Siete minutos y tres segundos son suficientes para desangrar el alma. Se apagan las luces, sin duda, y entonces empieza el piano. No sé qué notas serán, aunque estaría bien saberlas, y el ritmo inicial es frenético porque en primera instancia es una contrarreloj.
No hay tic-tac sino un dos por cuatro que avanza implacable. Pierdo la noción del tiempo y aporreo el teclado como si fuera un piano. Es imposible no tratar de seguir el ritmo. No lo logro.
Me pregunto qué puedo decir. Qué se puede hacer en siete minutos y tres segundos. Posiblemente apenas me queden unos cuatro o cinco porque la música ya se está volviendo solemne. Me gustaría poder desvelar los secretos de la vida en este intervalo, pero ni siquiera sé qué dudas hay.
La vida es demasiado corta o demasiado larga, el amor se pasa de intensidad o se pierde en el vacío, las amistades dejan abierto el grifo del tiempo o no llenan ni un vasito de solidaridad, las ciudades son muy bonitas y aburridas o divertidísimas pero nadie usa las papeleras públicas.
Todo son contrastes, no hay puntos medios. No parece que pueda existir nada sin que su contrario lo equilibre. Así que, si hay un secreto en esta vida, debe de ser algo así como tratar de no encontrarlo jamás.
Y treinta segundos de música sin más tecleteo.
jueves, 15 de septiembre de 2011
Tercer movimiento, podríamos decir.
Va, que os voy debiendo una ya.
Sin duda son dos y un acento extraño, una especie de susurro a la hora de pronunciar un "sí" de forma que suena una ese susurrada y cualquiera afirmaría que lo que se está pronunciando es un "quizás".
Sin duda son los años que pasan, los metros que vuelan, los segundos que corren, el espacio que avanza y toda una infinidad de tópicos gastados.
Sin duda son dos, otra vez dos, siempre dos. Dos sin ser simétricos, dos sin ser pareja, dos sin ser ni perpendiculares ni paralelos. Dos de distintos colores, si los aprecias, dos de diferentes olores, si los distingues, dos como los ojos, que no eran verdes, que no eran rojos, que no eran ojos.
Sin duda es la hora, el lugar, el momento. La ciudad, vacía, las mentes abiertas y los sofás ocupados por quien no debería estar ocupándolos.
Sin duda hablan de Madrid, o de Barcelona, o de Jordania o de Kabul. Sin duda hablan de una ciudad, que es nueva, y de unos recuerdos, que son viejos.
Sin duda aprenden de los demás, platican o no llegan a tanto, simplemente hablan, de ética, y de cine, y de sexo, y de drogas, y como no les gusta el rock ni la música clásica quizá no escuchan nada más que su voz y su voz.
Sin duda tienen algo. Se consideraban solos, separados y, como ahora, como nunca, como siempre, se equivocaban. Tienen. Se tienen. Y ahora, como nunca, como siempre, tienen miedo a perderse.
Sin duda sonríen. Porque se tienen. Porque se pierden. Porque lo saben.
Sin duda son dos y ese acento extraño.
Sin duda hay pocas cosas más maravillosas que recuperar el miedo a perder aquello que tienes. Que pierdes. Que dudas.
Sin duda son dos y un acento extraño, una especie de susurro a la hora de pronunciar un "sí" de forma que suena una ese susurrada y cualquiera afirmaría que lo que se está pronunciando es un "quizás".
Sin duda son los años que pasan, los metros que vuelan, los segundos que corren, el espacio que avanza y toda una infinidad de tópicos gastados.
Sin duda son dos, otra vez dos, siempre dos. Dos sin ser simétricos, dos sin ser pareja, dos sin ser ni perpendiculares ni paralelos. Dos de distintos colores, si los aprecias, dos de diferentes olores, si los distingues, dos como los ojos, que no eran verdes, que no eran rojos, que no eran ojos.
Sin duda es la hora, el lugar, el momento. La ciudad, vacía, las mentes abiertas y los sofás ocupados por quien no debería estar ocupándolos.
Sin duda hablan de Madrid, o de Barcelona, o de Jordania o de Kabul. Sin duda hablan de una ciudad, que es nueva, y de unos recuerdos, que son viejos.
Sin duda aprenden de los demás, platican o no llegan a tanto, simplemente hablan, de ética, y de cine, y de sexo, y de drogas, y como no les gusta el rock ni la música clásica quizá no escuchan nada más que su voz y su voz.
Sin duda tienen algo. Se consideraban solos, separados y, como ahora, como nunca, como siempre, se equivocaban. Tienen. Se tienen. Y ahora, como nunca, como siempre, tienen miedo a perderse.
Sin duda sonríen. Porque se tienen. Porque se pierden. Porque lo saben.
Sin duda son dos y ese acento extraño.
Sin duda hay pocas cosas más maravillosas que recuperar el miedo a perder aquello que tienes. Que pierdes. Que dudas.
lunes, 5 de septiembre de 2011
jack's creek
Es algo enorme, algo que te envuelve completamente y te reduce a nada; y lo de peor de todo es que ni siquiera se lo propone. Es como el concepto de infinito: algo que está ahí, en principio es físico, y sin embargo, totalmente incomprensible.
Es, sin duda, un adiós. Un corte en la raíz de todo lo vivido, un nuevo comienzo desde cero, con todo lo bueno pero también lo malo que ello comporta: nueva vida, nueva soledad. Desayunos quién sabe si otra vez a las nueve y media, amores quién sabe si tan despóticos como antes, errores quién sabe si tan predecibles como siempre.
Más cifras, números que certifican una madurez que nunca debí firmar. Responsabilidades de la mano de posibilidades y canciones que ya nunca podré volver a escuchar sin que me recuerden a un momento en concreto.
Lágrimas y excusas: oye, que yo escribí cuarenta páginas… sí, pero no eres nada, ni nadie, así que escucha y, por lo que más quieras, haz algo.
Millares de estrellas que seguirán exactamente en el mismo sitio sin darse cuenta de que yo me estoy moviendo. Transiciones que me gustarían más si hubieran sido democráticas. Y, antes que nada, miedo: el miedo de alguien que lleva demasiado tiempo luchando contra los suyos sin descanso.
Así que al final está la primera persona del singular, “yo”, y prácticamente nadie más. Cuántas veces habré dicho que las batallas más duras son contra uno mismo. Y pese a todo, sin riesgo no hay provecho. Sólo es posible tirarse al mar, y mientras la corriente arrastra, tratar de agarrarse a algo medianamente sólido y tragar la menor agua salada posible.
Ayer era el miedo a dar los buenos días, hoy a conocer lugares nuevos, mañana a abandonar a quien me gusta.
No te voy a olvidar. Y si no puedo ganarte, voy a tener que unirme a ti, Barcelona.
Es, sin duda, un adiós. Un corte en la raíz de todo lo vivido, un nuevo comienzo desde cero, con todo lo bueno pero también lo malo que ello comporta: nueva vida, nueva soledad. Desayunos quién sabe si otra vez a las nueve y media, amores quién sabe si tan despóticos como antes, errores quién sabe si tan predecibles como siempre.
Más cifras, números que certifican una madurez que nunca debí firmar. Responsabilidades de la mano de posibilidades y canciones que ya nunca podré volver a escuchar sin que me recuerden a un momento en concreto.
Lágrimas y excusas: oye, que yo escribí cuarenta páginas… sí, pero no eres nada, ni nadie, así que escucha y, por lo que más quieras, haz algo.
Millares de estrellas que seguirán exactamente en el mismo sitio sin darse cuenta de que yo me estoy moviendo. Transiciones que me gustarían más si hubieran sido democráticas. Y, antes que nada, miedo: el miedo de alguien que lleva demasiado tiempo luchando contra los suyos sin descanso.
Así que al final está la primera persona del singular, “yo”, y prácticamente nadie más. Cuántas veces habré dicho que las batallas más duras son contra uno mismo. Y pese a todo, sin riesgo no hay provecho. Sólo es posible tirarse al mar, y mientras la corriente arrastra, tratar de agarrarse a algo medianamente sólido y tragar la menor agua salada posible.
Ayer era el miedo a dar los buenos días, hoy a conocer lugares nuevos, mañana a abandonar a quien me gusta.
No te voy a olvidar. Y si no puedo ganarte, voy a tener que unirme a ti, Barcelona.
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