lunes, 13 de febrero de 2012

Sant Valentin's day

Aunque, por supuesto, de eso me acabo de dar cuenta ahora.
Con todos vosotros, mi leona, mi audaz leona:




La leona, mi audaz leona, no se cansaba de contemplar cómo el león dormía profunda o quizá no tan profundamente. Era su deber cazar por él durante cada uno de los días que lo sirviera, así como aguantar las cuarenta y ocho horas de cópula seguidas que el macho le reclamaba cada año. A cambio, recibía suaves ronquidos y protección delante de cualquier otro león que pudiera presentarse a sus pies: más joven que el suyo, más fiero; el pretendiente, por supuesto uno distinto cada vez, acudía, todo rugidos, delante de su león para arrebatárselo todo: tierras, prole y hembras.
Sinceramente, a la audaz leona poco le importaba su león, aunque a la vez ella fuera la leona de él; lo que de verdad ocupaba sus felinas preocupaciones eran los retoños.
La vida es dura hasta para el rey de la Sabana, y no todos sus hijos llegaban a la edad adulta; aunque para mi leona siempre seguirían siendo sus pequeños gatitos. Enfermedades, peleas fraternales e incluso despistes aligeraban la sangre real que circulaban por sus territorios, y, pese a todo, no había cabida para ningún macho crecido en la familia del Rey. Las princesas entraban al servicio de la audaz leona, jefa de cacerías, mientras que los herederos, cuando alcanzaban cierta edad, eran expulsados del grupo. Su destino era vagar por otras tierras en busca de otro rey al que destronar. Los que no lo lograban, morían, solos, lejos de la audaz leona, que los lloraba.
Ronquido tras ronquido envejecía el Rey al lado de mi leona. El Señor tendría ya unos cuantos años y sus garras no estaban tan afiladas como en otros tiempos; un humano hubiera podido calificar su melena de rala y las patas no lo soportaban tan bien como otrora. Incluso su polla se había debilitado y tras apenas veinticuatro horas de constante éxtasis sentía que no le quedaban fuerzas para una última corrida más. Mi leona, por su parte, que había sobrevivido a dos señores mucho más fuertes que el actual, lloraba la pérdida de su último hijo: no conocía nada de la muerte, simplemente se basaba en la evidencia que todos aquellos que habían partido jamás habían vuelto.
Sin embargo, algo atrajo la atención de la monótona vida de la audaz leona. Con ella apenas habían sido veinticuatro horas; pero, con otra leona, otra "su leona" de su león, estaba acabando la segunda luna y todavía parecía vigoroso. Mi leona aguardó, y pasada una más, se decidió a sentir celos.
¿Acaso se había vuelto demasiado vieja? ¿Quizá había fallado en su labor como cazadora líder? Tanto la panza redonda del Rey como las ingente cantidad de hijos que mi leona había parido rubricaban la negativa a unas preguntas demasiado retóricas.
Así que, la leona, mi audaz leona, por primera vez en la historia, por primera vez en el la Sabana y en todos los otros reinos, abandonó a su señor por celos. "Ya no me quiere", acertó a musitar mientras abandonaba, sombría, el lugar donde había vivido toda su vida.
Viajó a lo largo y ancho del mundo leonil y descubrió, emocionada, los hogares de sus múltiples hijos, y aún más, los hijos y los hijos de estos. Por todo allí donde pasaba la reconocían y, pese a no venerarla, a no dedicarle ni una palabra de agradecimiento por los servicios prestados, la respetaban.
Hasta que, un buen, un mal, simplemente un, un día, acudió a mí. Severa, audaz, sincera, me dijo: si vuelvo a verte otra vez con otra, te corto la melena y la polla, y te las sirvo ambas para cenar.
Y yo, blando, como siempre, sólo pude decirle: Leona, mi Leona, mi audaz Leona, cómo os he echado de menos.

sábado, 31 de diciembre de 2011

12-12-12

Àlex, m'has picat per escriu-re; possiblement sense voler, però ho he hagut de fer. És tard però encara tenc una ortografia impecable.


Apenas te has afeitado dos veces en tu vida y ya te consideras mayor. Entonces, creces.
No te haces más alto, no aumenta tu capacidad intelectual; tampoco te salen ramas y flores y los frutos que te permiten cerciorarte de una única verdad: has madurado.
Nada de eso ocurre. Al revés, dices, hoy bebo, y bebes. Uno, dos, el tercero está de más porque el amigo que te los llena se lo está pasando muy bien contigo. Cuando llegas al cuarto te cuesta concentrarte en un tema en concreto, al llegar al quinto te acuerdas de esa mujer que está tan lejos, tan “drunk” como tú, y piensas drunk así, en inglés, porque es el mejor idioma para buscar porno. El porno te evoca irremediablemente el sexo y aunque cuesta concentrarse lo relacionas con el pensamiento anterior, la antípoda mujer, y el resultado es obvio. En la cocina no lo hemos hecho nunca, cariño, y esta noche tampoco porque seguro que hay algún mar entre los dos. No un mar de agua, ni de los tan manidos hielos etílicos ni tampoco de whisky on the rocks, sino más bien un mar acústico, un universo de ruido sedimentario, una realidad bailable, un sonido tan claro que parece tangible, alcanzable al tacto más inexperimentado y te paras en seco. Menuda sucesión de pensamientos divergentes, menudo embotamiento mental. Al sexto te das cuenta de que realmente te has hecho mayor y mientras te llenas el octavo te acuerdas de dos cosas: una, sexto y sexo se parecen mucho, pero nunca te has follado un número par. Dos: no te acuerdas de cuándo te tomaste el séptimo. Tales divagaciones te llevan al noveno y la vista se nubla pero no hay niebla. Al revés, Pedro y Juan y Martín cada vez aparecen más diferenciados entre ellos, como más persona, más genuinos vistos desde arriba. Parece que los rodeen auras, que cada uno tenga una personalidad tan distintiva que casi duele a la vista, sentimiento que aumenta cuando Martín te llena el décimo y te obliga a brindar con él: ¡Por nosotros!
Y por quién iba a brindar sino. El undécimo te hace dudar sobre su nombre, si es así o decimoprimero, y nadie hay capaz de despejar ni la duda ni la sala. Al que hace 13, ahora ya escrito en números, decides dejarlo. Los excesos no son buenos y, aunque no deberías conducir, aunque no tienes carnet, aunque dudas de la existencia de tus propios zapatos, te sientes mal por adoptar una posición tan poco estoica. ¿Por qué bebo tanto? ¿Lo necesito? ¿No puedo divertirme siendo yo?
Y la respuesta a tus preguntas no se encuentra en Mallorca sino en Barcelona, tu Barcelona no-natal, tu Barcelona de acogida y tu fuente de energía y salud. Mallorca te mata, te hunde, te degrada como humano y como animal y aún así, cuando estás allí, tentando la suerte del número 14, demostrándote que todavía tienes algo de voluntad, bajas la vista hacia tu propio cuerpo, hacia esa tripilla que antes no estaba, y en el camino te encuentras con una corbata de seda, roja y estampada de rosas.
Va a juego con el Four Roses que acabas de tomar; tomando ese tiempo verbal como algo que contiene una verdad muy poco estricta. La levantas colocando el índice y el anular por debajo, con cariño, como si acariciaras la mejilla de una mujer que quieres: que verdaderamente quieres, para embellecerlo con un epíteto, y te gusta. Tanto la mujer como la corbata.
Así que es por esto por lo que me he hecho mayor: ni afeitarse, ni beber, ni no hacerlo en la cocina. Es porque me he puesto esta corbata tantas veces que no puedo evitar sentir cariño por ella.
Y por supuesto no te conformas. No basta esa serie de pensamientos, quieres más: quieres llegar al final, porque tiene que haberlo. Quieres agotar la línea, agotar las posibilidades. Llegar a un estado de lucidez tal que la verdad suprema, eterna y universal se abra delante tuya y entonces puedas dejarte caer sin esperar que nadie te agarre, consciente de haber llevado a cabo el trabajo más arduo posible; libre por fin y para toda la eternidad de toda preocupación, tensión y nerviosismo. Calma que no llega, por supuesto que no llega y verdaderamente tampoco la esperabas. Porque emborracharse es humano, dudar es humano y la humanidad, para qué negarlo, desde el punto de vista de un humano, la humanidad es mucho, mucho mejor que la divinidad.
Y es inevitable terminar con un último pensamiento entusiasta antes de que caiga la cabeza hacia atrás para pseudodormirse durante unas horas: qué suerte voy a tener mañana al despertarme con resaca y no de despertarme siendo Dios.
Apenas formulártelo te invade el miedo de que precisamente eso ocurre, y esa duda, precisamente esa duda, tan banal, tan trivial, tan absurda, te evidencia lo maravillosamente humano que eres pese a estar drunk. Parece que podemos decir, por ejemplo, que la bebida no deifica. Y por suerte la edad tampoco.
Un ligero suspiro, un último pensamiento dirigido a esa mujer de mejillas de tacto corbatoso; un último vistazo al rojo indistinguible de la corbata mujeril; una última sonrisa de suficiencia. Y ya sólo queda un coro de ronquidos.

lunes, 17 de octubre de 2011

Rodaje

Es como no dormir durante una noche entera y tratar de llevar con energía el día que la sigue. Quizá el orgullo te impulsa a aguantar las primeras cinco, quizá diez horas; más tarde ya no queda nada a lo que aferrarse. Sientes como tu cuerpo poco a poco se rinde ante las evidencias y el cansancio ataca directamente a cada uno de tus músculos. Descubres qué son realmente las ganas de soñar y mientras cedes lentamente ante las exigencias biológicas, disfrutando de ese instante en el que estás lo suficientemente despierto como para saber que estás dormido, alguien te llama por tu nombre y te extrae del pozo donde voluntariamente te habías dejado hundir.
Sales ligeramente de tu sopor y tanteas con tus propias manos las de tu interlocutor. Las encuentras y las entrelazas con ternura, desnudando cada dedo, uno por, hasta que el reconocimiento sensorial te indica que, efectivamente, son sus manos. Ahora, ya más tranquilo, abres los ojos para contemplar un rostro que contempla un rostro, y entonces os encontráis los dos mirándoos fijamente sin apenas ver. Es calma lo que te envuelve y también algo muy cercano a la infinidad. Tus movimientos se vuelven excesivamente lentos hasta que directamente desembocan en la inmovilidad. Ahora es quietud, ahora es sosiego con mucho cansancio y la total imposibilidad de desviar la mirada de esos ojos que te miran.
Pero un dedo rompe la magia para dirigirse hacia tu párpado y obligarlo a descender mecánica, involuntariamente. Luego, el otro, y finalmente se desliza por la nariz hasta los labios para sellarlos con un solo ademán. Absolutamente ningún fonema sale de los externos a ti y, por un momento, te preguntas si alguna vez, en algún momento, existieron las personas que se comunicaban mediante sonidos y no mediante gestos. Desechas la hipótesis al instante y sientes el antojo, extrañísimamente, de cambiar de posición. Sin dejar de sujetar sus dedos rodeas sus hombros con tus brazos y, casi sin quererlo, se produce un abrazo muy sólido, muy real, con mucho contacto.
Entonces es como si no hubieras dormido durante una noche entera y te dispusieras a pasarte la próxima en vela también. Te dices que no hay otra opción, que para que uno pueda dormir el otro tiene que estar despierto, y te mentalizas para llegar a las cuarenta y ocho horas consecutivas sin sueño alguno. Para qué soñar dormido, si puedo hacerlo despierto, estás a punto de pronunciar en voz baja; sin embargo, lo desechas por considerarlo cursi y te contentas con una expiración notablemente más profunda que la normal.
En algún momento el reloj se acuerda de avanzar, sus manos se acuerdan de sudar y su espalda se acuerda de que mucho tiempo en la misma posición acarrea dolor físico. De golpe se remueve en tus brazos y ya no la abrazas: se produce una disyunción manual y ya nada vuelve a ser como antes.
Te dice al oído que tiene sueño y que se va ya a la cama y dos minutos después te encuentras cansado, con cuarenta y ocho horas de sueño atrasadas y, sabes muy bien por qué, increíblemente solo.
No hace falta dramatizar. Mañana me querrá más y hoy ha sido un gran, largo y productivo día, rezas mientras te envuelves con las sábanas de tu cama y te das la vuelta, disponiéndote a dormir.
Y, un momento antes de lograrlo, lamentas un poquito que nunca vaya a ser ella la que esté dos días con sus noches sin dormir: porque no hace falta, porque es perjudicial, porque es excesivo, porque está de más. Y, aún así; aún así te gustaría que ella alguna vez dijera “Acuéstate, esta noche te abrazo yo.”
Y es exactamente ahí cuando te das cuenta de que estás triste porque no has dormido y mañana, con ocho horas de sueño sobre tus espaldas, estarás encantado de que alguien, alguna vez, en algún momento, te ofreciera algún motivo para dejar de dormir.

domingo, 9 de octubre de 2011

Querida Scherezade:

El verdadero problema no reside en la soledad. El problema real es la falta de compañía.
La falta de compañía es uno de los estados anímicos más difícil de sostener durante un intervalo de tiempo medianamente prolongado. Cuando tienes falta de compañía te encuentras en un período de ansiedad oculta. No te das cuenta y todos tus actos van encaminados al objetivo en cuestión: la compañía. Retraerte a tu mundo, a tu habitación, a tu lugar de descanso privado en general deja de producirte placer. Te decantas por zonas comunes, buscas la sociabilidad y lo más complejo de todo: encuentras potenciales remedios en prácticamente cada persona que conoces. Éstas se perfilan como soluciones a tu problema: salvaciones humanizadas que merecen que les dediques todo tu tiempo. Y, entonces, voluntariamente, te esclavizas. Alejas de ti el eje de tu vida y entonces lo más probable es que se descontrolen los giros. Los indicadores seratonínicos empiezan a silbar, a echar humo y a subir y bajar como pistones ebrios y tu estado anímico se convierte en un puzzle de mil piezas encajado a golpes de martillo: no sabes dónde tienes la cabeza, dónde los pies y mucho menos sabes con certeza si la próxima inspiración la harás mediante los pulmones o el riñón que jurarías que ayer no estaba allí. Duermes a base de ilusiones, de autoinducido engaño -como si se tratara de un coma demasiado lúcido- y tu propia imaginación sirve de perfecta morfina. Las alteraciones son tan bárbaras que seguro serás tachado de bipolar o de esquizofrénico o quizá, si convives con alguien sin miedo a los excesos, de filósofo. La falta de compañía es necesitar que alguien te dé un abrazo durante tanto tiempo que tú tengas tiempo de aburrir los abrazos y pedirle que pare ya, que deje de rayar. La falta de compañía es tener la falsa ilusión, la falsa esperanza y la falsa certeza de que en algún momento tendrás pretensión de soledad. En definitiva, la falta de compañía es llorar mucho, hacer poco y sentir como un auténtico cabrón.
Por el otro lado, la soledad es sencilla, casi agradable: no tienes que preocuparte por nadie más que no seas tú mismo; puedes dedicarte todo el tiempo del que dispones y, además, siguiendo la sarcástica forma de pensar de la naturaleza, destino, azar -como se quiera llamar-, posiblemente esa falta de interés en todo aquél que te rodea termine causando una inexorable atracción. La soledad es productiva, tanto tiempo libre tiene que ser ocupado en lo que sea y entonces empiezan a llover ideas: decides salir a correr, leer más, seguir una dieta adecuada, incluso algunos se atreven con el típico trabajar más. La soledad es fiel y te aporta estabilidad de todos los tipos. Alguien solo sabe que va a poder estarlo durante toda la vida y eso le permite una tranquilidad abrumadora. La certeza siempre viene acompañada de la calma, y eso se puede ver en cualquiera de los actos cotidianos del solitario: nunca anda con prisas, no conoce el estrés. Se acuesta cuando su cuerpo se lo pide y por las mañanas puede tenderse en pie. No sufre cambios de humor repentinos, no tiende a la melancolía, y muchas veces ni siquiera se angustia cuando, sin querer, capta alguna película romanticoide de esas que echan por la tele. Un solitario -para qué negarlo más- es alguien que está solo porque él quiere, y como toda decisión libre, provoca cierto orgullo personal. El solitario, en lugar de avergonzarse, se vanagloria de su soledad y la recomienda: puede que la intensidad de los sentimientos sea casi nula, que la esperanza y la ilusión estén casi en el cero y que las opciones de mejora estén congeladas, pero no se sufre. No se sufre nada, la abulia puede con todo y para los débiles -aquéllos que al no poder cambiar el mundo decidimos adaptarnos a él-, para los tristes -aquéllos que vemos casi en tercera persona como una nube de no sé muy bien qué se apodera de nuestros ojos, nublándolos, y de nuestros movimientos, extinguiéndolos-, y para los cobardes -aquéllos que justificamos desde la lógica y la ética, desde el pensamiento en general, nuestra incapacidad para desenvolvernos con soltura en el mundo práctico-, para todos ellos, resulta una alternativa mucho más soportable que aceptar la verdad: que no fueron -fuimos- ni lo suficientemente valientes, ni alegres, ni fuertes para soportar la falta de compañía.

viernes, 7 de octubre de 2011

Escrito sin música

No mentiré si digo que me gustaba que se tumbara encima de mí y no pudiera estarse quieta ni cinco minutos seguidos: giraba sus ojos hacia los míos y me los hubiera contemplado fijamente en caso de no tenerlos cerrados. Yo casi la rodeaba con el brazo que me quedaba libre -no aplastado por su cabeza- y si no me atrevía a hacerlo no era por miedo, sino por simple incomodidad.
Luego, giro, ya no te miro a los ojos y se quejaba: no me hagas cosquillas, no me revuelvas el pelo. ¡Hazme cosquillas! -con exclamaciones desiderativas-. ¡Revuélveme el pelo! -con ansiada suavidad-.
Sin embargo, lo que más me gustaba era cuando se apretaba contra mi pecho y así permitía que yo sintiera su respiración. Era la constante constatación de que seguía con vida y además vivía al ladísimo de mí. También avivaba mi instinto paternal y sentía unos impulsos casi irrefrenables de abrazarla casi hasta inutilizar sus pulmones; pero un casi no es absoluto y un simple "¡Qué calor que tengo!" me aconsejaba sabiamente no hacerlo.
No mentiré si digo que incluso un día lluvioso de octubre se fue sola -sin mí- y al volver se acordó de lo mucho que me gustaba el café.

martes, 4 de octubre de 2011

Momentos musicales IIIII (V)

Hablamos de algo cotidiano como tomar un vaso de agua a las tres de la madrugada de un miércoles cualquiera. Mañana hay clase a eso de las ocho y qué más da una hora de más, una de menos, si al fin y al cabo el sueño y el cansancio se disputarán el dominio de mi cuerpo. Hablemos de que gana el sueño mientras que los codos están apoyados en una mesa de madera y entonces, entre cabezada y cabezada, llega a la mente aquel verano lejano, lejanísimo: verde por todos lados, agua donde quieras dirigir la mirada; bichitos y tiempo libre y desayunos a la hora de comer y un calor insoportable. Hablaríamos de un calor igual que aquél sufrido cuando sus manos se posaban en las mías y digo posaban por no decir que encajaban. Parecían echas a medida y me hacían sudar copiosamente pero no las hubiera soltado por nada del mundo. Tan cálidas, tan frías, qué sé yo cómo las recuerdo; tan suyas como tan poco mías y las mejillas sonrosadísimas y calor, calor, calor insoportablemente agradable porque provenía de su piel y de su cuerpo y de su...
Hablamos de algo cotidiano como terminarse el vaso de agua dejando la frase a medio construir en el inconsciente. Llevaba por lo menos tres días sin pensar en ella.
No sabía que tres meses pudieran durar tan poco.

lunes, 3 de octubre de 2011

Momentos musicales IIII (IV)

Hablamos de un desierto tan imenso como la distancia que me separa a mí de cualquier lector. No hablo de una distancia física sino emocional. Por lo tanto, la escritura será un penoso intento de tejer un hilo entre las dos entidades, sin embargo, por el momento, un simple y enorme desierto.
Arena por todas partes, hasta donde alcanzan los cinco sentidos. Arena amarillenta, arena con mucho sol, arena completamente seca. Arena y más arena y entre alguna duna, yo. En principio irreconocible, casi incorpóreo, cuesta distinguir de la muy real arena cualquier parte de mi anatomía.
Ante la duda, pasos. Sin ilusión, sin esperanza, simplemente por convicción: lo correcto es seguir hacia adelante, sin rendirse. ¿Por qué? No hay respuesta; parece ser que en algo hay que tener fe.
Siguen los pasos y sin embargo no se suceden los oasis. Hasta que sí se vislumbra uno. Tú en el centro, aguada, incorpórea de un modo muy distinto al mío. Hablo de tú como si te conociera, cómo si no nos separara otro desierto emocional. Y aunque éste es el caso, parece ser que en algo hay que tener fe.
Te pido agua: sabes que realmente la necesito, que estoy a punto de desfallecer, y aún así me la niegas. Tienes sed, como yo, y prefieres guardarla para ti. Muy correcto, muy racional, ¿quién desperdiciaría oportunidades de sobrevivir en alguien separado por dos o más desiertos?
Yo.
Y sin embargo, tú me dejas morir.
Pero cómo puedo culparte. No puedo actuar por la esperanza de que mis actos me sean devueltos. Simplemente, parece que en algo hay que tener fe.
Qué lástima que su compuesto no sea H2O.