jueves, 21 de julio de 2011

El espectáculo debe continuar

No sé si continuará, si lo dejaré al momento, si qué. No tengo ni idea. ¿Cómo va la vida? Como los amantes, que vienen y se van deprisa. Pues igual. Ahora me apetece esto, ya se verá mañana.





Los mundos propios son como una mujer preciosa. Muchas veces sus preocupaciones coinciden: ambos temen ser deseados en lugar de amados. Y no es nada difícil caer en el deseo.
¿Quién no desea nada? Querría más dinero, una casa más grande, que me tocara la lotería, que mi madre me comprendiera mejor; querría ser más bonita, querría sacar mejores notas, querría, querría, querría. Desearía todo eso. Desearía tu mundo. Te desearía a ti. Pues no. Mal. A mí mundo tienes que quererlo, sí, querer, como hace unas líneas, pero cogiendo la acepción de amar. Y amarme a mí también.
¿Y por qué ibas a querer un mundo que ni siquiera es tuyo? No hay razones para ello. Sin embargo, sí para desearlo. Deseo compartir tu mundo porque me aportará nuevas sensaciones, expandirá mis horizontes, ampliará mi experiencia vital y un montón de gilipolleces que simplemente repercuten en el “yo”. Porque el deseo concierne a uno mismo y, por el contrario, el amor recae directamente sobre el “tú”. ¿Y quién, excluyendo lunáticos, sería capaz de colocar el tú antes que el yo? Eso no tendría ningún sentido. Qué fácil desear y qué difícil amar.

- ¿Cómo debo llamarte yo a ti?
- Puedes llamarme Jack. Ya sabes, como… bueno, en realidad como nada. No todos podemos tener nombres impresionantes, ¿verdad?

Y los dos nos echamos a reír. Tiene un nombre bonito. Aunque realmente Julia me parecía increíble, y Amalia. E Inés. Y ahora no me gustan tanto. Excepto Julia, claro, que siempre me ha gustado. Pero los otros dos ya no tanto. Supongo que en algún momento dejará de gustarme Mar, pero todavía me quedará el auténtico. Aunque, en realidad, ¿quién me dice que esa gran cantidad de agua junta no haya tomado el nombre de ella, y no al revés?

Las ciudades, o quizá las mujeres bonitas, qué más da, lo tienen más difícil. Es más sencillo querer a alguien feo. No tiene otra cosa, nadie lo desea. Cuando alguien cree percibir algo en él (un lunático, claro, las personas cuerdas no aman) nunca lo confunde con deseo. No puede serlo. Es feo. Y sin embargo me atrae. Entonces, tiene que ser amor.
Y sin embargo, Mar debe haber sufrido mucho deseo a lo largo de su vida. Realmente es deseable y debe sentirse como Barcelona, como la ciudad por donde nos pasea el Sr. H. Mientras en su interior ocupamos unos asientos donde se dan las primeras palabras que cruzamos Mar y yo, el autobús recorre la ciudad preciosa. Hace muy poco que la conozco, pero es mía. O lo sería si creyera en el amor posesivo. Realmente ella es libre de irse cuando quiera, ni se me ocurriría retenerla, pero sigue ahí. Una ciudad no te pertenece por nacimiento sino por conquista. Es decir, azar, porque no se puede conquistar a nadie. Sólo puede limitarse a acontecer. Cada mañana, al levantarme, me espera con las calles ya puestas. Sus aceras están recubiertas por marcas de chicle centenarias, a modo de lunares deliciosamente colocados entre el cuello y el hombro. Sus luces amarillentas me guían a casa por la noche y sus edificios, algunos con más valor arquitectónico que otros, me cobijan de la meteorología; como por ejemplo la lluvia, que imagino que debe ser el nombre de la hermana pequeña de Mar.
Pensándolo mejor, quizá Barcelona no es una ciudad preciosa. Quizá es una ciudad fea. Quizá está sucia, quizá hay goteras en mi piso, quizá siempre están estropeadas las farolas. Y casi mejor que sea así, porque entonces significa que no la deseo sino que simple, simple y llanamente la quiero.
O quizá no la quiero porque no se pueden querer a las ciudades. Quizá sólo se puede querer a las personas. Quizá esta sea la principal diferencia entre Barcelona y Mar. Aparte de que Mar es mucho más bonita, claro.
Pero sigo queriendo compartir su mundo con ella. Con Mar. Con Barcelona ya lo hago. Quiero compartir el mío y que ella comparta el suyo. Quiero, ¿qué quiero? Quiero ser un lunático y entonces no lo voy a llamar más “mundo”. A partir de ahora quiero compartir mi Luna.

- Por supuesto que sí. Tú habrás pensado en el Mediterráneo o el Rojo, pero también podría ser el Mar Muerto. ¿Entonces ya no sería tan impresionante, verdad?
- ¿No sería impresionante? Un mar donde dicen que se puede andar sobre sus aguas. ¡Sería todavía mejor!

Y se volvió a reír. Hay gente que tiene el don de saber cuándo alguien espera que te rías del comentario que acabas de hacer, y Mar era una de aquellas personas. No me torturó con un silencio incómodo sino que me ayudó a seguir adelante con su complicidad. En realidad, mi respuesta no pasaba de mediocre. No se merecía esa risa ligera.

- Entonces, dime, Jack – continúa ella, pronunciando burlonamente el vocativo, exagerando un acento falsamente anglosajón-. Te encuentro aquí muchas mañanas temprano. ¿Dónde vas?
- Si tengo que decirte la verdad –respondo yo-, no tengo ni la más remota idea. Llevo poco en la ciudad y todavía no sé muy bien cómo va esto.

Esta vez ella se ríe con ganas, casi a carcajada limpia. No pretende ser una risa cortés sino que le ha hecho gracia de verdad. Y, como casi siempre ocurre, yo no trataba de hacerme el divertido sino que me limitaba a ofrecer la más ingenua sinceridad.

- Creo que voy a tener que enseñarte el metro –añade, a punto de restañarse las lágrimas de los ojos-. Es mucho más rápido.

Arriba, en un cielo no muy claro por dos razones: la primera consistente en la contaminación lumínica creada por la (maravilla para algunos, amor para otros, no sé qué para mí) ciudad, colectivo que tiene que ver con calles, farolas, aceras, edificios y varios millones de personas conviviendo en un espacio reducido. Y la segunda, porque mi vista no es capaz de contemplar el firmamento a través del descolorido techo propio del Sr. H, se puede observar un cambio. Ha aparecido otra Luna, mucho más pequeñita, más redonda, con menos cráteres. Quizá, forzando la retina, alguna podría ver tonos azules en su superficie, azules de esos que recuerdan al mar.
Sin embargo, nadie la vio. Porque era pronto incluso para ser mañana. Porque todo el mundo sabe que la Luna sólo aparece de noche. Porque sólo un lunático creería que puede haber dos.

sábado, 16 de julio de 2011

Los parones son necesarios.

Un escritor (alguien que escribe) deja de escribir a veces. Bueno, al menos yo lo hago. Cojo fuerzas (no hago nada) y luego, de golpe, me da por escribir dos páginas y pico. Las cuelgo, sé que las leeréis. Muchas gracias.


Quizá es el 14 o el 16, algún número par, no recuerdo exactamente cuál, y sin duda no es el autobús que me lleva al aeropuerto. Sin embargo es un autobús, con su chasis supuestamente azul y sus señales luminosas alegremente estropeadas: próxima parada, nombre inteligible. Me subo a él porque un vehículo proporciona seguridad, arropa, y el traqueteo que sufre en las calles bastante mal asfaltadas sirve como somnífero natural.
No es que me cueste excesivamente dormir, pero siempre me cuesta más si lo pretendo específicamente. Si pienso: necesitas descansar, me lo tomo como una obligación, y la parte de mí dispuesta a llevar la contraria sale a relucir. “Pues ahora no duermes”.
El problema añadido del sueño es que me da mucho miedo. Debería ser algo totalmente inofensivo, te echas en algún lugar, cierras los ojos y en algún momento al cabo de varias horas los vuelves a abrir. Es un intercambio justo, unas horas de tu vida por poder aprovechar decentemente unas cuantas más. Sin embargo, en el intervalo entre parpadeos, a mí me atacan los sueños.
Si hay algo que me gusta hacer es llevar la contraria. Me encanta. Entonces, durante la vigilia, me dedico a ello. Y a quién puede ser más divertido llevarle la contraria que a mi propio subconsciente. Voy por la calle y me dice: “lánzate contra esa muchacha, fíjate qué buena está” y yo lo obvio totalmente. Quizá alguna mirada se me escapa, pero nada más allá. Luego me encuentro un patriota, de los de ceguera y bandera, cuando me susurra: “pégale, destrózalo, ¿no ves que sólo dice gilipolleces? ¡Cállalo!” yo ni siquiera cierro el puño. Mi subconsciente no para, siempre me sorprende con ideas propias. Nos encontramos con una hipoteca que pagar, unos exámenes que aprobar, unos requisitos que cumplir y él no duda: “preocúpate, agóbiate, estrésate” y yo me esfuerzo en estar tranquilo y optimista. Termina el día con muchas ganas de venganza.
Y llega la noche. Me duermo. Y ahora manda él. Mediante los sueños me hace pagar por toda la libertad que he ostentado durante el día. Me obliga a soñar que realizo exámenes de química imposibles, me embargan la casa, me vuelvo fanático de una selección de fútbol, me preocupo por la adecuada colocación de las pinturitas en su estuche o el orden implacablemente perfecto de los contactos de móvil no según el alfabeto sino la fecha de nacimiento. Y, claro, también me hace soñar con muchachas, pero esto no es tan desagradable.
La cuestión es que con su venganza me ha hecho cogerle miedo al dormir. Y no puedo evitar hacer algo biológicamente necesario. Es el precio a pagar por llevar la contraria, por ser algo más libre de lo habitual. Más o menos, lo pago gustosamente.
Pues quizá es el 3 o el 7 o algún otro número primo, ahora que lo pienso bien. Tengo muy mala memoria para las cifras que no sean aniversarios. Julia nació el 17 de febrero, Amalia el 28 de marzo, Inés el 8 de diciembre. He intentado recordar el día de su nacimiento y lo he logrado sin problemas. Da igual el número que el autobús lleve en el espolón, a modo de sirena, podría haber sido el 17 de Julia o el 28 de Amalia y nada habría sido diferente. Porque me encuentro en el autobús por un motivo en concreto, no porque quiera dormirme, no para llevar la contraria a mi subconsciente. Estoy en él por la sensación de seguridad que proporciona, la que he nombrado al principio. Y porque no hay ningún lugar mejor que un autobús para abrir las puertas que conducen a tu mundo propio.
Puedo describir mi mundo propio o decir que tengo un mundo propio. No haré lo primero porque resultaría inefable. Es mío, mi mundo, separado de cualquiera que quiera saber cómo es por la barrera del lenguaje. Sin embargo, tengo uno y me gustaría compartirlo. Y qué mejor lugar para hacerlo que el autobús.
Deslizo la mirada por la ventanilla y no veo nada porque estoy concentrado. Alguna vez he oído que el cerebro es la herramienta que usamos para comprender la realidad exterior, el mundo tal y como lo conocemos. Recibimos señales procedentes de fuera, el cerebro las procesa y entonces formamos la realidad externa dentro de nuestra cabeza. Posiblemente sea totalmente imposible, pero como yo no tengo nada de científico, me limito a la charlatanería, creo (y me expongo ahora a que se me llame fundamentalista al hacer uso de la fe) que puedo alterar esa percepción. Puedo manejarla, no completamente, pero sí modificarla según quiera para adaptarla a mis preferencias. Así por ejemplo puedo recibir estímulos negativos cuando me siento solo, disgregado de una sociedad que me decepciona, y convertirlos en orgullo hacia mí mismo por resistirme a la corriente.
Sin quererlo he tratado de describir mi mundo. Por supuesto, no lo he logrado, pero ya hay una idea sobrevolando los demás pasajeros, descuidados, que habitan el autobús.
Un autobús que merece un nombre, porque un nombre propio dota a los objetos comunes de personalidad, los convierte en algo especial: si yo fuera “trozo de carbono número 123.684” me sentiría sin fuerzas para ir por ahí creando mundos propios. Así pues, el autobús va a ser Sr. H, por su incapacidad de hablar, por ser mudo, por ser, como la letra H, tan inútil hoy en día como apreciada por los románticos. No tiene nada que ver con el hidrógeno, yo suspendí ese examen de química onírico.
El Sr. H se mueve a velocidad moderada, unos 70 kilómetros por hora en vía interurbana y lo llamo Sr. Y no Sra. porque una cosa es darle un nombre a un autobús y otra ponerse a discutir sobre su género. Sólo quiero compartir mi mundo.
Y a través de la ventanilla se verían muchas cosas si prestara atención, pero no lo hago. Estoy compartiendo, negando mi egoísmo, siendo libre, llevando la contraria. Sólo de pensarlo me siento cansado. ¡Cuánto trabajo! Y empezamos por lo primero: ¿Con quién?
Por supuesto mi subconsciente dice o más bien grita “¡Julia!” y de verdad que casi desfallezco y me dejo guiar por él. No, Julia no. Julia murió, igual que yo. El yo que no podía vivir sin ella, como es lógico, murió al perderla. Y el nuevo yo, el que vive el ahora que es siempre, ha evolucionado hasta el nivel de poder sobrevivir sin Julia, así que no, subconsciente, voy a llevarte la contraria.
Dejo de mirar por la ventanilla no porque gire la vista sino porque cierro los párpados y trato de visualizar un contorno. Es por supuesto el de Julia el primero que aparece pero esta vez no me coge desprevenido y lo evito. El subconsciente refunfuña pero cede. Él, quiera o no, también es yo, y en algún momento aceptará que lo de Julia ya terminó. Simplemente va algo más atrasado. Sigo con la concentración: está el Sr. H. Está la concentración. Sólo falta el quién.
Por fin, abriéndolos, desvío los ojos de la ventana al asiento contiguo al mío. Allí hay una muchacha que posiblemente cause muchos sueños a una gran cantidad de personas. Sin embargo, la timidez, el miedo y el horror me pueden. Quiero compartir mi mundo con ella, atreverme a conocerla, y no lo hago. “¿Eres tonto o qué?” me grita el subconsciente. “¡Que yo también quiero conocerla! O le dices algo o esta noche preferirás no haberte dormido”. Malditas las amenazas, porque justo en ese momento la muchacha, inquieta al comprobar que su acompañante lleva más de medio minuto aguantando la respiración, pregunta:
-Disculpa, ¿te encuentras bien?
Y yo le digo que estoy mareado y aprovechando el oportuno stop del Sr. H, mi cómplice, me bajo sin mirar atrás ni el cartel que me indica dónde me encuentro.
Otro día sin compartir mundo. Otro día que por suerte fue ayer a pesar del narrado en presente. Ahora mismo, un ahora de verdad, nada de falsos pasado, me encuentro subiendo al Sr. H, que quizá no es el mismo de ayer pero para mí seguirá siendo el Sr. H mientras yo tenga la intención de compartir mundos en él.
Otra mañana, otra vigilia, otro buscar con avidez la muchacha quitalientos, encontrarla increíblemente sola (a las mujeres como ella no suelen faltarle mascotas como los buitres o las babosas), y sentarme a su lado mientras que suelto con voz ensayada previamente, concebida como una voz grave con un deje de despreocupación por mi mente alterada; un ruidito tembloroso y prácticamente inaudible para cualquier otro ser humano que me pueda oír:
-¡Hola! Gracias por preocuparte por mí ayer… ¿Cómo debo llamarte?
Me mira con unos ojos mucho más acostumbrados a mirar a sus iguales que los míos, y contesta divertida:
-Mar. Ya sabes, como el mar. ¿Y cómo debo llamarte yo a ti?
Compartir los nombres es el primer paso para transportarse al mundo del otro. Porque, por supuesto, Mar tiene el suyo propio. Y todavía sin saberlo, dándome tres letras que me sirven como vocativo, ayudándome a apartar el “trozo de carbono 123.420” o sea la que sea la cifra que le corresponda a ella, ya empieza a hacerme creer que tengo medio pie en mundo ajeno.