lunes, 3 de octubre de 2011

Momentos musicales III

Es como un redoble de tambores y una fanfarria de las que preceden una gran celebración. A cada golpe la cremallera de tu sonrisa se desabrocha un diente más hasta que parece haberte llegado hasta las orejas. Pequeñas, rojas, calientes y por supuesto vuelves a la fiesta con un giro o sin él.
Fiesta en tu nombre, fiesta sin nombre, fiesta por la fiesta y música y baile y alegoría de la felicidad y entonces ¡Sí! ¡Vivir vale la pena! por ti, por la música, y prácticamente por nada más, pero incluso con uno de esos dos motivos me conformaría.
Y entonces la cúspide, el punto álgido en el que todo va tan bien que sólo puede ir a peor y por supuesto empeora.
Una nota fallida, un colmillo amarillento, un pendiente no del todo adecuado. Un estiramiento a mal lugar, una mirada sin el suficiente brillo, un desdén a medio aprovechar.
Pocos motivos quedaban y ahora, y ahora ninguno. Ahora tú no me quieres y si tú no me quieres tampoco te quiero yo a ti. La música ya no es inefable sino que aún se ha vuelto ofensiva. La sonrisa se gira, las orejas se enfrían, los deseos se desvían y vuelan lejos, lejos, lejos del alcance de mis manos que antes eran tan largas y ahora apenas las veo.
Cuánto contraste y vuelve la pregunta. ¿Vale la pena vivir? Y la respuesta es que no. No estás tú y sin ti la música no me vale. Entonces, ¿para qué seguir? Si cada momento de mi vida va a poder incrustarse en alguno de los dos extremos, si la inestabilidad es inalcanzable, ¿para qué seguir?
Y entonces me di cuenta de que tú te estabas haciendo la misma pregunta. Qué mala educación si no te hubiera ayudado a buscar respuesta.

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