lunes, 17 de octubre de 2011

Rodaje

Es como no dormir durante una noche entera y tratar de llevar con energía el día que la sigue. Quizá el orgullo te impulsa a aguantar las primeras cinco, quizá diez horas; más tarde ya no queda nada a lo que aferrarse. Sientes como tu cuerpo poco a poco se rinde ante las evidencias y el cansancio ataca directamente a cada uno de tus músculos. Descubres qué son realmente las ganas de soñar y mientras cedes lentamente ante las exigencias biológicas, disfrutando de ese instante en el que estás lo suficientemente despierto como para saber que estás dormido, alguien te llama por tu nombre y te extrae del pozo donde voluntariamente te habías dejado hundir.
Sales ligeramente de tu sopor y tanteas con tus propias manos las de tu interlocutor. Las encuentras y las entrelazas con ternura, desnudando cada dedo, uno por, hasta que el reconocimiento sensorial te indica que, efectivamente, son sus manos. Ahora, ya más tranquilo, abres los ojos para contemplar un rostro que contempla un rostro, y entonces os encontráis los dos mirándoos fijamente sin apenas ver. Es calma lo que te envuelve y también algo muy cercano a la infinidad. Tus movimientos se vuelven excesivamente lentos hasta que directamente desembocan en la inmovilidad. Ahora es quietud, ahora es sosiego con mucho cansancio y la total imposibilidad de desviar la mirada de esos ojos que te miran.
Pero un dedo rompe la magia para dirigirse hacia tu párpado y obligarlo a descender mecánica, involuntariamente. Luego, el otro, y finalmente se desliza por la nariz hasta los labios para sellarlos con un solo ademán. Absolutamente ningún fonema sale de los externos a ti y, por un momento, te preguntas si alguna vez, en algún momento, existieron las personas que se comunicaban mediante sonidos y no mediante gestos. Desechas la hipótesis al instante y sientes el antojo, extrañísimamente, de cambiar de posición. Sin dejar de sujetar sus dedos rodeas sus hombros con tus brazos y, casi sin quererlo, se produce un abrazo muy sólido, muy real, con mucho contacto.
Entonces es como si no hubieras dormido durante una noche entera y te dispusieras a pasarte la próxima en vela también. Te dices que no hay otra opción, que para que uno pueda dormir el otro tiene que estar despierto, y te mentalizas para llegar a las cuarenta y ocho horas consecutivas sin sueño alguno. Para qué soñar dormido, si puedo hacerlo despierto, estás a punto de pronunciar en voz baja; sin embargo, lo desechas por considerarlo cursi y te contentas con una expiración notablemente más profunda que la normal.
En algún momento el reloj se acuerda de avanzar, sus manos se acuerdan de sudar y su espalda se acuerda de que mucho tiempo en la misma posición acarrea dolor físico. De golpe se remueve en tus brazos y ya no la abrazas: se produce una disyunción manual y ya nada vuelve a ser como antes.
Te dice al oído que tiene sueño y que se va ya a la cama y dos minutos después te encuentras cansado, con cuarenta y ocho horas de sueño atrasadas y, sabes muy bien por qué, increíblemente solo.
No hace falta dramatizar. Mañana me querrá más y hoy ha sido un gran, largo y productivo día, rezas mientras te envuelves con las sábanas de tu cama y te das la vuelta, disponiéndote a dormir.
Y, un momento antes de lograrlo, lamentas un poquito que nunca vaya a ser ella la que esté dos días con sus noches sin dormir: porque no hace falta, porque es perjudicial, porque es excesivo, porque está de más. Y, aún así; aún así te gustaría que ella alguna vez dijera “Acuéstate, esta noche te abrazo yo.”
Y es exactamente ahí cuando te das cuenta de que estás triste porque no has dormido y mañana, con ocho horas de sueño sobre tus espaldas, estarás encantado de que alguien, alguna vez, en algún momento, te ofreciera algún motivo para dejar de dormir.

domingo, 9 de octubre de 2011

Querida Scherezade:

El verdadero problema no reside en la soledad. El problema real es la falta de compañía.
La falta de compañía es uno de los estados anímicos más difícil de sostener durante un intervalo de tiempo medianamente prolongado. Cuando tienes falta de compañía te encuentras en un período de ansiedad oculta. No te das cuenta y todos tus actos van encaminados al objetivo en cuestión: la compañía. Retraerte a tu mundo, a tu habitación, a tu lugar de descanso privado en general deja de producirte placer. Te decantas por zonas comunes, buscas la sociabilidad y lo más complejo de todo: encuentras potenciales remedios en prácticamente cada persona que conoces. Éstas se perfilan como soluciones a tu problema: salvaciones humanizadas que merecen que les dediques todo tu tiempo. Y, entonces, voluntariamente, te esclavizas. Alejas de ti el eje de tu vida y entonces lo más probable es que se descontrolen los giros. Los indicadores seratonínicos empiezan a silbar, a echar humo y a subir y bajar como pistones ebrios y tu estado anímico se convierte en un puzzle de mil piezas encajado a golpes de martillo: no sabes dónde tienes la cabeza, dónde los pies y mucho menos sabes con certeza si la próxima inspiración la harás mediante los pulmones o el riñón que jurarías que ayer no estaba allí. Duermes a base de ilusiones, de autoinducido engaño -como si se tratara de un coma demasiado lúcido- y tu propia imaginación sirve de perfecta morfina. Las alteraciones son tan bárbaras que seguro serás tachado de bipolar o de esquizofrénico o quizá, si convives con alguien sin miedo a los excesos, de filósofo. La falta de compañía es necesitar que alguien te dé un abrazo durante tanto tiempo que tú tengas tiempo de aburrir los abrazos y pedirle que pare ya, que deje de rayar. La falta de compañía es tener la falsa ilusión, la falsa esperanza y la falsa certeza de que en algún momento tendrás pretensión de soledad. En definitiva, la falta de compañía es llorar mucho, hacer poco y sentir como un auténtico cabrón.
Por el otro lado, la soledad es sencilla, casi agradable: no tienes que preocuparte por nadie más que no seas tú mismo; puedes dedicarte todo el tiempo del que dispones y, además, siguiendo la sarcástica forma de pensar de la naturaleza, destino, azar -como se quiera llamar-, posiblemente esa falta de interés en todo aquél que te rodea termine causando una inexorable atracción. La soledad es productiva, tanto tiempo libre tiene que ser ocupado en lo que sea y entonces empiezan a llover ideas: decides salir a correr, leer más, seguir una dieta adecuada, incluso algunos se atreven con el típico trabajar más. La soledad es fiel y te aporta estabilidad de todos los tipos. Alguien solo sabe que va a poder estarlo durante toda la vida y eso le permite una tranquilidad abrumadora. La certeza siempre viene acompañada de la calma, y eso se puede ver en cualquiera de los actos cotidianos del solitario: nunca anda con prisas, no conoce el estrés. Se acuesta cuando su cuerpo se lo pide y por las mañanas puede tenderse en pie. No sufre cambios de humor repentinos, no tiende a la melancolía, y muchas veces ni siquiera se angustia cuando, sin querer, capta alguna película romanticoide de esas que echan por la tele. Un solitario -para qué negarlo más- es alguien que está solo porque él quiere, y como toda decisión libre, provoca cierto orgullo personal. El solitario, en lugar de avergonzarse, se vanagloria de su soledad y la recomienda: puede que la intensidad de los sentimientos sea casi nula, que la esperanza y la ilusión estén casi en el cero y que las opciones de mejora estén congeladas, pero no se sufre. No se sufre nada, la abulia puede con todo y para los débiles -aquéllos que al no poder cambiar el mundo decidimos adaptarnos a él-, para los tristes -aquéllos que vemos casi en tercera persona como una nube de no sé muy bien qué se apodera de nuestros ojos, nublándolos, y de nuestros movimientos, extinguiéndolos-, y para los cobardes -aquéllos que justificamos desde la lógica y la ética, desde el pensamiento en general, nuestra incapacidad para desenvolvernos con soltura en el mundo práctico-, para todos ellos, resulta una alternativa mucho más soportable que aceptar la verdad: que no fueron -fuimos- ni lo suficientemente valientes, ni alegres, ni fuertes para soportar la falta de compañía.

viernes, 7 de octubre de 2011

Escrito sin música

No mentiré si digo que me gustaba que se tumbara encima de mí y no pudiera estarse quieta ni cinco minutos seguidos: giraba sus ojos hacia los míos y me los hubiera contemplado fijamente en caso de no tenerlos cerrados. Yo casi la rodeaba con el brazo que me quedaba libre -no aplastado por su cabeza- y si no me atrevía a hacerlo no era por miedo, sino por simple incomodidad.
Luego, giro, ya no te miro a los ojos y se quejaba: no me hagas cosquillas, no me revuelvas el pelo. ¡Hazme cosquillas! -con exclamaciones desiderativas-. ¡Revuélveme el pelo! -con ansiada suavidad-.
Sin embargo, lo que más me gustaba era cuando se apretaba contra mi pecho y así permitía que yo sintiera su respiración. Era la constante constatación de que seguía con vida y además vivía al ladísimo de mí. También avivaba mi instinto paternal y sentía unos impulsos casi irrefrenables de abrazarla casi hasta inutilizar sus pulmones; pero un casi no es absoluto y un simple "¡Qué calor que tengo!" me aconsejaba sabiamente no hacerlo.
No mentiré si digo que incluso un día lluvioso de octubre se fue sola -sin mí- y al volver se acordó de lo mucho que me gustaba el café.

martes, 4 de octubre de 2011

Momentos musicales IIIII (V)

Hablamos de algo cotidiano como tomar un vaso de agua a las tres de la madrugada de un miércoles cualquiera. Mañana hay clase a eso de las ocho y qué más da una hora de más, una de menos, si al fin y al cabo el sueño y el cansancio se disputarán el dominio de mi cuerpo. Hablemos de que gana el sueño mientras que los codos están apoyados en una mesa de madera y entonces, entre cabezada y cabezada, llega a la mente aquel verano lejano, lejanísimo: verde por todos lados, agua donde quieras dirigir la mirada; bichitos y tiempo libre y desayunos a la hora de comer y un calor insoportable. Hablaríamos de un calor igual que aquél sufrido cuando sus manos se posaban en las mías y digo posaban por no decir que encajaban. Parecían echas a medida y me hacían sudar copiosamente pero no las hubiera soltado por nada del mundo. Tan cálidas, tan frías, qué sé yo cómo las recuerdo; tan suyas como tan poco mías y las mejillas sonrosadísimas y calor, calor, calor insoportablemente agradable porque provenía de su piel y de su cuerpo y de su...
Hablamos de algo cotidiano como terminarse el vaso de agua dejando la frase a medio construir en el inconsciente. Llevaba por lo menos tres días sin pensar en ella.
No sabía que tres meses pudieran durar tan poco.

lunes, 3 de octubre de 2011

Momentos musicales IIII (IV)

Hablamos de un desierto tan imenso como la distancia que me separa a mí de cualquier lector. No hablo de una distancia física sino emocional. Por lo tanto, la escritura será un penoso intento de tejer un hilo entre las dos entidades, sin embargo, por el momento, un simple y enorme desierto.
Arena por todas partes, hasta donde alcanzan los cinco sentidos. Arena amarillenta, arena con mucho sol, arena completamente seca. Arena y más arena y entre alguna duna, yo. En principio irreconocible, casi incorpóreo, cuesta distinguir de la muy real arena cualquier parte de mi anatomía.
Ante la duda, pasos. Sin ilusión, sin esperanza, simplemente por convicción: lo correcto es seguir hacia adelante, sin rendirse. ¿Por qué? No hay respuesta; parece ser que en algo hay que tener fe.
Siguen los pasos y sin embargo no se suceden los oasis. Hasta que sí se vislumbra uno. Tú en el centro, aguada, incorpórea de un modo muy distinto al mío. Hablo de tú como si te conociera, cómo si no nos separara otro desierto emocional. Y aunque éste es el caso, parece ser que en algo hay que tener fe.
Te pido agua: sabes que realmente la necesito, que estoy a punto de desfallecer, y aún así me la niegas. Tienes sed, como yo, y prefieres guardarla para ti. Muy correcto, muy racional, ¿quién desperdiciaría oportunidades de sobrevivir en alguien separado por dos o más desiertos?
Yo.
Y sin embargo, tú me dejas morir.
Pero cómo puedo culparte. No puedo actuar por la esperanza de que mis actos me sean devueltos. Simplemente, parece que en algo hay que tener fe.
Qué lástima que su compuesto no sea H2O.

Momentos musicales III

Es como un redoble de tambores y una fanfarria de las que preceden una gran celebración. A cada golpe la cremallera de tu sonrisa se desabrocha un diente más hasta que parece haberte llegado hasta las orejas. Pequeñas, rojas, calientes y por supuesto vuelves a la fiesta con un giro o sin él.
Fiesta en tu nombre, fiesta sin nombre, fiesta por la fiesta y música y baile y alegoría de la felicidad y entonces ¡Sí! ¡Vivir vale la pena! por ti, por la música, y prácticamente por nada más, pero incluso con uno de esos dos motivos me conformaría.
Y entonces la cúspide, el punto álgido en el que todo va tan bien que sólo puede ir a peor y por supuesto empeora.
Una nota fallida, un colmillo amarillento, un pendiente no del todo adecuado. Un estiramiento a mal lugar, una mirada sin el suficiente brillo, un desdén a medio aprovechar.
Pocos motivos quedaban y ahora, y ahora ninguno. Ahora tú no me quieres y si tú no me quieres tampoco te quiero yo a ti. La música ya no es inefable sino que aún se ha vuelto ofensiva. La sonrisa se gira, las orejas se enfrían, los deseos se desvían y vuelan lejos, lejos, lejos del alcance de mis manos que antes eran tan largas y ahora apenas las veo.
Cuánto contraste y vuelve la pregunta. ¿Vale la pena vivir? Y la respuesta es que no. No estás tú y sin ti la música no me vale. Entonces, ¿para qué seguir? Si cada momento de mi vida va a poder incrustarse en alguno de los dos extremos, si la inestabilidad es inalcanzable, ¿para qué seguir?
Y entonces me di cuenta de que tú te estabas haciendo la misma pregunta. Qué mala educación si no te hubiera ayudado a buscar respuesta.

domingo, 2 de octubre de 2011

Momentos musicales II

Arribo amb un dia de retard, me sap greu, però ja saps que hi ha coses que no se poden forçar.

Por ejemplo tres sofás sin formar un triángulo y un televisor donde cualquier centro hubiera deseado estar. Entonces, ella, y luego, yo. Pongamos también varias almohadas y cojines y mantas y muchas comodidades. También una noche muy larga, o un día muy corto, o una soledad demasiado poco espaciada. Digamos que no hay distancia ni tampoco queda tiempo. Digamos que nos encontramos ayer y hoy todavía estamos juntos, sin más separación que la que hay de aquí a la luna; o entre dos puntas de un peine, o quizá del inicio del dedo al final del ademán.
Supongamos que compartimos sofá habiendo dos libres: se da el caso y entonces cabellos, manos, perfumes y también tiene que haber pies (fríos), susurros de ropa deslizándose y ruido de fondo: tal vez el televisor, tal vez nuestras voces, tal vez los bostezos que nos impedían conversar.
Y no apoya la cabeza ni estira las piernas ni se deja mecerse el pelo ni me mira. ¡Mira! Que me quedo sin aire (si no me mira) y me pregunto si tiene sentido. ¿Lo tiene? No, claro que no. ¿Por qué no te tumbas? No me hagas cosquillas. Y nos separamos.
Cómo explicarle a alguien que no quieres sexo. No quieres mirarle lascivamente las tetas, ubres, mamas, pechos, etc. No quieres deslizar con cuidado la mano en sus glúteos y apretar con decisión dispuesto a descubrir qué significa la palabra "terso". Cómo explicarle a alguien sin palabras que a veces unas manitas (en diminutivo) agarradas, un abracito (o abrazote esta vez) y quizá un besito (nada de besotes ahora) pueden ser todo lo que se necesita. Cómo explicarle esto sin ser tachado de gay, marica, afeminado, paleto, cazurro, imbécil, tonto, idiota, inmensamente gilipollas etc. Cómo explicarle a ella sin soltar prenda que la ternura puede ser lo que más necesitamos las piedras.
Entonces, ella, y luego yo me fui a dormir.