lunes, 3 de octubre de 2011

Momentos musicales IIII (IV)

Hablamos de un desierto tan imenso como la distancia que me separa a mí de cualquier lector. No hablo de una distancia física sino emocional. Por lo tanto, la escritura será un penoso intento de tejer un hilo entre las dos entidades, sin embargo, por el momento, un simple y enorme desierto.
Arena por todas partes, hasta donde alcanzan los cinco sentidos. Arena amarillenta, arena con mucho sol, arena completamente seca. Arena y más arena y entre alguna duna, yo. En principio irreconocible, casi incorpóreo, cuesta distinguir de la muy real arena cualquier parte de mi anatomía.
Ante la duda, pasos. Sin ilusión, sin esperanza, simplemente por convicción: lo correcto es seguir hacia adelante, sin rendirse. ¿Por qué? No hay respuesta; parece ser que en algo hay que tener fe.
Siguen los pasos y sin embargo no se suceden los oasis. Hasta que sí se vislumbra uno. Tú en el centro, aguada, incorpórea de un modo muy distinto al mío. Hablo de tú como si te conociera, cómo si no nos separara otro desierto emocional. Y aunque éste es el caso, parece ser que en algo hay que tener fe.
Te pido agua: sabes que realmente la necesito, que estoy a punto de desfallecer, y aún así me la niegas. Tienes sed, como yo, y prefieres guardarla para ti. Muy correcto, muy racional, ¿quién desperdiciaría oportunidades de sobrevivir en alguien separado por dos o más desiertos?
Yo.
Y sin embargo, tú me dejas morir.
Pero cómo puedo culparte. No puedo actuar por la esperanza de que mis actos me sean devueltos. Simplemente, parece que en algo hay que tener fe.
Qué lástima que su compuesto no sea H2O.

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