domingo, 9 de octubre de 2011

Querida Scherezade:

El verdadero problema no reside en la soledad. El problema real es la falta de compañía.
La falta de compañía es uno de los estados anímicos más difícil de sostener durante un intervalo de tiempo medianamente prolongado. Cuando tienes falta de compañía te encuentras en un período de ansiedad oculta. No te das cuenta y todos tus actos van encaminados al objetivo en cuestión: la compañía. Retraerte a tu mundo, a tu habitación, a tu lugar de descanso privado en general deja de producirte placer. Te decantas por zonas comunes, buscas la sociabilidad y lo más complejo de todo: encuentras potenciales remedios en prácticamente cada persona que conoces. Éstas se perfilan como soluciones a tu problema: salvaciones humanizadas que merecen que les dediques todo tu tiempo. Y, entonces, voluntariamente, te esclavizas. Alejas de ti el eje de tu vida y entonces lo más probable es que se descontrolen los giros. Los indicadores seratonínicos empiezan a silbar, a echar humo y a subir y bajar como pistones ebrios y tu estado anímico se convierte en un puzzle de mil piezas encajado a golpes de martillo: no sabes dónde tienes la cabeza, dónde los pies y mucho menos sabes con certeza si la próxima inspiración la harás mediante los pulmones o el riñón que jurarías que ayer no estaba allí. Duermes a base de ilusiones, de autoinducido engaño -como si se tratara de un coma demasiado lúcido- y tu propia imaginación sirve de perfecta morfina. Las alteraciones son tan bárbaras que seguro serás tachado de bipolar o de esquizofrénico o quizá, si convives con alguien sin miedo a los excesos, de filósofo. La falta de compañía es necesitar que alguien te dé un abrazo durante tanto tiempo que tú tengas tiempo de aburrir los abrazos y pedirle que pare ya, que deje de rayar. La falta de compañía es tener la falsa ilusión, la falsa esperanza y la falsa certeza de que en algún momento tendrás pretensión de soledad. En definitiva, la falta de compañía es llorar mucho, hacer poco y sentir como un auténtico cabrón.
Por el otro lado, la soledad es sencilla, casi agradable: no tienes que preocuparte por nadie más que no seas tú mismo; puedes dedicarte todo el tiempo del que dispones y, además, siguiendo la sarcástica forma de pensar de la naturaleza, destino, azar -como se quiera llamar-, posiblemente esa falta de interés en todo aquél que te rodea termine causando una inexorable atracción. La soledad es productiva, tanto tiempo libre tiene que ser ocupado en lo que sea y entonces empiezan a llover ideas: decides salir a correr, leer más, seguir una dieta adecuada, incluso algunos se atreven con el típico trabajar más. La soledad es fiel y te aporta estabilidad de todos los tipos. Alguien solo sabe que va a poder estarlo durante toda la vida y eso le permite una tranquilidad abrumadora. La certeza siempre viene acompañada de la calma, y eso se puede ver en cualquiera de los actos cotidianos del solitario: nunca anda con prisas, no conoce el estrés. Se acuesta cuando su cuerpo se lo pide y por las mañanas puede tenderse en pie. No sufre cambios de humor repentinos, no tiende a la melancolía, y muchas veces ni siquiera se angustia cuando, sin querer, capta alguna película romanticoide de esas que echan por la tele. Un solitario -para qué negarlo más- es alguien que está solo porque él quiere, y como toda decisión libre, provoca cierto orgullo personal. El solitario, en lugar de avergonzarse, se vanagloria de su soledad y la recomienda: puede que la intensidad de los sentimientos sea casi nula, que la esperanza y la ilusión estén casi en el cero y que las opciones de mejora estén congeladas, pero no se sufre. No se sufre nada, la abulia puede con todo y para los débiles -aquéllos que al no poder cambiar el mundo decidimos adaptarnos a él-, para los tristes -aquéllos que vemos casi en tercera persona como una nube de no sé muy bien qué se apodera de nuestros ojos, nublándolos, y de nuestros movimientos, extinguiéndolos-, y para los cobardes -aquéllos que justificamos desde la lógica y la ética, desde el pensamiento en general, nuestra incapacidad para desenvolvernos con soltura en el mundo práctico-, para todos ellos, resulta una alternativa mucho más soportable que aceptar la verdad: que no fueron -fuimos- ni lo suficientemente valientes, ni alegres, ni fuertes para soportar la falta de compañía.

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