lunes, 29 de agosto de 2011

Lion king

“Julia, de verdad que me duele muchísimo la pierna. Casi preferiría no tenerla.”
“León, por favor, cállate ya. ¿Cuántas veces lo hemos hablado ya? Sabes de sobra que el dolor es completamente mental. Concéntrate en el dolor. Aíslalo. Enciérralo. Entiende por qué te duele y, entonces, ya no duele más. Sólo son endorfinas; felicidad, chocolate.”
“Pero, Julia, no es así de fácil. Cómo se nota que no te duele a ti. Es como si alguien me estuviera clavando un cuchillo cada segundo, así no puedo concentrarme. Sólo me duele, me duele mucho y quiero que se vaya ahora mismo. Si no, gritaré: gritaré mucho.”
“Por favor, cálmate. Sabes que eres el único que puede parar ese dolor. Sí, hay morfina, hay calmantes; incluso puedo aporrearte la cabeza hasta que la inconciencia te lo quite. Pero ¿de verdad quieres que sea así? No, sabes que no. Quieres lograrlo tú mismo, quieres dominar el dolor y quieres que cese cuando tú quieras.”
“Sí, Julia, eso es lo que quiero, tienes toda la razón, pero, ¡duele!”
“Está bien. Despierta.”

Y León despierta. Se revuelve en la cama, inquieto, hasta que decide incorporarse. Está totalmente desorientado y no recuerda ni su nombre, hasta que lo hace. “Me llamo León” se dice. “Y… ¿No me duele la pierna? ¡La pierna!”. Lanza su mano derecha hacia su cuádriceps, agarrándolo con fuerza, casi haciéndose daño él mismo. “No me duele” reflexiona. “Espera, ¿cuándo me ha dolido?”. Extrañado, desliza los pies hasta el suelo, se levanta y da unos pasos cautelosos. No tiene ningún problema para andar, y, sin embargo, siente la vaga impresión de que debería costarle.
Rindiéndose ante la evidencia, por fin tiene tiempo para dedicar un vistazo al reloj. Casi las dos de la tarde, ha dormido muchísimo tiempo. Se viste corriendo y baja las escaleras a una velocidad todavía mayor. Llega a la cocina y vuelve atrás para hacer una parada en el baño. Sólo se cepilla los dientes, y se maldice por haberlo hecho antes de desayunar. “Estás atontado, tío” piensa mientras se dirige a la cocina por quién sabe qué vez. “Deberías prestar más atención a lo que haces y no perderías tanto tiempo repitiendo las cosas”.
La nevera, la abre, leche, quizá un poco de cacao, remover y a través de la garganta. “Ah, sí, joder, qué tarde es” deduce tras mirar su reloj de pulsera. Se dirige a la puerta que da al jardín y se para en seco justo al abrirla. “Mierda, mierda, no puedo irme sin despedirme”.
Así que vuelve a subir las escaleras, sigue el pasillo hasta el final del todo, vuelve a entrar en su habitación, su cama para dos y la figura que está tumbada en el lado donde no dormía él. Es una figura femenina, esbelta, de la que se puede ver cómo el pelo rojizo le cubre la espalda desnuda. León le da unos golpecitos con suavidad en los hombros y con su mano izquierda hace un ademán para instarla a girarse hacia él. No le gusta despedirse de una espalda, por bonita que sea. Prefiere hacerlo de una cara igual de bonita.
“Julia, Julia. Perdona que te despierte. Me voy ya. Nos vemos esta noche. Te quiero.”
“León.” Dice ella o sólo lo balbucea, medio dormida.
“¿Sí?”
“Despierta.”

León abre los ojos. Unas sábanas mojadas por su propio sudor. Amodorramiento. Calor. Da unas vueltecitas sobre sí mismo, tratando de reconciliar el sueño, y descubre una porción de la cama que todavía conserva algo de frescor. Se mantiene así, medio despierto, disfrutando del momento, hasta que un portazo lo pone en alerta:
“¡León! – grita una voz femenina-. ¡Despiértate ya, vago! ¿No tienes nada que hacer?
“¿Julia?”
“Venga, hora de levantarse. Anda, déjame ayudarte.”
“¿Ayudarme a qué, Julia?”
“¿A qué va a ser? A levantarte, tonto.”
“Pero si yo no…”.
León, horrorizado, descubre que no puede mover las piernas. El terror le concede lucidez y con la poca luz que dejan entrar las persianas se fija en los detalles que lo rodean. Julia, roja y esbelta, la puerta, entornada, como la ha dejado ella, y por la rendija, una silla de ruedas increíblemente lustrosa.
“¿Te has dado cuenta?”- Dice ella, regañándole-.
“¡¿Julia?! ¡¿Julia?! ¡¿Julia?! ¡Tengo muchísimo miedo! ¡No sé qué me ocurre!
“León, despierta.”

León se despierta. Lo primero que nota: el dolor lacerante en la pierna. Lo segundo: Julia.

martes, 23 de agosto de 2011

9/5/09

Feia un dia preciós: el sol lluïa sobre per sobre d'uns edificis de centre de ciutat i una suau brisa travessava semàfors en vermell sense tenir cura dels cotxes, tot marejant, juganera, els cabells marrons que poblaven el meu cap.
Estava completament immers en els meus pensaments quan, de sobte, una veu coneguda va cridar el meu nom, fent-se escoltar per sobre del brogit del trànsit, obligant-me a despertar de cop del meu somni particular i a aixecar el cap per comprovar que, efectivament, qui em parlava era la persona que havia estat habitant la meva ment durant els últims minuts.
Allà la vaig veure, no gaire alta, amb els cabells rossos ballant al ritme que imposava un vent dictador que semblava mostrar-se molt més magnànim amb ella que amb mi. Portava una brusa blanca i una faldilla curta d'aquelles que fan perdre l'alè, aixecant les celles sorpresa de que hagués arribat puntual per primer cop en la meva vida. Quan es va adonar que li prestava tota la atenció possible, em va fer acostar amb un gest de la seva mà dreta, es col·locà les ulleres de sol sobre els ulls color maragda i va començar a caminar amb la certesa que la seguiria a qualsevol banda del món.
Mentre m'afanyava a posar-me a la seva altura i el cor se m'accelerava, el meu cap no podia parar de pensar era impossible que aquella senyoreta tengués alguna cosa a veure a mi, tot semblava massa irreal, tret potser d'una d'aquelles películ·les de cine on els protagonistes sempre acaben aconseguint el seu final feliç. A diferència de mi, ella actuava amb total naturalitat, semblava que havia nascut per passejar els dissaptes a les cinc de l'horabaixa i, just quan ens vam trobar davant el nostre destí, es va engalanar amb el seu millor somriure i va pronunciar les paraules que ja esperava:
- Papa, oi que em compres el vestit de l'aparador?


21/4/09
Diria que el sostre de la meva habitació sembla el cel,
que el llum de nit encara encès és un estel,
I sense haver pres res diria que veig el teu somriure fent una constel·lació en la foscor.
Mira, aquí es veuen els teus ulls, just davora la osa major.
M'adromo, m'adormo, m'adormo i somio,
I tu que deus fer? em recordes? em mires? em penses?
Que no hi ha manera d'estar sense,
Que la vida és una malaltia de la que no em vull curar mai,
Que per molta distància que ens separi em sembla que no bastaria l'espai,
de tot l'univers; que el cap em dona voltes i les cortines ballen vals
Que no hi ha res com un dia hipòcrita que al final no resulta ser fals.

domingo, 21 de agosto de 2011

Me tiñes la mente de naranja.

Me vistes la mente de naranja, chasqueas los dedos para que suene The Passenger y tú, yo, pero también tus amigas, a quien llamas amigas, nos encontramos de golpe en una moto enorme sin sidecar. No cabemos, claro que no, ni tampoco de tus dedos sale música ni mi cerebro puede teñirse de color sol cálido. Iggy no se percata de que la situación es poco verosímil y sigue cantando. Dudas aparte, arranco motores, y partimos.
Juraría que antes de que sonara la canción –una canción de cinco minutos lleva más de media hora sonando sin repetirse- yo estaba en una cama ajena, aunque sin compañía. Estaba en pleno agosto, pongamos las tres de la madrugada, tratando de dormir, y sin cerrar los ojos, sin soñar –porque no estoy soñando- sigo estando sobre las sábanas que no me pertenecen, sólo que, de repente, parecen una autopista, una autopista en forma de sábanas ¿naranjas? ¿por qué son naranjas? Pero lo son. Una autopista, la moto, y ella, y yo, y sus amigas, y vamos a una velocidad endiablada, digna de multa, prisión y casi cadena perpetua. Una velocidad inalcanzable por nadie ni nada que ni siquiera me provoca un subidón de adrenalina. Porque esta no es mi cama y en mi no cama se conduce a la velocidad que yo quiero.
Hace calor, y tendría sentido que hiciera calor en agosto, pero es un calor diferente. Es un calor agradable, igual de agradable que el frío en verano. Así que tenemos que estar en invierno, aunque en mis almohadas era agosto. No importa, es invierno, todos vamos vestidos de cuero negro, al más puro estilo motero de los sesenta, y hace un calor increíblemente reconfortante. Ya no me interesa que estén sus amigas; al principio sí, pero ahora ya no, así que sólo vamos tú y yo en la motaza, yo conduciendo, con gafas de sol aviador que no son las Ray Ban que tanto se venden en el mercado sino los mismísimos lentes que llevaba MacArthur, -¿Y qué sabes tú de ese hombre?- Nada, completamente nada, sólo que tuvo el honor de llevar las mismas gafas que ahora luzco yo. Ella detrás, con espacio de sobra, claro, porque antes éramos muchos más, pero, pese a las facilidades, muy agarrada a mi cintura, como si tuviera miedo a caerse. No puede desconfiar de mí, es imposible, no cuadraría con la situación: ella confía en mí al cien por cien, saltaría de un tercer piso si yo le prometiera que la recogería, así que no, lo único que queda es que se agarra a mi cintura, con fuerza, con pasión, porque le gusta.
Y a mí también me gusta que me agarre fuerte, casi haciéndome daño, casi impidiéndome respirar, casi haciendo que en algún momento ceda ligeramente el control del vehículo al azar y no a mis manos, pero, ningún problema, por suerte estamos solos en la calzada. Sólo tú, sólo yo, sólo la moto y la mente soleada y por supuesto la música que no te abandonará jamás.
El pelo negro -¿Es tuyo, es mío? Despeinándose, danzando, ondeando como una bandera y mira que yo detesto las banderas. A mí no me representa ningún estandarte, pero bien pensado no es un estandarte, es tu pelo revoloteado moviéndose al son del pasajero, es el símbolo de lo que siempre quise y no me atreví ni siquiera desear.
A medio trayecto –o quizá al final, o al principio, o en el kilómetro dieciséis- me doy cuenta que ni siquiera la situación es mía. No es original, es la idea de libertad que me ha vendido América, y por si fuera poco incluso uso el colectivo América para referirme a una sola porción del norte: hamburguesas de McDonalds, Harley-Davidson, autopistas larguísimas que cruzan Estados Unidos de este a oeste y viceversa, música rockera, lujuriosa, de los cercanos sesenta. Una idea prefabricada, una emoción ancestral –deja al amor en paz por una vez., limítate a la velocidad, la hombría, la libertad-. Pero no puedo, porque por algo echado a tus amigas. Porque tú, yo, nosotros y todos los demás complementos, entre los que destacamos para ser el centro, nuestro centro, y volveré a repetirlo: tú, yo, nosotros y nunca dijo nadie nada de una mente teñida de naranja, que sepas que eres mi primer amor y dejarás de serlo cuando aparezca otra antisoledad, que no será la segunda, sino que te borrará, te superará, y volverá a ser la primera. Aunque tú siempre serás la pasajera que me tiñó de sol cálido.

sábado, 20 de agosto de 2011

Hoy dormiré sin miedo

Siete minutos antes de acercarte a la figura ya puedes distinguir el pelo rojo que ostenta. Apenas cinco antes de llegar a sus pies compruebas que los encontrarás calzados con unas botas negras que le llegan casi a la rodilla y un abrigo negro, sintético, no de piel. A tres de distancia sus rasgos toman perfil y sus defectos se hacen patentes, pero es tontería describirlos. A un minuto de ella lo que sudan son tus manos, lo que señala el paso del tiempo es el latido de tu corazón y lo que está plagado de defectos es el plan que has ideado para entablar conversación. Treinta segundos antes de la llegada empiezas a mirarla de soslayo a esos ojos que seguro que tendrían un color precioso si no fueras daltónico y apenas dos o tres segundos antes del final tu mente se queda en blanco y olvidas todo lo decidido. No sabes que decir, cómo actuar, qué hacer. Te quedas parado, de piedra, hierático, esculpido en mármol y se te hace eterno el instante que tarda ella en levantarse y depositar un beso entre ansioso y tímido en tus labios agrietados.
Ella lleva abrigo y botas, tus labios están agrietados. Obviamente es invierno, diciembre, por qué no. Le dices hola a la vez que formulas unos pensamientos de agradecimiento a cualquier deidad en la que creas. Te ha salvado de quedar en ridículo, o eso crees un momento antes de atisbar con el rabillo de la mente que no te ha salvado ningún dios sino ella misma. “Gracias, Julia” susurras, sin tener consciencia de que ella oye tu voz pero no lee tus pensamientos, y ella te pregunta “¿Gracias por qué?” con curiosidad. Por supuesto que vuelves a casi quedarte en blanco pero esta vez quizá si es dios el que impulsa tus labios y respondes con voz queda “Por nada, por todo, por existir” y ella recompensa el ingenio de tu creador con otro beso, más largo, más húmedo, en unos labios tuyos que no le harían asco a un poquito de cacao.
Julia no da besos, no los regala, tampoco los roba. Julia los deposita, los coloca en tu boca como si fueras una entidad bancaria, temerosa de no recuperarlos nunca. Y nunca los recupera. Pero tampoco le importa demasiado.
Empiezas a andar con ella y por cortesía le preguntas si llevaba mucho tiempo esperando, y ella por supuesto que te contesta que sí, que a ver si tardas menos la próxima vez, y tú balbuceas al tratar de excusarte y lo dejas correr. “Lo siento” dices mientra te mira, divertida, y te empuja ligeramente golpeándote contra la oportuna marquesina del autobús. No acabas de encajar en la situación, tú eres tú y Julia es Julia, y mientras percibes la complicadísima tautología te preguntas quién eres tú para merecer estar con Julia. Y ahora sí, descarado, se lo preguntas.
“Pues verás, yo también me pregunto qué ves en mí, pero intento no hacerlo demasiado, no sea que si hablamos de ello te das cuenta de lo poca cosa que soy y decides irte”.
A esto le siguen varias discusiones falsas tópicas, donde tú le dices lo guapa, lo inteligente y lo interesante y lo maravillosa y lo deseable que es y ella cumple por su parte haciendo lo mismo. Así que ambos seguís, agarraditos por la mano, contemplando como el tiempo, las marquesinas y los autobuses atestados van dando paso a la gente, los semáforos y las fachadas pintarrajeadas; con la autoestima subida, la vida llena y el frío diciembre como único contraste con la calidez de vuestros estómagos.

Abres los ojos y contemplas el reloj para comprobar que han transcurrido siete minutos. Siete minutos desde que cerraste los ojos para rememorar el pasado. Un año entero desde la última vez que llegaste hasta Julia en este mismo banco de madera. El tiempo corre deprisa, y te das cuenta de que no veías a Julia siete minutos antes de encontrarla. Quizá la vislumbrabas uno o dos minutos antes pero los nervios alargaban tu percepción. Ahora eres mayor, más viejo, para qué eufemismos, y el mismo u otro diciembre, qué más da, agrieta los mismos o diferentes labios, qué más da, que no has tomado la precaución de cubrir con cacao. De algunos errores no se aprende y los siete minutos de recuerdos sin parar casi te hacen llorar. Te dices que no, que no es eso, pero sabes que llorar delante de la gente te da vergüenza, y al tratar de engañarte a ti mismo te das dos veces rabia, una por verte tan a la merced de la influencia cultural que te ha visto crecer, y la otra por si siquiera poder mentirte a ti mismo.
Un año con sus doce meses, cada mes con sus más de veintiocho días cada uno y así hasta llegar a la casi infinidad de microsegundos que has pasado. “Un año” te dices sin engañarte, así parece menos tiempo. Un año entero para descubrir qué podía ver Julia en ti y ahora que lo sabes, ese pequeño fragmento de información es una de las pocas cosas que te atan todavía a la alegría. Los había más ricos, más guapos, más inteligentes, más buenos en la cama, para qué esconderlo, más divertidos, más ingeniosos, más todo. Sin embargo, Julia te quería a ti, ¿por qué? Porque no había absolutamente nadie que pudiera ser mejor que tú siendo tú mismo. Sonríes, ¿cínica, alegremente? Qué más da, sonríes y ves sonreír a Julia y levantas la vista al cielo no para ver a dios sino para contemplar cómo no cae ni la lluvia ni la nieve.
Y tú, ¿Quién eres tú? Muchísimos microsegundos (ahora interesa que el tiempo suene a largo, a experimentado, a arduo) dedicados a la cuestión y por fin tienes la repuesta. No eres tú cerebro, no eres tu cuerpo, no eres tu alma. Eres lo que Julia quiso. Y, ahora que ella no está, no eres. No hay nadie, estás vacío. Solo. Hay un cuerpo, una carcasa, también un cerebro que se ocupa de todo lo que no tiene que ver con el culo sobre la fría madera. Y sin embargo sabes que ese banco está vacío, porque no eres nada sin un Julia que te quiera.
“Suena triste”, piensas mientras te levantas con esfuerzo y desandas el camino hasta casa, si es que los errantes pueden tener hogar. “No lo es”, tratas de convencerte. Quizá estás muerto, pero sólo necesitas otra Julia que te devuelva a la vida. Otros no tienen tanta suerte.
“Y que esta nueva Julia no vuelva a ayudar a identificarse a alguno de mis mejores amigos” ruegas con vergüenza, en alguna bastante pero no suficientemente escondida parte de tus pensamientos, a la deidad en la que no crees.

martes, 16 de agosto de 2011

Hoy tampoco

Ella siente la boca pastosa y nota cómo el labio de arriba se le queda pegado al de abajo tras un intento de sonrisa. Se acaba de despertar de un sueño y se siente mal respecto a él: se ha limitado a usarlo, no a vivirlo; ha soñado mientras estaba dormida –no recuerda qué- y ahora, ya despierta, no pretende dedicarle ni un segundo más de su tiempo. El sueño no ha concluido todavía cuando entreabre los ojos, sigue ahí, quieto, silencioso, pero a su vez esperando cortésmente que los párpados vuelvan a cerrarse y le permitan concluir; sin embargo ella, con una punzada de remordimiento, mira hacia otro lado. Se estira la piel con ambas manos a la vez para tratar de desembarazarse de parte de la somnolencia, pero no lo logra. El sueño a medias, dolido, le recuerda abiertamente que es de muy mala educación interrumpir a los demás y ella hace oídos sordos, aunque seguro que lo ha oído.
Ha dormido en un coche en marcha, con el suave traqueteo del que no faltan científicos opinando: tranquiliza tanto porque se asemeja a los latidos del corazón cuando el feto está en el vientre materno. También está el cuello, dolorido y aquí los médicos suenan mucho más convincentes: es por la postura adoptada en el vehículo. Ella se frota el trapecio dolorido y se promete que nunca volverá a dormirse en un coche, y mucho menos durante tanto tiempo. ¿Ha pasado ya toda la noche? La luz obliga a sus pupilas a encogerse, pero podría tratarse tanto del sol como de un poblado dotado con farolas de la potencia adecuada. Cuando acaba de masajearse gira la cabeza hacia la derecha, mueca de dolor incluida, y contempla la causa de su sonrisa y su boca pastosa. A su lado está él, dormido todavía, y le viene a la cabeza un dato curioso: para contagiarse el sida vía saliva, una persona debería beberse más o menos unos cinco litros de la de otra. Suelta una risita pícara, avergonzada de sus propios pensamientos, y se lamenta de que los dos asientos delanteros estén ocupados también. Fue lo que les impidió tratar de contagiarse venéreas de otra forma mucho más efectiva.
Delante, a la izquierda, está él, aunque es un él diferente. Más viejo, con más arrugas y con menos cuero cabelludo, pero con más ingenio y pericia al volante. Lleva muchas horas seguidas despierto y no tiene ningunas ganas de sonreír. A su lado, a la derecha, está ella, que por supuesto también es otra ella distinta. Ésta aparenta una edad más o menos intermedia entre los dos él, y trata de consolar al segundo él diciéndole que ya llegamos, cariño, apenas faltan unos kilómetros. Él viejo murmura por lo bajo y deja que se pierdan sus ojos viejos en la carretera, con la vana esperanza de ver a Cassady acompañado por Kerouac, que seguramente deben estar a miles de kilómetros de ahí, en Denver, pero más vale esperar eso que protestar y ganarse la ira de ella intermedia.
Y así desfila el cuarteto, entre sol y luna, unos susurrando “Jack, Jack, ¿dónde estás” cuando creen que nadie los oye y otros sonriéndose y lanzándose miradas furtivas y lascivas y encantadoras, espectáculo que cesa en el momento en que se cruzan un auto viejo, quizá de la década de los sesenta, aunque bien cuidado y sin duda veloz todavía. En él, dos personajes se miran, sorprendidos. Uno le dice al otro.
-Oye, Neal. Son cosas mías, ¿o el coche que acabamos de pasar tenía un sueño ofendido en el maletero?
-Venga ya, Jack, deja de decir tonterías. Creo que has bebido demasiado. ¿Cómo vas a saber si estaba ofendido si sólo lo has visto un instante?

domingo, 7 de agosto de 2011

El gran cañón del colorado.

“Quiero tumbarme en mi cama. Quiero volver a casa” pienso mientras voy embutido en el metro y ni siquiera sé si la próxima parada es Cataluña o Urquinaona. Demasiados brazos levantados, incluido el mío, no favorecen un desplazamiento placentero. Los viajeros bajan la cabeza y tratan de inmiscuirse lo menos posible en la vida de aquél que les propina un codazo cada vez que se remueve. Sin embargo, no todos mantienen la vista fija en sus pies. Algunos observan.
Yo observo. Desvío los ojos hacia los pequeños ventanucos por los que no entra luz alguna y me fijo en el panel que explica la ruta del vehículo sin enterarme de lo que mis ojos ven. Llevo más de 36 horas sin dormir y lo único que quiero en este mismo momento es oír mis propias llaves entrando en la cerradura de mi puerta. Dar un pequeño empujoncito, que se abra quizá a la segunda o a la tercera y salga a recibirme mi gato, ansioso de comida y nada más porque le da igual mi presencia si tiene el plato lleno. Y mientras estoy perdido en algún lugar lejos del metro mis ojos se cruzan con los de una muchacha a través de miríadas de gente maloliente y experimento un súbito subidón de feniletilamina. Sus ojos parecen decirme “¡qué cansada estoy!” y al instante entiendo que ella también lleva demasiado sin dormir. Está erguida, con el brazo también agarrado a los soportes, tratando de evitar los traqueteos inevitables, y durante el ínfimo lapso que nuestras miradas se encuentran alcanzo a entenderla: realmente su cabeza reposa en alguna almohada remota en quién sabe qué lugar y no hay ropa sucia y desconocidos sino sábanas limpias y posiblemente perfume de suavizante.
Sólo ha sido un instante en el que ambos hemos compartido el dolor y la apatía y hemos sufrido el mundo juntos pero separados creando un lazo entre nosotros. No sé quién aparta los ojos primero, casi seguro que yo, siempre soy yo, pero me queda el recuerdo del verde grabado detrás de las retinas y ahora miro los ventanucos, ahora el panel informativo, ahora mis pies, ahora vuelvo a echar un vistazo a ese fulgor cuando descubro que está clavado en mí. Esta vez ella aparta la mirada y me fijo en su mano alzada, con los dedos largos y unas uñas cuidadas y sin morder, tan diferentes de las mías. Una camiseta manga larga blanca, deportiva, nada adecuada para el agosto que hierve la vida y unos pantalones estrechos, también deportivos, que conducen a unos pies encajados dentro de unas sandalias romanas con varias tiritas recubriendo las ampollas que debe de haberse hecho de tanto caminar. “Normal que esté cansada” acierto a pensar, ajeno a mi agotamiento, mientras vuelvo a buscar sus ojos y esta vez no los encuentro sino que la encuentro con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, contemplando con dificultad como un joven rubio la rodea por la cintura y deposita con cuidado un beso en sus labios exhibiendo antes una sonrisa de anuncio.
Me giro, casi dolido, hacia la puerta de la salida. No me vuelvo en todo el trayecto. Me bajo en mi parada, camino con los pies doloridos hasta mi casa y abro la puerta a la primera. Nada más entrar me cambio los zapatos y me pongo las zapatillas, tirándole una al gato para que calle. Da resultado, así que me dirijo a mi habitación y me dejo caer en la cama sin molestarme en sacarme el calzado restante.