Siete minutos antes de acercarte a la figura ya puedes distinguir el pelo rojo que ostenta. Apenas cinco antes de llegar a sus pies compruebas que los encontrarás calzados con unas botas negras que le llegan casi a la rodilla y un abrigo negro, sintético, no de piel. A tres de distancia sus rasgos toman perfil y sus defectos se hacen patentes, pero es tontería describirlos. A un minuto de ella lo que sudan son tus manos, lo que señala el paso del tiempo es el latido de tu corazón y lo que está plagado de defectos es el plan que has ideado para entablar conversación. Treinta segundos antes de la llegada empiezas a mirarla de soslayo a esos ojos que seguro que tendrían un color precioso si no fueras daltónico y apenas dos o tres segundos antes del final tu mente se queda en blanco y olvidas todo lo decidido. No sabes que decir, cómo actuar, qué hacer. Te quedas parado, de piedra, hierático, esculpido en mármol y se te hace eterno el instante que tarda ella en levantarse y depositar un beso entre ansioso y tímido en tus labios agrietados.
Ella lleva abrigo y botas, tus labios están agrietados. Obviamente es invierno, diciembre, por qué no. Le dices hola a la vez que formulas unos pensamientos de agradecimiento a cualquier deidad en la que creas. Te ha salvado de quedar en ridículo, o eso crees un momento antes de atisbar con el rabillo de la mente que no te ha salvado ningún dios sino ella misma. “Gracias, Julia” susurras, sin tener consciencia de que ella oye tu voz pero no lee tus pensamientos, y ella te pregunta “¿Gracias por qué?” con curiosidad. Por supuesto que vuelves a casi quedarte en blanco pero esta vez quizá si es dios el que impulsa tus labios y respondes con voz queda “Por nada, por todo, por existir” y ella recompensa el ingenio de tu creador con otro beso, más largo, más húmedo, en unos labios tuyos que no le harían asco a un poquito de cacao.
Julia no da besos, no los regala, tampoco los roba. Julia los deposita, los coloca en tu boca como si fueras una entidad bancaria, temerosa de no recuperarlos nunca. Y nunca los recupera. Pero tampoco le importa demasiado.
Empiezas a andar con ella y por cortesía le preguntas si llevaba mucho tiempo esperando, y ella por supuesto que te contesta que sí, que a ver si tardas menos la próxima vez, y tú balbuceas al tratar de excusarte y lo dejas correr. “Lo siento” dices mientra te mira, divertida, y te empuja ligeramente golpeándote contra la oportuna marquesina del autobús. No acabas de encajar en la situación, tú eres tú y Julia es Julia, y mientras percibes la complicadísima tautología te preguntas quién eres tú para merecer estar con Julia. Y ahora sí, descarado, se lo preguntas.
“Pues verás, yo también me pregunto qué ves en mí, pero intento no hacerlo demasiado, no sea que si hablamos de ello te das cuenta de lo poca cosa que soy y decides irte”.
A esto le siguen varias discusiones falsas tópicas, donde tú le dices lo guapa, lo inteligente y lo interesante y lo maravillosa y lo deseable que es y ella cumple por su parte haciendo lo mismo. Así que ambos seguís, agarraditos por la mano, contemplando como el tiempo, las marquesinas y los autobuses atestados van dando paso a la gente, los semáforos y las fachadas pintarrajeadas; con la autoestima subida, la vida llena y el frío diciembre como único contraste con la calidez de vuestros estómagos.
Abres los ojos y contemplas el reloj para comprobar que han transcurrido siete minutos. Siete minutos desde que cerraste los ojos para rememorar el pasado. Un año entero desde la última vez que llegaste hasta Julia en este mismo banco de madera. El tiempo corre deprisa, y te das cuenta de que no veías a Julia siete minutos antes de encontrarla. Quizá la vislumbrabas uno o dos minutos antes pero los nervios alargaban tu percepción. Ahora eres mayor, más viejo, para qué eufemismos, y el mismo u otro diciembre, qué más da, agrieta los mismos o diferentes labios, qué más da, que no has tomado la precaución de cubrir con cacao. De algunos errores no se aprende y los siete minutos de recuerdos sin parar casi te hacen llorar. Te dices que no, que no es eso, pero sabes que llorar delante de la gente te da vergüenza, y al tratar de engañarte a ti mismo te das dos veces rabia, una por verte tan a la merced de la influencia cultural que te ha visto crecer, y la otra por si siquiera poder mentirte a ti mismo.
Un año con sus doce meses, cada mes con sus más de veintiocho días cada uno y así hasta llegar a la casi infinidad de microsegundos que has pasado. “Un año” te dices sin engañarte, así parece menos tiempo. Un año entero para descubrir qué podía ver Julia en ti y ahora que lo sabes, ese pequeño fragmento de información es una de las pocas cosas que te atan todavía a la alegría. Los había más ricos, más guapos, más inteligentes, más buenos en la cama, para qué esconderlo, más divertidos, más ingeniosos, más todo. Sin embargo, Julia te quería a ti, ¿por qué? Porque no había absolutamente nadie que pudiera ser mejor que tú siendo tú mismo. Sonríes, ¿cínica, alegremente? Qué más da, sonríes y ves sonreír a Julia y levantas la vista al cielo no para ver a dios sino para contemplar cómo no cae ni la lluvia ni la nieve.
Y tú, ¿Quién eres tú? Muchísimos microsegundos (ahora interesa que el tiempo suene a largo, a experimentado, a arduo) dedicados a la cuestión y por fin tienes la repuesta. No eres tú cerebro, no eres tu cuerpo, no eres tu alma. Eres lo que Julia quiso. Y, ahora que ella no está, no eres. No hay nadie, estás vacío. Solo. Hay un cuerpo, una carcasa, también un cerebro que se ocupa de todo lo que no tiene que ver con el culo sobre la fría madera. Y sin embargo sabes que ese banco está vacío, porque no eres nada sin un Julia que te quiera.
“Suena triste”, piensas mientras te levantas con esfuerzo y desandas el camino hasta casa, si es que los errantes pueden tener hogar. “No lo es”, tratas de convencerte. Quizá estás muerto, pero sólo necesitas otra Julia que te devuelva a la vida. Otros no tienen tanta suerte.
“Y que esta nueva Julia no vuelva a ayudar a identificarse a alguno de mis mejores amigos” ruegas con vergüenza, en alguna bastante pero no suficientemente escondida parte de tus pensamientos, a la deidad en la que no crees.
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