy mala educación interrumpir a los demás y ella hace oídos sordos, aunque seguro que lo ha oído.
Ha dormido en un coche en marcha, con el suave traqueteo del que no faltan científicos opinando: tranquiliza tanto porque se asemeja a los latidos del corazón cuando el feto está en el vientre materno. También está el cuello, dolorido y aquí los médicos suenan mucho más convincentes: es por la postura adoptada en el vehículo. Ella se frota el trapecio dolorido y se promete que nunca volverá a dormirse en un coche, y mucho menos durante tanto tiempo. ¿Ha pasado ya toda la noche? La luz obliga a sus pupilas a encogerse, pero podría tratarse tanto del sol como de un poblado dotado con farolas de la potencia adecuada. Cuando acaba de masajearse gira la cabeza hacia la derecha, mueca de dolor incluida, y contempla la causa de su sonrisa y su boca pastosa. A su lado está él, dormido todavía, y le viene a la cabeza un dato curioso: para contagiarse el sida vía saliva, una persona debería beberse más o menos unos cinco litros de la de otra. Suelta una risita pícara, avergonzada de sus propios pensamientos, y se lamenta de que los dos asientos delanteros estén ocupados también. Fue lo que les impidió tratar de contagiarse venéreas de otra forma mucho más efectiva.
Delante, a la izquierda, está él, aunque es un él diferente. Más viejo, con más arrugas y con menos cuero cabelludo, pero con más ingenio y pericia al volante. Lleva muchas horas seguidas despierto y no tiene ningunas ganas de sonreír. A su lado, a la derecha, está ella, que por supuesto también es otra ella distinta. Ésta aparenta una edad más o menos intermedia entre los dos él, y trata de consolar al segundo él diciéndole que ya llegamos, cariño, apenas faltan unos kilómetros. Él viejo murmura por lo bajo y deja que se pierdan sus ojos viejos en la carretera, con la vana esperanza de ver a Cassady acompañado por Kerouac, que seguramente deben estar a miles de kilómetros de ahí, en Denver, pero más vale esperar eso que protestar y ganarse la ira de ella intermedia.
Y así desfila el cuarteto, entre sol y luna, unos susurrando “Jack, Jack, ¿dónde estás” cuando creen que nadie los oye y otros sonriéndose y lanzándose miradas furtivas y lascivas y encantadoras, espectáculo que cesa en el momento en que se cruzan un auto viejo, quizá de la década de los sesenta, aunque bien cuidado y sin duda veloz todavía. En él, dos personajes se miran, sorprendidos. Uno le dice al otro.
-Oye, Neal. Son cosas mías, ¿o el coche que acabamos de pasar tenía un sueño ofendido en el maletero?
-Venga ya, Jack, deja de decir tonterías. Creo que has bebido demasiado. ¿Cómo vas a saber si estaba ofendido si sólo lo has visto un instante?
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