No mentiré si digo que me gustaba que se tumbara encima de mí y no pudiera estarse quieta ni cinco minutos seguidos: giraba sus ojos hacia los míos y me los hubiera contemplado fijamente en caso de no tenerlos cerrados. Yo casi la rodeaba con el brazo que me quedaba libre -no aplastado por su cabeza- y si no me atrevía a hacerlo no era por miedo, sino por simple incomodidad.
Luego, giro, ya no te miro a los ojos y se quejaba: no me hagas cosquillas, no me revuelvas el pelo. ¡Hazme cosquillas! -con exclamaciones desiderativas-. ¡Revuélveme el pelo! -con ansiada suavidad-.
Sin embargo, lo que más me gustaba era cuando se apretaba contra mi pecho y así permitía que yo sintiera su respiración. Era la constante constatación de que seguía con vida y además vivía al ladísimo de mí. También avivaba mi instinto paternal y sentía unos impulsos casi irrefrenables de abrazarla casi hasta inutilizar sus pulmones; pero un casi no es absoluto y un simple "¡Qué calor que tengo!" me aconsejaba sabiamente no hacerlo.
No mentiré si digo que incluso un día lluvioso de octubre se fue sola -sin mí- y al volver se acordó de lo mucho que me gustaba el café.
No hay comentarios:
Publicar un comentario